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Por: Wendy Bello 

Recuerdo que antes de nuestra boda mi esposo y yo tuvimos que ir a la oficina del registro civil para obtener ciertos documentos y luego, registrar nuestro matrimonio. Cada vez que hemos necesitado una inscripción de matrimonio o nacimiento hemos acudido a esas instancias. En cierto modo, es una ventana de acceso a la historia de las familias. Sin embargo, en los tiempos bíblicos no existían oficinas de registro civil como las que ahora tenemos. Los judíos usaban las genealogías —los registros de nombres reconocidos como antepasados— para establecer el linaje, los derechos y la legitimidad de una persona.  

Es así, con una genealogía, que Mateo comienza el Evangelio que lleva su nombre: «Registro genealógico de Jesucristo, hijo de David y de Abraham» (Mat. 1:1,NVI). Pero en esa lista hay una doble intención, el evangelista también se asegura de que sus lectores comprendan que este Jesús del que les hablará no es un Jesús como cualquier otro porque ese era un nombre común en su época. Por el contrario, se trata de Aquel que ellos esperaban, un descendiente de David y de Abraham, el Mesías anhelado por siglos.  

Pero un poco más adelante, en ese mismo capítulo, tenemos todavía más detalles acerca del nombre con el que Mateo comienza la genealogía. Se nos dice que un ángel le comunicó a José que María «dará a luz un Hijo, y le pondrás por nombre Jesús, porque Él salvará a Su pueblo de sus pecados» (Mat 1:21,NBLA). Ese es el significado literal del nombre Jesús: Jehová es salvación. Y es precisamente en esta declaración del ángel que encontramos el nombre de Jesús que nos transforma la vida: Jesús el Salvador.  

Sin embargo, la gran mayoría de la gente del tiempo de Jesús no entendió lo que eso implicaba. ¿Salvación de qué? Aquella generación, como las que le precedieron, esperaba un Salvador; pero en sus mentes en realidad había un clamor que los llevaba en una dirección diferente: «Sálvanos de los romanos, sálvanos de la opresión, sálvanos de la esclavitud, de los impuestos, de la pobreza». No entendieron que la primera visitación de Jesús no tenía que ver con estos asuntos. La encarnación tuvo un propósito mucho más grande y eterno: el perdón de los pecados, la salvación de un mundo perdido. 

El problema sigue siendo el mismo hoy. Muchos buscan a Jesús como Salvador, pero la salvación que quieren es diferente, demasiado pequeña y temporal. Algunos vienen a Él en busca de salvación de crisis económica, tal vez salvación de relaciones rotas y vidas frustradas, salvación del dolor de la enfermedad. ¿Sabes?, claro que Él puede hacer eso ¡y mucho más! Pero no fue solo con ese plan que Jesús el Salvador vino a nacer. Si así hubiera sido, nuestras vidas seguirían siendo el mismo manojo de problemas humanos que nos abruman una y otra vez.  

¡No! Jesús vino para salvarnos del pecado, es decir, de todo lo que nos separa de Dios. Vino para salvarnos de nuestra incapacidad de acercarnos a un Dios que es santo, santo, santo. Vino a salvarnos también de la muerte inevitable que el pecado trajo al mundo. Él es un Salvador completo, definitivo. No necesitamos otro. ¡Él es suficiente! 

Jesús, el Salvador, vino para traer la esperanza que nunca termina, que no desfallece, que no depende de las circunstancias. Él es esperanza para todas las naciones. El profeta Isaías lo había anunciado varios siglos antes y Mateo nos lo recuerda: «Y EN SU NOMBRE LAS NACIONES PONDRÁN SU ESPERANZA» (Mat. 12:21, NBLA). La esperanza verdadera es Jesús. Él es el cumplimiento de todas las promesas que alimentan nuestra esperanza (2 Cor. 1:20).  

Esta es justamente la esperanza bíblica que celebramos y recordamos en el tiempo de Adviento: Cristo. Nuestra esperanza descansa en la salvación que Él ofrece. No está en nada que hayamos hecho ni que podamos hacer, nuestra esperanza está en la obra misericordiosa de Cristo en la cruz. Gracias a esa obra salvadora podremos recuperar lo que se perdió en Edén como consecuencia del pecado: vivir para siempre en la presencia misma de Dios. Cristo vino para establecer un puente por el que podemos caminar seguros y llegar al otro lado, más allá de esta vida, para poder mirar cara a cara al Dios que se hizo hombre y nació en un establo maloliente en un pueblito pequeño llamado Belén. En Adviento también miramos a la esperanza futura: «…que es Cristo en ustedes, la esperanza de gloria» (Col. 1:27, NBLA). 

Cristo en nosotros produce esperanza en la gloria que nos aguarda, en la comunión eterna con nuestro Dios, en un mundo completamente redimido, hecho completamente nuevo. Al celebrar Adviento, los creyentes «…aguardamos la bendita esperanza, es decir, la gloriosa venida de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo» (Tito 2:13, NVI).  

La esperanza nació aquella noche no solo para una generación aplastada bajo el cruel dominio romano; nació para todas las generaciones que vendrían después. Una esperanza vigente para nosotros el día de hoy. En esa noche nació Jesús, el nombre ante el cual se doblará toda rodilla. El nombre que salva.  

Cristo, el Salvador, Dios con nosotros, hizo posible que los creyentes seamos un pueblo que puede vivir con una esperanza segura en todo momento. Para esos días en que la vida parezca un callejón sin salida, recuerda a Jesús; en su nombre hay salvación, hay esperanza. 

(Este artículo ha sido adaptado del libro «Dios con nosotros», publicado por B&H Español) 

Recomendación para la lectora: 

  • Dios con nosotros: Devocional de adviento. Por: Wendy Bello 
  • Digno. Por: Wendy Bello 
  • Bajo Sus alas: Encuentra refugio en el Dios que rescata. Por: Wendy Bello 

Wendy Bello es de origen cubano, pero radica en los Estados Unidos. Es una activa conferencista y maestra de la Biblia; autora de varios libros, entre ellos, Más allá de mi lista de oración, Digno, Un corazón nuevo y Una mujer sabia. Colabora en el ministerio de mujeres de su iglesia local y también con otros ministerios como Lifeway Mujeres, Coalición por el Evangelio y Aviva Nuestros Corazones. Wendy está casada con Abel y tienen dos hijos. Ella cuenta con una Maestría en Estudios Teológicos de Southern Baptist Theological Seminary. Puedes encontrarla en wendybello.com

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