Por: Keila Ochoa Harris
Tengo una foto preferida en la que mi hija, de un año y medio, está conmigo en una huerta. Estamos sobre una banca, ella parada, yo sentada. Las dos estamos riendo abiertamente, y ella parece estarme susurrando algo al oído que ha producido las carcajadas. Hoy, mi hija está igual de alta que yo, y probablemente me rebase en estatura. Seguimos riendo y susurrándonos, pero ahora hay conversaciones más serias que debemos tener. Y lamento no haber dado el primer paso en algunas de ellas; me alegro de haber sido intencional en otras, pero de mis aciertos y desaciertos comparto estas cinco conversaciones que debemos tener de un modo continuo con nuestras hijas.
- Sobre identidad e imagen
La identidad implica nuestra esencia. Como creyentes, debemos explicar a nuestras hijas que la identidad se basa en lo que Dios dice. Somos creadas a Su imagen y semejanza, es decir, tenemos la posibilidad de elegir y de crear, de pensar y analizar, de decidir y amar. Además, Dios nos ama incondicionalmente, pero ellas necesitan ser salvadas para que entonces Dios cumpla en ellas Su más grande propósito: que ellas (y nosotras) seamos más como Jesús.
La imagen, por otro lado, es lo que proyectamos, lo que otros piensan de nosotros. Nuestras hijas pueden estar firmes en su identidad, pero luchar con su imagen. (De hecho, creo que nosotras también). Nuestra imagen es la parte de nosotras que conscientemente damos a conocer y se define por nuestras elecciones en la ropa que usamos, el peinado que llevamos y el modo en que hablamos.
Algunas preguntas que podemos hacer a nuestras hijas pueden ser: ¿qué reputación quieres tener?, ¿a quién admiras y quieres parecerte?, ¿qué quieres para tu futuro?, ¿cómo ayudarán tus elecciones presentes a lograrlo? Y, seguramente, esta conversación nos llevará a una segunda muy importante.
- Sobre la tecnología y las redes sociales
Las redes sociales, los videos que vemos y la música que oímos afectan nuestra imagen. Debemos conversar con ellas sobre los pasos que como padres daremos para protegerlas de aquello que les hace daño. Y para eso, debemos enfocarnos en dos cosas.
Primero, nuestra preocupación por el contenido. Ciertamente debemos cuidar lo que nuestra hija consume. Si bien lo ideal sería remover todas las pantallas de su vida, sé que en la práctica quizá no sea lo más conveniente porque convive con otros niños de su edad y además quizá usa dispositivos para estudios y tareas. Lo importante es hablar con ella del por qué debemos ser un filtro de lo que ella ve. Debemos conversar de cuánto la amamos y de por qué deseamos protegerla al establecer límites parentales, bloqueadores de ciertos sitios y la eliminación de ciertas aplicaciones.
Segundo, debemos compartir que el medio, el teléfono (entiéndase scrolling, luz azul, letra pequeña) presenta un peligro en sí mismo. Incluso cuando todo el contenido que ella vea fuera cristiano, debemos poner límites a su exposición (y a la nuestra también). Ella debe saber que los teléfonos fueron creados para crear adicción y que por eso los límites nos ayudarán, como familia, a permanecer alertas. Esta conversación nos llevará a una tercera.
- Sobre la presión de grupo
Todos queremos encajar en un grupo. Sin embargo, durante la preadolescencia y la adolescencia esta necesidad es bastante fuerte dado que ellas ya no se ven tan solo como parte de un núcleo familiar, sino como individuos. Debemos, por lo tanto, hablar sobre las historias bíblicas en las que hubo presión de grupo y cómo los personajes bíblicos la enfrentaron. Tenemos que recordarles qué las hace únicas y especiales, y cómo nuestros valores como hijas de Dios muchas veces irán en contra de lo que hacen otros.
Quizá nuestras palabras no sean bien recibidas. Tal vez hablemos y no recibamos respuesta. Pero, cuando nos den la oportunidad, hablemos con amor y respeto a su corazón y dejemos que las semillas de amor, confianza y verdad se depositen en sus corazones, pues recordemos que habrá un siguiente factor a discutir.
- Sobre el sexo opuesto
Si hemos criado a nuestras hijas bajo la autoridad de la Biblia, ellas ya saben que el matrimonio fue idea de Dios y es algo que debemos valorar y anhelar. Ahora que ellas comienzan a sentir interés por los chicos a su alrededor, probablemente no lo expresarán en voz alta. Aún están lidiando con todas esas mariposas en el estómago. Lo incorrecto sería creer que ellas no «sienten» nada.
Por lo tanto, hablemos del tema con gentileza, pues si no lo mencionamos nosotras, alguien más lo hará. Debemos recordarles que Dios solo creó hombres y mujeres, y que son diferentes, pero se complementan a través del matrimonio. Surgirán preguntas, y eso es bueno. No queremos huir de los cuestionamientos, sino responder con la verdad.
Este punto nos llevará a la realidad de que Dios desea que los hombres traten a las mujeres con honor y respeto. En el matrimonio, la mujer es descrita en la Escritura como «un vaso más frágil» (1 Ped 3:7). Del mismo modo, ella debe ofrecer el mismo respeto. Por ejemplo, no hablamos mal de los demás. Saludamos. No somos toscas. Conservamos relaciones sanas y de amistad, incluso en línea. (Es importante monitorear estas conversaciones para guiarlas en el uso correcto del lenguaje y evitar malas interpretaciones). Todas estas conversaciones requieren tiempo y humildad, pero son necesarias. Quizá, la más importante es la última.
- Sobre la fe
El deseo más grande que tenemos como madres es que nuestras hijas amen y sigan a Jesús. Pero es algo que no podemos controlar. Ellas escucharán otras voces; se preguntarán muchas cosas. Algunas veces vendrán a nosotras y en otras no. Nuestra labor es conversar de la fe como del resto de los temas, pues nuestra fe debe ser una parte integral de nuestro día a día, no solo una capa de domingo.
Necesitamos aprovechar las ocasiones en que ellas pregunten o quieran saber más. Debemos estar dispuestas a decir «no sé» o «no estoy segura» o «vamos a investigar». Pero sobre todo, debemos compartir con ellas lo que Dios ha hecho en nuestras vidas, lo que afecta las de ellas. Nuestras historias las inspirarán y las harán ver a Dios en acción en los momentos difíciles. Permitirán que ellas vean que Dios es real y está presente en nuestras vidas.
Espero pronto tener una nueva fotografía con mi hija, pero mientras esta llega, quiero, sobre todo, conversar con ella.

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