Por: Susana de Cano
Lo que ha cautivado nuestro corazón se refleja en lo que vivimos, hablamos, enseñamos y modelamos. ¿Has notado cómo, cuándo cantas una canción durante el día, tus hijos terminan cantándola también? Asimismo, sucede con la vida que construimos dentro de nuestro hogar. Contagiamos a nuestros hijos con nuestra forma de vivir, hablar y responder a las circunstancias.
Así que, si deseamos compartir la Palabra de Dios con nuestros hijos, debemos empezar por nosotras. La Biblia dice: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza» (Deut. 6:5, NBLA). Entonces, ¿es la Palabra de Dios nuestro tesoro y la que guía nuestra forma de vivir? ¿Nuestros hijos pueden verlo? Y con estas preguntas no me refiero a que tu vida sea perfecta, porque eso es imposible. Me refiero a que, a pesar de ti, tu ancla sea la Palabra de Dios.
No se trata de una lista de qué hacer y qué no hacer. Se trata de modelar una forma de vivir (Deut. 6:7-9) que nos recuerde a nosotras mismas y, por ende, a nuestros hijos las verdades de Dios. La Palabra de Dios informa cómo tomamos decisiones, qué hacemos cuando pecamos y nos equivocamos, cómo honramos la autoridad, cuánto amamos a Dios y a los hermanos y cómo hablamos de otros y con otros. Por eso, quiero compartir contigo algunos breves consejos para compartir la Palabra de Dios con tus hijos.
Narra con emoción
Cuando los hijos son pequeños, la manera en que presentamos las historias bíblicas marca una gran diferencia. No se trata solo de leer, sino de hacerlo con emoción genuina, pues así los niños perciben que lo que están escuchando es importante y valioso. Sobre todo, es más fácil que recuerden una historia narrada con alegría que una presentada de forma aburrida. Usualmente, yo leía a mis hijos por la noche, antes de dormir, apartando un tiempo para responder preguntas o escuchar comentarios. Luego, orábamos juntos.
Conecta con la vida diaria
La Escritura no debe estar separada de nuestra vida diaria. La clave está en hacer referencia a la historia que hemos leído o a cualquier otro pasaje que aplique a una situación del día. Esta conexión entre la Biblia y la vida cotidiana ayuda a nuestros hijos a comprender que la fe no es algo reservado para el domingo o para momentos especiales, sino que impregna cada aspecto de nuestra vida.
Haz buenas preguntas
Una estrategia que funciona incluso con hijos mayores es hacer preguntas que fomenten el pensamiento crítico y desarrollen el discernimiento. Por ejemplo, en la historia de David y Goliat puedes preguntar: ¿qué crees que significa esta historia para nosotros hoy? ¿Crees que Goliat era un gigante? Y, si tus hijos son mayores, puedes introducir las preguntas fundamentales para leer la Biblia: ¿quiénes son los personajes? ¿De qué trata la historia? ¿Qué nos enseña acerca de Dios? ¿Cómo respondemos a lo que hemos aprendido? Lo importante es crear un ambiente donde nuestros hijos sepan que pueden expresar lo que realmente piensan, sin temor a dar respuestas incorrectas.
Modela amor por la Palabra
Los hijos aprenden principalmente por imitación y hábitos, especialmente en edades tempranas. Ellos saben que amas a Dios y Su Palabra cuando la vives. Cuando te equivocas, pides perdón; cuando te lastiman, no devuelves mal por mal, sino que los apuntas al perdón del evangelio y a recibir con humildad la disciplina del Señor. Esta coherencia entre lo que decimos y lo que hacemos es fundamental. No se trata de ser perfectos, sino de mostrar cómo la fe se vive incluso en medio de nuestras imperfecciones.
Persevera
La clave es la perseverancia. Cuando no veas fruto, persevera. Cuando estés tentada a dejar que solo se vayan a dormir sin orar o sin recordar el versículo que deseas que memoricen, pídele a Dios que te ayude a perseverar. La perseverancia es quizás el ingrediente más importante. Habrá días en que parecerá que nada tiene efecto, pero la constancia dará fruto a largo plazo.
Involúcralos en la iglesia
Una práctica valiosa es incluir a los hijos en grupos de estudio bíblico o comunidades de fe. Por ejemplo, yo incluía a mis hijas en mi grupo de mujeres. La mayor ya podía participar en muchas actividades, y la pequeña de tres añitos se sentaba con su cuaderno devocional que pintábamos juntas. Además, el grupo pequeño de la iglesia no era el grupo de sus padres, sino el grupo de la familia. ¡Ellas estaban incluidas en todo!
Establece rutinas
Lo primero que debemos hacer es quitarnos expectativas poco realistas en lo que vemos en las redes sociales o en los estándares de alguien más. Cada familia es única, y lo que funciona para una puede no ser práctico para otra. La clave es conocer a nuestros hijos y evaluar nuestro tiempo para determinar qué rutinas funcionan mejor para nuestra familia.
Por ejemplo, cuando mis hijos estaban entre las edades de 4 y 16 años, nos sentábamos antes de cenar; luego, a medida que cada uno fue creciendo, las rutinas cambiaron. Un tiempo recomendable puede ser de 15 a 30 minutos, para que tanto los niños como los jóvenes puedan retener lo que están aprendiendo y mantener la atención.
Recuerda el evangelio
Es importante que nuestros hijos conozcan el evangelio porque toda la Biblia apunta a Cristo y a Su obra perfecta: Su muerte en la cruz y Su resurrección. Nuestro mayor problema es el pecado que nos separa de Dios, pero la victoria ya ha sido conquistada por Cristo. Es a la luz del evangelio que compartimos la Biblia con nuestros hijos.
Evita el legalismo
Para no caer en enseñanzas que solo buscan cambiar la conducta externa sin transformar el corazón, recuérdales que somos salvos por gracia y que dependemos de esa gracia para obedecer. Enséñales que su identidad está asegurada en Cristo; no tienen que ganarse el favor de Dios por medio de buenas obras. Hay consecuencias por pecar, y las historias bíblicas lo muestran, pero si creen en Jesús, Su gracia los sustenta y los ayuda en su vida.
Consejos prácticos
– Compartan su vida: Como familia, podemos aprovechar la comida o ese tiempo formal de sentarnos a la mesa alrededor de la Palabra para preguntarnos: ¿cómo estuvo tu semana? ¿Hay algo que quieras compartir con nosotros, una lucha o un problema? Luego, podemos darle seguimiento a lo que nos compartieron.
– Hagan especial ese tiempo: La comida siempre ha sido parte de la comunidad cristiana. Traigan el postre favorito o la comida salada favorita y hagan de ese momento un tiempo especial en familia.
– Usen cuadernos devocionales: Esta práctica funciona más con los niños, pero si se convierte en un hábito, seguramente podrán continuar en su adultez.
– Memoricen la Palabra: Al leer, enséñales las preguntas de un investigador: ¿Qué pasó? ¿Qué entendiste y crees que significa? ¿Cómo lo puedes vivir? ¿En qué pensarás durante la semana?
– Hagan preguntas devocionales: ¿Qué cualidad de Dios ves? ¿Te identificas con algún personaje o situación? ¿Te ha pasado algo similar? ¿Qué nos llama a hacer o a dejar de hacer? ¿Cómo puede Jesús ayudarnos a hacerlo?
Recursos recomendados:
-RVR 1960 Biblia para niños exploradores. ISBN 9781087788265
-Descubramos la biblia: Una guía para que niños y jóvenes lean y entiendan la Palabra de Dios. ISBN 9798384541554
-Brilla cada día: 90 devocionales para jovencitas. ISBN 9798384536833
-Nuestro Dios: Aprende las figuras geométricas. ISBN 9781430087601
Susana de Cano está casada con Sergio Cano. Tienen tres hijos y viven en la ciudad de Guatemala. Es parte del equipo de Aviva Nuestros Corazones y del pódcast Que amen a sus hijos. Es coautora del libro Una mujer elegida, un estudio bíblico sobre la vida de Ester publicado por Editorial B&H.
Es licenciada en Teología del Seminario Semper Reformanda, y actualmente está por terminar una maestría en Artes en Educación Cristiana en el Programa Hispano de The Southern Baptist Theological Seminary.
Su pasión es que el evangelio de Cristo sea enseñado a mujeres de todas las edades, para que amén al Señor y vivan conforme a la Palabra de Dios. Puedes leer sus escritos en su blog personal: Hablemos verdad https://medium.com/hablemos-verdad o puedes seguirla en su cuenta de Instagram: @susanadecano.


Conversemos