Por: Gabriela Puente
Querida amiga:
Escribo este texto con un corazón que conoce el peso de la desesperanza que muchas veces ha tocado la puerta de mi vida y ha entrado a mi rutina por largas y cortas temporadas. No dudo que tú también la has hospedado entre tus conversaciones, tareas y viajes. Su paso es como un huracán que trae consigo pensamientos fatalistas del futuro, heridas del pasado, la comparación con la vida de otros, la espera y el temor ante la incertidumbre.
No es casualidad que estés leyendo esto. Probablemente el título te llamó la atención y deseas un camino o una certeza para el vacío o dolor que sientes. No quiero darte un consejo rápido, versículos al azar o los cinco pasos para tener esperanza, sino acompañarte por un momento para ir juntas hacia Aquel que permanece firme.
En mi corto caminar por esta tierra he derramado muchas lágrimas, y en ese caminar he experimentado que la desesperanza es un estado más profundo que la tristeza. La desesperanza llega con sutiles murmuraciones que revelan las creencias más profundas del corazón, las cuales muchas veces solo son expuestas por la llegada de constantes sufrimientos que parecen no acabar, expectativas que se rompen abruptamente o sueños anhelados y deseos amados que no se cumplen.
En la desesperanza podemos refugiarnos en la culpa, pensando que «no hicimos lo suficiente», o en la convicción de que «nada va a cambiar y que no vendrá nada bueno en el futuro». Incluso podemos llegar a pensar que Dios está decepcionado de nosotras o que guarda silencio, y percibir erróneamente que nos castiga por no hacer lo que ya deberíamos haber aprendido. La desesperanza toma fuerza con argumentos que omiten a Dios o ponen en duda Su amor, llenando de temor nuestro corazón.
Conozco esos pensamientos. Recuerdo haber estado acurrucada en mi cama y llena de dudas y de lágrimas tratando de hallar razones que me ayuden a entender por qué me encontraba en ese lugar y si Dios me dejaría ahí para siempre. Como dice una canción: «¿Terminará alguna vez esta presión aplastante, o este dolor es ahora mi hogar?».
Entonces, ¿dónde buscamos y encontramos esperanza? ¿En nuestros razonamientos limitados? ¿En nuestras infundadas suposiciones que nos llevan a la desesperación por la falta de información? ¿En nuestros juicios apresurados o en nuestras soluciones improvisadas?
La esperanza comienza con la fe, cuando alzamos nuestros ojos más allá de los montes para encontrar nuestro socorro en Dios (Sal. 121:1-2). De hecho, el Salmo 3:3 dice que Dios mismo levanta nuestra cabeza. En ese acto de gracia nos damos cuenta de que no podemos hacer nada por nuestra situación. Somos débiles, incapaces y la esperanza que se demora nos atormenta (Prov. 13:12).
Ese estado de total dependencia nos dispone para acudir al Maestro, dejando atrás toda autosuficiencia para dejar en Él nuestras pesadas cargas (Mat. 11:28-30).
Él recibe nuestra desesperanza y la intercambia por Su presencia. Amiga, el ancla de nuestra esperanza y la luz en nuestras tinieblas es reconocer a Cristo mismo en medio de ellas (Sal. 18:28).
Él no solo se compadeció de nuestro dolor, sino que hizo algo al respecto. En la cruz llevó nuestros pecados, cargando todo aquello que causa desesperanza, para darnos una esperanza que no depende de las circunstancias, sino de Su obra perfecta.
En esos momentos, la tentación de buscar alivio en nuestras fuerzas o tratar de «ayudar a Dios» a resolver nuestra situación, toca a nuestra puerta. Pero el mejor antídoto para la desesperanza es comunicarnos con Aquel que conoce todos nuestros anhelos y ante quien nuestros más profundos suspiros no son ocultos (Sal. 38:8-9). Él conoce el peso y la razón de nuestra desesperanza. Por eso, la fe nos impulsa lejos de la apatía y nos acerca al llanto, al clamor y a la oración a nuestro compasivo Creador.
En el Salmo 94:7 los impíos dicen «El Señor no ve nada ni hace caso el Dios de Jacob» (NBLA). No podemos negar que en nuestro engañoso corazón surgen pensamientos que se levantan en rebeldía con la misma declaración que los impíos: «Dios no me ama, no me escucha, no le importo, no me responde, no hará nada bueno». Entonces la Palabra nos recuerda, por medio de preguntas retóricas, la verdadera naturaleza de Dios, desarmando nuestros argumentos egocéntricos «El que hizo el oído ¿no oye? El que formó el ojo ¿no ve?» (v.9) ¡Claro que Él observa tu desesperanza! Y no solo eso, el Salmo 103 nos invita a contemplar que Dios es compasivo, una cualidad que va mucho más allá de la empatía y que se repite aproximadamente 145 veces en la Biblia. Pero ¿qué significa esa compasión en medio de tu desesperanza?
Dios no solo ve tu dolor, también tiene un profundo deseo de aliviarlo, similar al amor tierno y protector de una madre por su recién nacido. La esperanza no viene por arte de magia, sino por la lucha interna de perseverar en la verdad de que Dios es bueno y compasivo. Esa verdad se ve una y otra vez al estudiar Su trato con los israelitas en el Antiguo Testamento y Su interacción con las personas en el Nuevo Testamento.
Al leer los evangelios podrás ver que una y otra vez se repite «y fue movido a compasión». Así sucedió con el leproso (Mar. 1:41), con los ciegos (Mat. 20:34), con la multitud hambrienta (Mat. 14:14), con la viuda de Naín (Luc. 7:13) y con la muerte de Lázaro (Juan 11:33-35). Nuestro Dios los vio, los escuchó y fue profundamente conmovido por su sufrimiento.
La desesperanza nos lleva al final de nuestras fuerzas. Y, justo en ese estado, es donde la compasión de Cristo es eficaz creando convicción y fortaleciendo la fe en lo que se percibe irreversible e imposible. Nuestra esperanza para los lugares oscuros donde no vemos salida es clamar a viva voz por Su ayuda mientras recordamos porciones bíblicas que nos enseñan Su verdadero carácter y destruyen la visión distorsionada de nosotras mismas que hemos creado en la autocompasión.
Una de ellas es Malaquías 3:6: «Porque yo Jehová no cambio; por esto, hijos de Jacob, no habéis sido consumidos». Dios sigue siendo el mismo que caminó con el rebelde pueblo israelita en el desierto y los alimentó, los cuidó y los guardó. El mismo que voluntaria y decididamente cargó con la burla, el rechazo y el desprecio que estaban destinados a nosotras y que hoy nos ve y levanta nuestra cabeza para recordarnos que Él no se asusta de nuestros temores ni de nuestras dudas.
La desesperanza nos revela lo rápido que caemos en la incredulidad y lo fácil que olvidamos la verdad. Pero al mismo tiempo Dios no desperdicia estos momentos para mostrarnos un poquito de lo que se sentiría existir sin Él. Lo que vivimos no es el fin y hay mucho camino que Dios ha escrito y no hemos transitado aún donde encontraremos respuestas de misericordia y esperanza.
No sabemos el mañana, pero la Palabra fiel dice que Su plan no será para nuestro mal. Y esta es nuestra esperanza: que Su corazón compasivo y soberano no cambia y que ha preparado un camino para nosotras donde Él mismo va adelante con Su ejemplo (Fil. 2), allanando el paso y guiándonos a lo que Él sabe que es lo mejor.
Recomendaciones para la lectora:
–Sedientas de esperanza – Estudio bíblico con videos para mujeres: Preguntas que le hacemos a Dios en nuestros anhelos, pérdidas y sufrimiento. ISBN 9798384509882
–eBook – Dolorosa bendición: Cómo enfrentar el sufrimiento con fe, esperanza y gratitud. ISBN 9781087736976
–Lágrimas valientes: Esperanza viva en un mundo pasajero. ISBN 9781462765546

Gabriela Puente es comunicadora social, está estudiando una maestría en Estudios Teológicos en Southern Seminary y tiene una certificación en Consejería Bíblica con ACBC. Desde el 2015, Gabriela es miembro de la iglesia La Fuente en Quito y actualmente trabaja en su Centro de Consejería Bíblica. Su deseo es animar y enseñar a mujeres en la iglesia local, llevar el evangelio a donde quiera que el Señor le llame y ser testigo de la plantación de iglesias sanas en todo el Ecuador. Gabriela ha colaborado con artículos para Coalición por el Evangelio, Bite, Reformadas y puedes encontrarla en Instagram como @gaby_puentem.