Por: Maria del Carmen Tavarez
«Por esta razón también, obrando con toda diligencia, añadan a su fe, virtud, y a la virtud, conocimiento; al conocimiento, dominio propio, al dominio propio, perseverancia, y a la perseverancia, piedad, a la piedad, fraternidad y a la fraternidad, amor» (2 Ped. 1:5-7, NBLA).
En vista de la celebración del Día Internacional de la Solidaridad, vamos a considerar este concepto de solidaridad, compañerismo, fraternidad o unión, desde una perspectiva bíblica.
El Día Internacional de la Solidaridad se identifica en la Declaración del Milenio como uno de los valores fundamentales para las relaciones internacionales en el siglo XXI, para ayudar a quienes sufren o tienen muy poco o nada, a fin de que sean identificados y reciban la ayuda de quienes tienen el privilegio de vivir en mejores condiciones.
Así que, a través de iniciativas de diferentes grupos sociales se ha creado el Fondo Mundial de Solidaridad Humana. Este concepto fue promovido como crucial en la lucha contra la pobreza y en la participación de todos los intereses pertinentes, tales como la solución de problemas internacionales de carácter económico, social, cultural o humanitario. De ahí se han derivado otros programas de objetivos sostenibles a fin de ayudar a la gente a superar la pobreza, el hambre y las enfermedades. Es un programa que pone en el centro a la persona y al planeta.
Estos esfuerzos tienen un propósito valioso, ya que la solidaridad es la capacidad de actuar juntos, para lograr un fin, ya sea para ayudar y procurar el bien común en las naciones, un país, una comunidad, o individualmente. Ser solidario es un muy buen valor. Pero si Dios no está incluido en la ecuación, todas nuestras mejores obras, nuestras buenas intenciones y los grandes esfuerzos que hagamos, solo producirán decepción y cansancio.
La Biblia enfatiza la solidaridad a través del amor al prójimo, el apoyo a los más vulnerables y a la generosidad. De esta manera, la solidaridad es una expresión práctica de la fraternidad cristiana: el amor que nos une en Cristo nos mueve a interesarnos por las necesidades de los demás y a servirles con generosidad y sacrificio.
En 2 Pedro 1:5-7 encontramos uno de los pocos versículos en donde vemos la palabra «fraternidad», una virtud que está estrechamente relacionada con la solidaridad. Ser solidaria implica mostrar interés por los demás, actuar con generosidad y expresar afecto fraternal y amor. El apóstol Pedro nos enseña que a nuestra fe debemos añadir virtudes como la piedad, la fraternidad y el amor.
Nuestro Señor Jesucristo habló sobre la solidaridad, sin mencionar la palabra en sí, en el Evangelio de Mateo cuando se refirió al «Juicio de las naciones», capítulo 25:31-40. El versículo 40 dice: «El Rey les responderá: “En verdad les digo que en cuanto lo hicieron a uno de estos hermanos Míos, aun a los más pequeños, a Mí lo hicieron» (NBLA). Aunque existen distintas interpretaciones acerca de a quiénes se refiere específicamente Jesús con «estos hermanos Míos», el pasaje nos recuerda la seriedad con la que Cristo considera el trato hacia aquellos que le pertenecen.
Como mujeres creyentes, sabemos que las buenas obras son una evidencia visible de una fe viva. Es decir, las buenas obras no producen un carácter bueno y solidario para con nuestro prójimo, sino que un carácter transformado por Dios se evidencia produciendo buenas obras.
Igualmente, la Palabra de Dios nos muestra lo que es ser solidario cuando nos enseña acerca de la «fe sin obra». Santiago 2:15-16 dice: «Si un hermano o una hermana no tienen ropa y carecen del sustento diario, y uno de ustedes les dice: «Vayan en paz, caliéntense y sáciense», pero no les dan lo necesario para su cuerpo, ¿de qué sirve?» (NBLA). (Ver también 1 Juan 3:17).
Vemos que la Palabra de Dios nos manda a examinarnos si tenemos una fe viva o muerta. Esto significa que a esa fe se le debe añadir piedad y afecto fraternal, lo cual es una disposición de amor sacrificial. Cuando somos solidarias con nuestro prójimo damos evidencia de que nuestra conducta está sometida a la obediencia a la Palabra de Dios y de que procuramos mantener un carácter justo y piadoso. Porque si Dios nos ha dado el privilegio de poseer bienes de este mundo y viendo la necesidad de nuestro prójimo nos hacemos de la vista gorda, ¿cómo puede morar el amor de Dios en nosotros? (ver 1 Juan 3:17).
Esto no necesariamente significa dar de manera indiscriminada, porque es posible que hagamos más daño que bien cuando damos algo, sea dinero u otra cosa, que pueda ser utilizado para adquirir algo que le hará más mal que bien. En todo caso, siempre debemos orar al Señor para que nos dé sabiduría, de manera que podamos discernir bien la obra que nos compete o que nos hemos propuesto realizar.
Tengo la referencia de dos tipos de personas. Ambas son generosas y solidarias con su prójimo. La primera siempre está afanada, hace muchas obras, pero dice que se siente muy cargada y cansada. Critica y recrimina el comportamiento de aquellos a quienes brinda sus servicios o suele ayudar. A la vez, se ufana de la satisfacción que siente al hacer la obra.
La segunda hace muchas obras, se mantiene en oración, no habla de lo que ha hecho. Aunque todos los que estamos a su alrededor conocemos de sus obras, sabemos que se cansa, pero no discrimina, no se queja del cansancio, y siempre se ve gozosa y dispuesta a servir.
Encontramos que la Palabra de Dios nos dice en Gálatas 6:2: «Lleven los unos las cargas de los otros, y cumplan así la ley de Cristo» (NBLA). Este versículo lo podemos desglosar de la siguiente manera:
Las cargas son problemas, dificultades que las personas no pueden resolver con facilidad por sus propios medios. Cuando nos dice que «lleven» o «sobrellevad» las cargas, se refiere al esfuerzo que debemos hacer para ayudar a otros en sus dificultades. Esto requiere paciencia, perseverancia y una disposición a servir sin quejas. La ley de Cristo se refiere al mandato que nos dejó nuestro Señor de amarnos los unos a los otros como Él nos amó (Juan 13:34; Rom. 13:8-10).
En relación con la ilustración anterior, no es que recrimine a la primera persona y aplauda a la segunda, pero cuando hacemos algo, debemos hacerlo todo «como para el Señor» (Col. 3:23-24), no para recibir la aprobación de la gente, porque después de todo, del Señor es la obra y todo lo que existe le pertenece a Él. Es humano cansarse y si nos sentimos muy cargadas y afanadas es bueno «detenernos y procuremos escuchar a Dios, así nuestros corazones estarán más dispuestos a hacer lo mismo con otras personas».1 Proverbios 14:29b dice: «Mas el que es impaciente de espíritu enaltece la necedad». La necedad debería estar fuera del creyente si nuestra confianza está puesta en Jesús.
Procuremos diligentemente añadir a nuestra fe todas esas virtudes que recomienda el apóstol en 2 Pedro 1:5-7, las cuales nos fortalecerán y ayudarán a crecer con un carácter cristiano sólido que agrade a nuestro Dios y Padre eterno. De esta manera, todo nuestro servicio al prójimo siempre será para glorificar al Señor y no para recibir el aplauso de los hombres.
Que el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo nos llene de gracia, sabiduría y gozo. Amén.
1 Vance Pitman, Proverbios: Sabiduría eterna en la vida cotidiana (Brentwood, TN: B&H, 2024), pág. 49.
Recomendaciones de la autora:
Proverbios – Estudio bíblico: Sabiduría eterna en la vida cotidiana. ISBN 9781430086444
Juntos en armonía: Estudio bíblico con videos. ISBN 9798384536864
Mujeres de influencia: El legado de una vida virtuosa. ISBN 9781087756318
María del Carmen Tavarez es creyente en Cristo desde hace más de 25 años y miembro de la Iglesia Bautista Internacional (IBI) desde hace 17 años. Cuenta con formación en estudios fundacionales, discipulado femenino y consejería bíblica, y posee una maestría en Ministerios del Southern Baptist School. También es maestra certificada de AMO y ha servido como maestra de Escuela Dominical. Actualmente forma parte del ministerio de escritura y colabora con los ministerios EZER y Lifeway Mujer, además de servir como líder de grupo pequeño de EZER. María del Carmen reconoce que fue la gracia y misericordia del Señor, por medio de Su Palabra, la que transformó su vida, y desea continuar sirviéndole y creciendo en fidelidad hasta el final.