Por: Liliana González de Benítez
Mucho ha cambiado el mundo desde aquel verano de 1875, cuando Susannah Spurgeon fundó en Londres el Book Fund [Fondo del Libro] con el propósito de donar ejemplares de Lecciones para mis estudiantes y otros escritos de su esposo, Charles H. Spurgeon, a pastores de escasos recursos que no tenían la posibilidad de costearlos. Gracias a los medios disponibles en aquella época —la imprenta, el correo y la distribución ferroviaria—, el Fondo logró distribuir más de 3 000 volúmenes en un año, y para cuando Susannah falleció en 1903, ya se habían enviado más de 200 000 ejemplares.1
La pasión de Susie por difundir el evangelio y nutrir a pastores y sus congregaciones con la sana doctrina la llevó a traspasar barreras geográficas, socioeconómicas e intelectuales, mostrando cómo el buen uso de la tecnología puede ayudar a propagar el glorioso evangelio de Jesucristo y llevarlo hasta los confines de la tierra (Rom. 10:18).
Tú y yo no tenemos excusas. Vivimos en la era digital. Lo que a Susie le tomó años de esfuerzo económico y logística, hoy a nosotras nos toma apenas segundos. Con solo deslizar el pulgar por nuestro smartphone, podemos compartir Biblias electrónicas en diferentes idiomas, libros, sermones, devocionales, artículos, estudios bíblicos y videoconferencias en vivo con numerosas personas que se encuentran a miles de kilómetros de distancia.
Hoy en la mañana, antes de comenzar a escribir este artículo, me reuní con mi mamá a través de FaceTime para leer juntas el Salmo 121 y orar. Aunque estábamos físicamente en distintos lugares, la tecnología nos unió como si estuviéramos en la misma habitación. Hace no muchos años, algo así habría parecido imposible.
La soberanía de Dios y las telecomunicaciones
Ninguna generación anterior ha disfrutado de los enormes beneficios que hoy nos ofrecen los medios de comunicación masivos. Pertenecemos a la llamada sociedad de la información. Vivimos interconectados a través de redes tecnológicas que permiten que la información fluya de manera instantánea desde cualquier parte del mundo. Incluso nos hemos vuelto tan dependientes de las telecomunicaciones que ya no podemos imaginar la vida sin Internet.
El Dios soberano —creador y gobernador del mundo— ha permitido el desarrollo de las telecomunicaciones en nuestra era y nos ha confiado la responsabilidad de usar estas plataformas para Su gloria. Según John MacArthur, «la responsabilidad de comunicar la verdad del evangelio con claridad y precisión pesa más en nuestra generación que en las anteriores, ya que nuestras posibilidades son mucho mayores, porque a todo aquel a quien se le haya dado mucho, mucho se le demandará».2
Como escritora y comunicadora cristiana que crea y publica contenido en redes sociales, he visto cómo Dios obra en las personas por medio de un sermón, un devocional o un podcast abriendo los ojos de quienes estaban en completa oscuridad espiritual o que vivían engañados y confundidos por falsas doctrinas. Claramente, una predicación en YouTube puede alcanzar con el evangelio a muchas personas, aun cuando se encuentren al otro lado del mundo. Sin embargo, no toda información que lleva la etiqueta de «cristiana» es fiel a la Escritura. Por eso, necesitamos tener una mente bíblica para discernir el mensaje. Y nunca debemos olvidar que, aunque Dios nos ha dado oportunidades y herramientas tecnológicas para compartir nuestra fe, la salvación de un pecador sigue siendo una obra del Espíritu Santo (Tito 3:5).
El Gran Comunicador
Desde el principio, Dios se ha comunicado con nosotros. Tenemos un Dios que habla. ¡Esto es grandioso! El Dios que creó el universo se ha acercado a nosotros, simples mortales, para darse a conocer. Como dice el escritor de Hebreos:
«Dios, habiendo hablado hace mucho tiempo, en muchas ocasiones y de muchas maneras a los padres por los profetas, en estos últimos días nos ha hablado por Su Hijo, a quien constituyó heredero de todas las cosas, por medio de quien hizo también el universo» (Heb. 1:1-2, NBLA).
La Biblia es la Palabra de Dios (1 Tes. 2:13). El Espíritu Santo inspiró a más de cuarenta hombres —profetas, reyes, apóstoles y evangelistas— para hablarnos de parte de Dios (2 Ped. 1:21). Lo más asombroso es que el Señor ha preservado Su Palabra durante siglos para que llegara a nosotros. Con sumo cuidado y precisión, los escribas judíos copiaron en rollos de papiro los textos sagrados y los resguardaron. Algunos rollos de la Escritura fueron encontrados dentro de vasijas de barro en las cuevas de Qumrán, en el Mar Muerto, donde el libro de Isaías se encontró intacto3. ¡Cuán fiel es el Señor!
La invención de la imprenta en el siglo XV revolucionó la comunicación. Gracias a ella, la Biblia pudo copiarse en grandes cantidades, traducirse a muchos idiomas y llegar a innumerables personas. Esto contribuyó al avance de la Reforma Protestante, cuando Martín Lutero y otros reformadores llamaron a la iglesia a volver a la autoridad de la Escritura (sola Escritura), proclamando que la salvación es solo por gracia, mediante la fe, y no por obras humanas. Así, Dios usó la imprenta como un medio para avivar la fe y traer una renovación espiritual que ha impactado a generaciones.4
En nuestros días, gracias a la interconexión global, el acceso a la Escritura está a un clic de distancia. Dios sigue hablando hoy por medio de Su Hijo Jesucristo, el Verbo encarnado (Juan 1:14; Heb. 1:1-2).
¿Qué nos está diciendo Jesús en esta era digital?
«Yo soy la Luz del mundo; el que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la Luz de la vida» (Juan 8:12, NBLA).
Aunque vivimos en la era digital, millones de personas en el mundo aún viven en oscuridad espiritual. No conocen a Cristo. Nunca han oído el evangelio. Frente a esta lamentable realidad, cada creyente debería preguntarse: ¿Estoy aprovechando las herramientas tecnológicas que tengo a mi alcance para anunciar las buenas nuevas de salvación?
Dios nos ha colocado en un tiempo único en la historia. Tenemos acceso a una red global de comunicación e información sin precedentes que nos permite difundir el evangelio a un mundo oscuro y necesitado de Cristo. ¿Qué vamos a hacer con esta oportunidad?
Oremos para que Dios nos dé la misma pasión que tuvo Susannah Spurgeon por difundir el evangelio y por proveer recursos de sana doctrina. Que nos conceda sabiduría y discernimiento bíblico para jamás propagar mentiras ni medias verdades, sino la Palabra fiel y verdadera. Que nos ayude a recordar que hemos sido salvadas para anunciar las virtudes de Aquel que nos llamó de las tinieblas a Su luz admirable (1 Ped. 2:9), y que nos fortalezca para que no nos cansemos de esparcir la preciosa semilla del evangelio en todos los rincones de la tierra (Mat. 28:19).
¹ Banner of Truth, «Susannah Spurgeon», Banner of Truth.
² John MacArthur, «Un desafío para los comunicadores cristianos», artículo adaptado de The Master’s Seminary Journal (primavera de 2006), publicado en Gracia a Vosotros, Gracia a Vosotros.
³ Robert L. Plummer, 40 preguntas sobre cómo interpretar la Biblia (Grand Rapids, Michigan: Editorial Portavoz, 2020), 48.
⁴ «¿Qué fue la Reforma Protestante?», Ligonier Ministries.
Recomendación para la lectora:
- Teología para el día a día – Estudio bíblico: Lo que crees importa. Autora: Mary Wiley. ISBN: 9798384538790
- eBook – En espíritu y en verdad: Una introducción a la espiritualidad bíblica. Autor: Samuel E. Masters. ISBN: 9781087739564
- ¿Y cómo llegamos hasta aquí?: El origen y evolución de la revolución sexual. Autora: Catherine Scheraldi de Núñez. ISBN: 9798384524779