Por: Gabriela Puente
—¿Ya te dieron los resultados?
—Sí, mami, pero el doctor todavía no me llama.
Entre las muchas esperas que he atravesado en mi vida, esa fue interminable. Había enviado los resultados de mi biopsia a uno de los mejores patólogos de mi ciudad y sus conclusiones serían el resultado definitivo de las sospechas del tumor que crecía en mi seno derecho. Fue dos días después de mi cumpleaños que, en medio de una reunión de damas, recibí la llamada que lo confirmó: era cáncer.
—El doctor dijo «Gaby, el examen muestra que es un cáncer agresivo. De hecho, es uno de los más agresivos que he visto en mi carrera. Entonces, debemos iniciar tratamiento lo más pronto posible».
Mientras las mujeres a mi alrededor reían y conversaban con tranquilidad sin imaginar lo que yo estaba a punto de enfrentar, al otro lado de la llamada mi médico comenzó a explicarme los siguientes pasos: quimioterapia, cirugía, radioterapia, medicación. Pasos que debían empezar lo más pronto posible. Recuerdo haber sentido que mis sueños se derrumbaban, mis temores se multiplicaban y mi fe sufrió una de las pruebas más dolorosas de mi vida. Al escribir esto ya han pasado tres años desde el diagnóstico inicial y son pocas las personas que conocen los oscuros días de lamento que llevaron a rayos de esperanza progresiva.
Cuando un creyente recibe un diagnóstico de cáncer, podemos estar seguros de que el Espíritu Santo lo sostendrá y le ayudará a recordar que a Dios no se le pasó por alto su situación (Luc. 12:6). De hecho, una de las convicciones que Dios ha implantado en mi mente es que nada de lo que nos ocurra, ni la intensidad en que sucede ni el tiempo que dura, es ajeno a Su mirada y a Su plan (Sal. 139:1-3). La Escritura nos demuestra que, aunque la enfermedad es consecuencia de vivir en un mundo caído, Dios es el dueño de cada una de las células de nuestro cuerpo (Sal. 139:16). Y además de conocernos profundamente, es bueno, compasivo, misericordioso, justo, amoroso y fiel. Para el mundo, adorar a Dios en medio del dolor y aún creer que es un Padre compasivo y amoroso parece una locura. De hecho, creer en Su amor en medio del quebranto —cuando sabemos que esa aflicción proviene de Su voluntad y designio— resulta incomprensible, incluso para muchos cristianos. El dios con el que la mayoría de las personas se sienten cómodas es aquel que solo da bendiciones y gracia sobre gracia, pero que no tiene nada que ver con mis aflicciones e infortunios. Pero la perspectiva de la Escritura nos permite ver mucho más allá:
Si uno no lee el libro de Job detenidamente, se puede llegar a pensar que Satanás fue el causante de su sufrimiento. Sin embargo, cuando el enemigo se acerca a Dios, es el Señor quien llama su atención hacia su siervo Job (Job 1:8). Al leer esta parte, una única pregunta surgió en mi mente: ¿Por qué? A lo largo del libro vemos el desarrollo del lamento de Job al no entender por qué Dios ordenó y permitió su aflicción. Job no tuvo explicación de sus males. En lugar de eso, experimentó el quebranto de la situación y el juicio de sus amigos (Job 19:7). Sin embargo, al final hace una declaración que a muchos nos dejaría sin aliento: «De oídas te había oído, pero ahora mis ojos te ven» (Job 42:5). La enfermedad y pruebas, que atravesó Job, resultaron ser el mejor escenario para que, después de lamentarse y quejarse, de apelar a su justicia y a sus derechos, Job tuviera un encuentro con el mismo Rey del universo.
Para los creyentes de todo el mundo, esta historia ha sido un consuelo al comprender que el inicio y el final de una enfermedad no está fuera de los planes gloriosos de Cristo. Considera el cáncer como el mejor medicamento para tu corazón, entregado a ti en un paquete de luto. Pronto comprobarás que esta encomienda, que Dios ha visto que es buena para ti, te limpiará de todo lo que nublaba tu mente: de comodidades, de esperanzas en cosas terrenales, de ilusiones forjadas en vanidad, de creerte merecedora de bendiciones. Al mismo tiempo, te lleva de rodillas a la cruz y rápidamente a la oración. Sin duda puedo decirte que mis momentos más dulces con el Señor han venido de las aflicciones más profundas.
Mi querida amiga, no sería sincera si te dijera que durante el cáncer fui siempre paciente, confiada y valiente en Cristo. De hecho, los fundamentos de mi fe fueron sacudidos de tal manera que una noche oscura alcé mis ojos y le dije a Dios:«Tú te has olvidado de mí». Lo que evidenció si verdaderamente lo que decía y predicaba era lo que en realmente creía. Es claro que Dios no necesitaba ver esto, porque Él lo sabe todo, pero sí era necesario para mí. Entendí que mi corazón, que hasta ese momento, pensaba que merecía una vida sin tantos dolores “como la mayoría de cristianos» creen.
Pero la enfermedad no solo fue el cincel que me ayudó a reconocer mi pecado, sino que también fue el lugar del lamento más profundo hacia mi Creador. Fue el lugar donde me encontré con Cristo en Su Getsemaní y donde hallé esperanza para mi dolor. El cáncer fue una puerta para conocer a Dios más allá de la situación, de mis sentimientos o de mi historia. Y si Él, con todo Su poder y sabiduría no solo permitió sino que ordenó que el cáncer fuera parte de mi historia para Su gloria, entonces la enfermedad en sí fue buena porque, aunque literalmente morí a mi misma, mi corazón aprendió a confiar en Él (Sal. 119:67). Desde ese momento no solo han venido pruebas de diferente índole, sino aflicciones que me enseñaron que el cáncer no es lo peor que uno puede experimentar, sino el desconocimiento de mi propio corazón en los niveles de pecado que son solo visibles cuando las circunstancias difíciles aparecen (Jer. 17:9) y ser inconsciente de la belleza y magnanimidad de Cristo quien amó a mi corazón y que cargó con toda mi maldad (Rom. 5:8).
Amiga, el cáncer es doloroso, dolorosísimo. Pero lleva todo ese dolor a tu Salvador y aprende de Él, quien aceptó la voluntad de Su Padre y recibió el castigo más grande para nuestra salvación (Luc. 22:42). Dios en Su maravilloso plan, ordenó y permitió la muerte de Cristo en manos de pecadores para producir algo mucho más valioso (Hech. 2:23). Si Dios ha permitido algo tan doloroso como el cáncer en tu vida, ¿acaso no tenemos la certeza de que Él producirá de esto algo valioso?
Si me preguntas si tengo miedo a que el cáncer vuelva, mi respuesta es un sí. No quiero volver a pasar por quimioterapias, exámenes y cirugías. Soy la única hija de mis padres y sería devastador que ellos enfrentaran otra pérdida.
Pero el Señor lo sabe y, si es mi destino nuevamente ser la portadora de este paquete, sé que mi Pastor me ayudará a soportar el dolor físico, el lamento espiritual, me librará del temor y me llevará a salvo a casa (Sal. 23:4; 1 Ped. 5:10).
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