Por: Keila Ochoa Harris
¿Qué necesita una hija preadolescente? Los expertos nos dicen que necesita comprensión, espacio para irse independizando y validación emocional. Nos recomiendan que, como padres, debemos aceptar sus cambios de humor, validar lo que sienten y evitar las críticas constantes; que debemos respetar su privacidad, comunicarnos con ellas y poner límites claros y firmes.
Suena bien, ¿verdad?
En la práctica, los padres hacemos lo posible por darles una buena educación, satisfacer sus necesidades básicas, ofrecerles una gran gama de actividades extracurriculares y ayudarles a triunfar en la vida.
No está mal, ¿verdad?
Pero si eres como yo, aunque sigues los consejos de los maestros, psicólogos y terapeutas, parece que algo falta. Y proveerles todo lo anterior, te deja agotada. Entonces, ¿qué necesitan nuestras hijas? ¿Más autoestima? ¿Mejores amistades? ¿Sentido de amor y pertenencia? ¿Un modelo a seguir?
En realidad, podríamos decir que nada de lo que he mencionado está mal. Todos son deseos válidos y buenos para la vida de nuestras hijas. Y tampoco está mal esforzarnos en proveerles todo eso, porque como mamás nos interesamos por ellas.
Pero a veces nos hace bien distanciarnos de la modernidad y escuchar las voces del pasado; dejar a un lado las voces contemporáneas y buscar las que hace siglos cruzaron los mismos valles y montañas. ¿Qué consejos nos pueden ofrecer?
Me fui a un libro antiguo de oraciones del año 1789. Lo que encontré me hizo recapacitar sobre lo que ha faltado en mis oraciones y en mis propósitos de crianza:
Dios Padre, tú te fijas en tus hijos e hijas que se enfrentan a un mundo inestable y confuso; enséñales que tus caminos dan más vida que los del mundo, y que seguirte es mejor que perseguir metas egoístas. Ayúdalos a aceptar que fracasar no es valer menos, sino la oportunidad de empezar de nuevo. Dales fortaleza para mantenerse firmes en la fe y seguir viviendo con confianza en tu bondad; por Jesucristo nuestro Señor.
¿Qué me falta para criar bien a mi hija? Desear para ella un poco más, sobre todo en el terreno espiritual. Porque quizá mis metas para ella ya no persiguen lo eterno, sino lo terrenal. Por ejemplo, yo también vivo en un mundo inestable y confuso. Probablemente lucho con las mismas batallas de pureza, identidad y propósito. Por lo tanto, necesito hacerme preguntas incómodas y abrir mi corazón.
Necesito entender que los caminos de Dios dan más vida que los del mundo.
¿Lo creo? Quizá a veces, inconscientemente, pienso que, si mi hija se ve bonita y viste buena ropa, otros la tratarán bien. O creo que darle una educación le dará oportunidades y la librará de ser una víctima. Entonces, los caminos de Dios del perdón y la sumisión me parecen un tanto drásticos y anticuados, o inservibles y limitantes. Me olvido de que aquel que se apoya en su propia prudencia y es sabio en su propia opinión termina mal. ¿Qué caminos modelo a mi hija en mi propia vida: los del mundo o los de Dios?
Necesito comprender que seguir a Dios es mejor que perseguir metas egoístas.
¿Lo creo? Tal vez he decidido seguir a Cristo, pero todos los días me encuentro ante la encrucijada de morir a mi «yo» o «alimentarlo». ¿Tengo el coraje para analizar mis metas y diagnosticar si siguen los propósitos de Dios o mis objetivos egoístas? Él ya dijo lo que pide de nosotros: hacer lo correcto, amar la compasión y caminar humildemente con mi Dios. ¿Hago lo correcto o tomo atajos? ¿Practico la competencia o la compasión? ¿Camino con Dios? Quizá lo dejo ir adelante, para que no vea lo que hago; tal vez lo mando atrás, para que limpie mis desperfectos. Pero no camino con Él, y mucho menos en humildad, es decir, sin pensar en mí, sino en hacer Su voluntad. A diferencia del salmista, no oro: «El hacer tu voluntad, Dios mío, me ha agradado» (Sal. 40:8a). Quizá mi oración suena más a: «Puedo seguir hasta el final a mi manera» o «fuerte, fría, escogí esta vida. Libre soy». ¿Mi crianza se enfoca en seguir a Dios, aunque cueste? ¿O dirijo a mi hija guiada por metas egoístas?
Necesito aceptar que el fracaso no disminuye mi valor, sino que me da la oportunidad de empezar de nuevo.
¿Lo creo? No nos gusta la palabra «fracaso» o «error»; nuestra sociedad nos invita a evitar el sufrimiento a toda costa. No envejecer, no enfermar, no tener carencias. Estas son las cosas que debemos evitar. Pero hemos olvidado que cada tropezón nos ayuda a reflexionar. ¿Por qué me caí? ¿Iba distraída o permití que en la acera se formara un hoyo por mi pereza de arreglarlo? ¿Tropecé por seguir a los demás o porque caí en una trampa? Y luego viene la parte más emocionante: «Cuando el hombre cayere, no quedará postrado, porque Jehová sostiene su mano» (Sal. 37:24). ¡Qué gran noticia! Dios no me deja tumbada. Me levanta, así como yo lo hago con mi hija, o debería hacerlo. ¿Le he modelado estos nuevos comienzos?
Necesito mantenerme firme en la fe.
¿Lo creo? ¿Es esta una de mis prioridades de oración? ¿Lo digo de dientes para fuera? A veces me preocupan más sus calificaciones que su fe. Del mismo modo, me preocupa más mi éxito laboral o ministerial que solidificar y cimentar mi fe. Me quejo de lo que mi hija consume, pero ¿qué consumo yo? ¿Están mis lecturas, las series o películas que veo y la música que escucho, dirigidas a fortalecer mi fe, o son parte de su debilitamiento? Si mi hija necesita más de Dios, ¿no será que yo también?
Necesito vivir con confianza en la bondad de Dios.
Por más que me esfuerce, mi hija tarde o temprano sufrirá. Sus lágrimas mojarán la almohada y tendrá que enfrentar la realidad de vivir en un mundo caído. ¿Pero qué ha aprendido de mí? ¿La futilidad y vanidad de la vida? ¿A lamentarse y quejarse? ¿A vivir con desesperanza? ¿O me ha visto encontrar, incluso en la oscuridad, atisbos de la bondad de Dios? ¿Proclamo su fidelidad? ¿Modelo esta confianza?
Preguntas incómodas, pero necesarias. Preguntas para mí primero. Preguntas para saber qué necesita mi hija. ¿Más autoestima? ¿Más cursos? ¿Más terapia? ¿Más estudios? ¿Más amigos? ¿Más éxitos académicos? ¿Más trofeos? Necesita, al igual que yo, poner sus ojos en Cristo.
Te invito a orar esta oración durante unas semanas, al tiempo que analizas tu propia vida y crianza. Compártela con tu cónyuge y conversen sobre el contenido de esta oración. Compártela con amigas y oren unas por otras. Que estas palabras nos ayuden a centrarnos nuevamente en lo eterno, en lo importante y duradero. Que criemos a nuestras hijas en el camino de la fe.

Conversemos