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Por: Jeanine Martínez

Te animo a leer este artículo hasta el final. El tema es de gran importancia para la vida espiritual de la iglesia y para nuestro servicio diario en el mundo en que vivimos. Si puedes leer, este escrito es para ti.

¿Qué es la alfabetización?

Alfa y beta son las primeras palabras del «abecedario» griego. De allí proviene el término «alfabetización». Pero identificar los grafos o letras es solo el punto de partida. El alfabetizarse implica entender el significado de las palabras, oraciones e ideas y usarlas para comunicarnos y crecer en conocimiento.

Un peligro: ¡el analfabetismo funcional!

Existe una forma de analfabetismo que crece incluso entre quienes   sabemos leer: “«el analfabetismo funcional». No pensemos que por leer este blog o cualquier tipo de literatura no somos propensas al analfabetismo. Son personas que saben leer y escribir, pero no utilizan esas habilidades en sus actividades diarias más allá de lo básico. Por ejemplo, una persona que no entiende las instrucciones en un medicamento, un manual de trabajo o de la vida cívica o una receta. Al no utilizar frecuentemente la lectura, nuestra comprensión se hace más lenta y superficial.

La UNESCO estima que «en todo el mundo hay, al menos, 754 millones de adultos que no saben leer ni escribir».[1] Además, muchas lenguas en el mundo no existen de manera escrita, solo oral. Esto añade a otros retos. A esto se suma la baja capacidad de atención debido al uso extenso de pantallas y a rapidez del «scrolling» en las redes sociales. Esto limita la concentración y la comprensión de lo que leemos.

La Biblia y la lectura

La Biblia fue el primer libro impreso por Gutenberg en 1455, a pesar de que otros medios de impresión precedieron en otras civilizaciones antiguas. La escritura y la lectura han sido medios para dejar plasmadas ideas y verdades que trascienden a sus autores. Desde el principio, Dios se ha comunicado con los hombres por medio de Su Palabra, dejando claramente Su intención de que Su revelación pudiera ser pasada de generación a generación sin olvidos, omisiones, exclusiones o agregados. Dios dejó Su Palabra escrita para nuestra enseñanza, para discipular y dar a conocer Sus obras fielmente, de una generación a otra.

El apóstol Pablo ordenó la lectura en voz alta de sus cartas ante la congregación: «Cuando esta carta se haya leído entre ustedes, háganla leer también en la iglesia de los laodicenses. Ustedes, por su parte, lean la carta que viene de Laodicea» (Col. 4:16, NBLA). Asimismo, Pablo instruyó a Timoteo como parte de sus labores pastorales el leer públicamente ¿por qué? Dios evidentemente deseaba que todo Su pueblo: hombres, mujeres, niños, ricos, pobres tuvieran igual acceso a Su revelación. Históricamente, la labor misionera de la iglesia va acompañada con esfuerzos extensos de alfabetización, especialmente en poblaciones remotas.

Aún hoy hay una disparidad en las estadísticas de analfabetismo afectando mayormente a las mujeres. Recuerdo que, mientras realizaba estudios en el seminario, un misionero de décadas compartió una experiencia en la cual un grupo de pastores rurales preguntaron por qué querrían incluir a las mujeres en el entrenamiento porque, según ellos, debían dedicarse a la cocina.

Excluir a nuestras hermanas de tener acceso a las palabras dadas por nuestro Señor para su sostén, corrección, ánimo y guía es contrario al modelo bíblico. Desde el AT, Dios se reveló a las mujeres. Ellas estuvieron presentes cuando Dios dio la Ley y la leyó al pueblo (Ex. 20). También estuvieron cuando Moisés enseñó, dio el sermón y repaso de la ley en Deuteronomio, cuando Esdras y Nehemías enseñaron a todo el pueblo, cuando los profetas dirigieron sus discursos proféticos a todo el pueblo y cuando todos los discípulos de Cristo, se reunían con la iglesia para la lectura pública de las Escrituras (Deut. 31:11, Neh. 8:1; Jer. 36:6; Isa. 29:12, Hech. 8:30). Estos son algunos ejemplos que muestran que la lectura de la ley fue dada para que todo el pueblo, sin exclusión, se beneficiara. El deseo de Dios era que Su pueblo leyera y conociera Su corazón, Su carácter, Sus obras, Su Santidad y Su voluntad (2 Cor. 3:15).

El historiador William Harris, en su libro Ancient Literacy [Alfabetismo Antiguo, 1989] estima que en el primer siglo apenas un 10 % de la población podía leer. Un ejemplo puede ser el caso de Guatemala, «según datos del Instituto Nacional de Estadística (INE), el analfabetismo en algunas áreas rurales puede llegar hasta el 75%».[2] Pensemos lo que esto significa: en las zonas rurales, donde hasta un 80 % de la iglesia que está compuesta por mujeres, no puedan leer las Escrituras.

¿Cómo obedecerán a Dios sin conocer Su Palabra? Esa realidad las deja vulnerables, en el mejor de los casos con una vida espiritual deficiente y en el peor de los casos, como presas fáciles de líderes manipuladores y mal intencionados, dependiendo únicamente de lo que ellos digan para vivir la vida cristiana, fuera y dentro de la iglesia. La alfabetización no es solo un constructo occidental o un arma de colonización, debemos verla como un problema de inclusión para la familia de Dios.

Algunos aspectos prácticos:

·      Tenemos hermanas aún en nuestras congregaciones que no se atreven a leer en público, o tal vez alguien que nos ayuda en casa que solo reconoce la comida enlatada por las fotos, pero no pueden leer el texto. Al momento de pedirle a alguien que lea la Biblia en voz alta, asegurémonos que no exponer a nadie a una vergüenza pública.

·      Alfabetizar es incluir, es dar oportunidades. Si sirves en poblaciones más propensas al analfabetismo, inicia un proyecto de alfabetización. Pero también, permite que ellos te enseñen el arte de memorizar las Escrituras, que generalmente es una fortaleza en poblaciones orales.

·      Debemos acercar las Escrituras a aquellos que no pueden leer y escribir, a través de proyectos orales de traducción y transmisión bíblica. Pero también necesitamos presentar las transmisión escrita y leída, que es la forma más segura. La Palabra escrita no depende de la memoria humana susceptible a ser falible y fugaz. Nuestra intencionalidad debe ser que las personas tengan acceso al maravilloso mundo de las letras, que transmiten historias, ideas, que hacen volar la imaginación y nos amplían el mundo de las oportunidades y el conocimiento.

·      Enseñar a alguien a leer, creyente o no puede ser excelente forma de encarnar el evangelio y ser luz para la vida de una mujer, anciana, joven o niña.

·      Fomentemos la lectura pública en nuestras iglesias, no solo de porciones cortas antes del mensaje Hagamos grupos para leer juntos en voz alta la Palabra de Dios en comunidad. Basados en estas estadísticas, la iglesia debe reconsiderar cómo nos acercamos a las Escrituras en la comunidad de creyentes. Retomar la lectura pública, no solo de porciones cortas sino de capítulos hasta libros completos de la Biblia, tiene mucho provecho.

·      Leamos: hay mucho provecho en diversificar la lectura. Nuestra memoria y concentración mejorarán. Cultivemos la capacidad de lectura, porque daremos cuenta al Señor del uso de todo don que Él nos ha concedido y de cómo lo administramos. La lectura para muchos es un lujo, un sueño. Aquellos que hemos recibido esa oportunidad deberíamos fomentarla.

Aún recuerdo el salón de clases en la pequeñita escuelita de mi barrio donde aprendí a leer.  Cuando recuerdo a mi amiga, la alfabetizadora, décadas más tarde adquiere más sentido cuando pienso en la alfabetización en términos bíblicos y los tantos beneficios y oportunidades que leer nos da. La lectura nos responsabiliza del conocimiento recibido y aún más si este se centra en la revelación del Señor. No solo es buena idea, sino que conlleva una bendición explícita: «Bienaventurado el que lee y los que oyen las palabras de la profecía y guardan las cosas que están escritas en ella, porque el tiempo está cerca» (Apoc. 1:3). Dios incluyó a los que leían y los que las oían de una manera que llevara a la obediencia y a la esperanza en Él. ¿Cómo responderás al reto?

Alfabetizar, es abrir el camino para que las personas puedan funcionar mejor e integrarse en la sociedad y a la vez, aprender de una herencia innumerable en páginas escritas de la Biblia, y más aún, conocer a Dios en toda Su revelación escrita.

Recomendación para la lectora:

·      Mujer de la Palabra: Cómo estudiar la Biblia con mente y corazón. Por: Jen Wilkin

·      Biblia para todas: El conocimiento de la Palabra que todas necesitamos. Por: Jeanine Martínez

·      Mujeres de influencia: El legado de una vida virtuosa. Por: Cathy Scheraldi de Núñez


[1] UNESCO. “Qué debe saber sobre la alfabetización”. Atualizado: 11 febrero 2025. Acceso: 28 de agosto 2025. Enlace: https://www.unesco.org/es/literacy/need-know

[2] Marco Fonseca. Analfabetismo, educación y cultura política. Publicado: julio 13, 2024. Acceso: 28 de agosto 2025. Enlace: https://epinvestiga.com/opinion/analfabetismo-educacion-y-cultura-politica/#google_vignette


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