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Lo que aprendí del libro Los orígenes de Elisabeth Elliot 

Por: Betsy Gómez

Estaba parada en una fila interminable en una tienda de decoraciones. Arrastraba mis pies por inercia mientras mi mente se sentía entumecida. No solo cargaba con platos y manteles desechables, en mi corazón pesaba la incertidumbre de cambios drásticos que no anticipé. Absorta en mis pensamientos y en silencio, le preguntaba al Señor en mi mente, «¿qué estás haciendo? ¿Qué debo hacer?».

Mientras divagaba en mis pensamientos, mis ojos se desviaron al estante de libros junto a la caja registradora. Entre portadas llamativas y revistas de novedades, vi su nombre: Elisabeth Elliot. Sonreí y me acerqué, porque sentí que estaba en frente a la imagen de una vieja amiga. Dejé de escuchar el ruido de ese lugar, porque el retrato en la portada se sintió tan cercano. Como «conocía» su historia, sentía que podía explicarle a cualquiera lo que estaba sucediendo cuando se capturó esa fotografía. Aunque no discerní si su rostro en la portada mostraba resignación o esperanza, pero me imaginé que caminaba impulsada por algo más fuerte que sus emociones. Caminaba por la convicción de que seguir a Cristo, aún en la oscuridad, como el único camino a la luz. Ensimismada con mi incertidumbre, desee pedirle un consejo, pero como no pude porque seguía siendo solo su rostro en una portada, compré el libro y lo llevé conmigo. 

Lo que siguió fue una serie de encuentros silentes mientras todos dormían y yo me sumergía en las letras de este libro, junto a dos mujeres que me hicieron llorar y reír. Betty, como ahora la llamo y Ellen Vaughn, la autora, que más que presentar los hechos, me invitó a procesarlos entre líneas mientras leía. Tal vez muchos han conocido a Elizabeth como la esposa del misionero Jim Elliot, quien fue asesinado por una tribu en la selva ecuatoriana. Muchos la admiran por su humilde obediencia de seguir adelante con la misión de alcanzar con el evangelio a los Huaorani, al punto de terminar viviendo entre ellos por un tiempo. Otros la conocen por sus libros exitosos como «Portales de Esplendor». 

Pero yo pensé que conocía a Elisabeth Elliot y vivía maravillada por sus enseñanzas y sus libros. Recursos que han sido de gran estímulo por muchos años. Siempre admiré la sabiduría y tenacidad de la voz de Elizabeth porque lograba confrontarme en medio de mi cristianismo cómodo. Por eso me sentía muy cercana a su mensaje y testimonio. Hasta que comencé a leer y Ellen Vaughn me demostró que solo había rozado la superficie. Lo que conocía era apenas el pico de la montaña. Lo que ella me mostró fue el camino. El sendero pedregoso que la llevó hasta allí. El corazón que latía detrás de esas frases que había hecho mías. Una mujer como tú y como yo, pero con una determinación inquebrantable de vivir para Cristo, cueste lo que cueste. 

Vaughn me atrapó en este relato hilado con los diarios y cartas inéditas, que en ocasiones se sienten muy íntimas; pero que sirven para recordarnos que un testimonio de fe no es un altar de idolatría, sino una ventana que nos muestra la humanidad detrás de esta mujer de Dios. Una mente brillante, a veces áspera y hasta socialmente inadaptada, como muchos creían, pero profundamente apasionada por Cristo. Una mujer que supo traer sus sueños, dudas, lágrimas y decepciones al señorío de Cristo. 

¿Cómo se llega a tener ese tipo de vida y obediencia?  

Una respuesta rápida pero compleja de procesar es aprender a vivir por fe en actos diminutos y ordinarios de fidelidad diaria, en lo incierto, lo incómodo, lo inconcluso. Su valentía radical por Cristo no fue un acto aislado, sino la suma de entregas pequeñas y diarias cuando nadie más veía.  

Cuando el corazón se desmoronaba, cuando las circunstancias no hacían sentido, Elizabeth se aferraba a lo que sabía que era verdad. No a lo que sentía, sino a lo que sabía, no sobre ella pero sobre Dios mismo. Vaughn lo describe así, 

A veces nos fijamos en los resultados en esta vida, buscando la seguridad de un final feliz. Si no lo hay, entonces ¿qué? Como dijo Betty: Sus caminos son inescrutables, así que tenemos que descansar no en la paz de una linda historia, sino en la realidad de la fe en alguien que no podemos ver.1 

Al leer porciones como esta confirmé que había sido una buena idea traer este libro a casa. En ocasiones quise hablarle de la gracia. En otras, ella me predicó el evangelio con su ejemplo. Conocerla de cerca me incomodó, me confrontó, me inspiró. Me recordó que el cristianismo no es una invitación al confort, sino a tomar nuestra cruz confiando que hay gozo detrás de la obediencia por fe. Y que «cuando Él no arregla las situaciones rotas en nuestras vidas, normalmente es porque nos está arreglando a través de ellas».2 

Al recorrer cada página encontré que en sus diarios resonaba la misma pregunta que albergaba en mi corazón, «¿Y ahora qué tengo que hacer?». Su respuesta no fue una fórmula mágica. En realidad, fue un recordatorio de algo muy básico. Lo que tengo que hacer es «obedecer, y mis ojos serán abiertos en la próxima cosa que tengo por delante».3Debo reconocer que lo había escuchado en sus enseñanzas anteriormente. Simplemente, «haz lo que sigue». Pero en esa etapa necesitaba recordarlo. Este libro, fue la dosis de ánimo y reto que no estaba buscando ese día, pero necesitaba con urgencia. 

Algo que me gustaría que recuerdes es: nunca conozcas a tus «héroes» … a menos que te enseñen que su grandeza está en ser fieles vasos de barro donde el tesoro de Cristo brilla. Betty fue eso para mí. Lo sigue siendo. Y por eso, cuando vuelvo a preguntarme, «¿qué es lo próximo, Señor?», puedo hacer eco de su diario: 

Hazlo inmediatamente, hazlo con oración, 
hazlo con confianza, entregando toda ansiedad. 
Hazlo con reverencia, trazando Su mano 
de Aquel que lo puso ante ti con fervorosa orden. 
Apóyate en la omnipresencia, seguro bajo Su ala, 
Deja todos los resultados, haz lo siguiente.4  

Ahora, si tuviera que quedarme con sola una frase del libro, sería una que Betty tomó prestadas de Amy Carmichael, mientras vivía lo que ella llamó su «primera muerte». Una experiencia desgarradora que marcó su larga trayectoria de pérdidas. Y ¿de qué se trató o cuál es el contexto? Bueno, tendrás que leer la biografía para descubrirlo, pero aquí te dejo la frase,  

Esta pena, este dolor, esta pérdida total que vacía mis manos y rompe mi corazón… puedo, si quiero, aceptarla, y al aceptarla, encuentro en mis manos algo que ofrecer. Y así se lo devuelvo a Él, que en misterioso intercambio se entrega a sí mismo a mí.5 

Este es el corazón del libro Los orígenes de Elisabeth Elliot, «ser un seguidor del Crucificado implica que tarde o temprano tendrás un encuentro personal con la cruz, y la cruz siempre conlleva pérdidas».6 Pero no son pérdidas sin ganancia, porque en ese maravilloso intercambio, ganamos mucho más que lo perdido, ¡ganamos a Cristo! 



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