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Andad en todo el camino que Jehová vuestro Dios
os ha mandado, para que viváis y os vaya bien, y
tengáis largos días en la tierra que habéis de poseer.
D E U T E RO N O M I O 5 : 3 3

Mario admitiría que no estaba en forma. No tenía ningún tipo de condición para correr 42 metros, ¡mucho menos 42 kilómetros! Siempre había dicho que quería ponerse en forma. Siempre había intentado perder peso, pero entrenar para un maratón parecía algo extremo. Él no era ese tipo de chico. No era un corredor. No era del tipo atlético. Simplemente él no era ese chico. Y, sin embargo, aquí estaba, a diez meses de la carrera en una caminadora, sudando y gruñendo su camino hacia el primer kilómetro. Era terrible y sabía que se arrepentiría cada segundo de esto.

Cada día, avanzaba 200 metros en distancia. El primer día, corrió un kilómetro; el siguiente día, corrió 1,2 kilómetros; el siguiente, 1,4 kilómetros, y así sucesivamente. Después de un mes pudo correr 5 kilómetros. Todavía respiraba fuertemente y no era muy veloz, pero veía signos de avance.

Después de tres meses, había conquistado 15 kilómetros. Se dio cuenta de que era un poco más rápido y realmente no se cansaba hasta comenzar su onceavo kilómetro.

Luego de siete meses, corrió su primer maratón fuera de una carrera. Todavía tenía tres meses más para prepararse para la carrera y aquí estaba, corriendo la distancia de la carrera por sí mismo.

Durante los últimos dos meses su enfoque comenzó a cambiar hacia la velocidad. Ya había pasado de la actitud de simplemente terminar la carrera a querer ser un competidor. Comenzó a aprender cómo usar el terreno de la carrera a su favor. Las lomas ofrecían un poco de resistencia, pero bastante velocidad del otro lado. Los señalamientos se convirtieron en puntos de revisión para verificar su velocidad. Aunque su antiguo yo hubiera odiado admitirlo, Mario se había convertido en ese chico… y no podía estar más feliz.

Como cristianos, muchos de nosotros tenemos temor de ser ese creyente. No queremos parecer fanáticos, y por esa razón casi instintivamente escondemos nuestra luz del mundo. La realidad es que somos llamados a brillar. Somos llamados a ser luz en un mundo de oscuridad. Así que, debido a un falso respeto por el mundo, no leemos nuestras Biblias en público, nuestras oraciones antes de comer son rápidas e impersonales, y ni se diga hablar de nuestra fe abiertamente. Como la renuencia inicial de Mario para entrenar, nosotros no nos damos cuenta del gozo que viene de vivir nuestra fe. Así como Mario descubrió su nueva vida y gozo en correr la carrera, permite descubrir el gozo de caminar abiertamente con Dios.

SEÑOR, ENSÉÑAME EL GOZO QUE VIENE DE
CONOCERTE Y SEGUIRTE ABIERTAMENTE.
PERMITE QUE LA LUZ QUE ME HAS DADO
ALUMBRE BRILLANTEMENTE A OTROS
Y PERMÍTEME ENCONTRAR EL GOZO DE
ESTAR CADA VEZ MÁS CERCA DE TI.


Un devocional de 100 días de gozo (B&H en Español)

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