Por: Angélica Rivera
Nací en una familia católica. Me bautizaron, hice la primera comunión e incluso fui monaguilla (asistente del sacerdote). Recuerdo que cada Miércoles de Ceniza el sacerdote trazaba una cruz en mi frente. Yo participaba por tradición, pero en ese entonces no entendía bien su significado. Con el tiempo aprendí que esta práctica marca el inicio de la Cuaresma, un tiempo de cuarenta días de ayuno y preparación espiritual para la Pascua de Resurrección.
¿Qué es el Miércoles de Ceniza?
El Miércoles de Ceniza es un día de penitencia y ayuno que marca el inicio de la Cuaresma en la Iglesia Católica. Durante la celebración, el sacerdote impone ceniza en forma de cruz en la frente de los fieles y dice: «Pues polvo eres, y al polvo volverás» (Gén. 3:19, NBLA), recordando la fragilidad de la condición humana y la necesidad de volver nuestro corazón a Dios. La ceniza utilizada se obtiene al quemar las palmas bendecidas el Domingo de Ramos del año anterior, lo que simboliza continuidad y renovación espiritual.
En esta fecha, los católicos practican el ayuno —limitado tradicionalmente a una comida fuerte al día— y la abstinencia de carne, disciplina que también se observa el Viernes Santo y durante los viernes de Cuaresma. Así, el Miércoles de Ceniza inaugura un tiempo de oración, sacrificio y conversión, como preparación para conmemorar la pasión, muerte y resurrección de Cristo durante la Semana Santa.
La ceniza en la Biblia
En la Escritura, la ceniza y el polvo no eran simples símbolos externos, sino expresiones de arrepentimiento y quebranto.
- Job: Después de escuchar la voz de Dios dijo: «Por eso me retracto, y me arrepiento en polvo y ceniza» (Job 42:6, NBLA).
- Tamar: Tras el profundo dolor de haber sido abusada por su hermano, expresó su aflicción de esta manera: «Entonces Tamar se puso ceniza sobre la cabeza, rasgó el vestido de manga larga que llevaba puesto, y se fue gritando con las manos sobre la cabeza» (2 Sam. 13:19, NBLA).
- Nínive: Al oír la advertencia del profeta Jonás, desde el rey hasta el más humilde se cubrió de luto y arrepentimiento: «Cuando llegó la noticia al rey de Nínive, se levantó de su trono, se despojó de su manto, se cubrió de cilicio y se sentó sobre ceniza» (Jon. 3:6).
En todos estos casos, las personas usaron ceniza en momentos que realmente lo ameritaban: al ser confrontadas por Dios por su pecado, como consecuencia de un gran sufrimiento y ante la inminente destrucción que se avecinaba.
Tradición vs. relación con Dios
A diferencia de los ejemplos bíblicos mencionados, hoy el ayuno y la abstinencia que caracterizan el Miércoles de Ceniza tienen un carácter de obligatoriedad, y se ha convertido en una tradición que muchos siguen sin comprender plenamente su significado. Si una práctica no nace de un corazón arrepentido que busca sinceramente a Dios, puede volverse algo vacío, realizado por exigencia y no como un acto de humildad y sumisión genuina.
Recuerdo que, hace un tiempo atrás, en mi casa trabajaba una señora que no comía carne ni el Miércoles de Ceniza ni los viernes de Cuaresma. Al preguntarle la razón, no supo explicarme; solo decía que era parte de la tradición católica. Personalmente, no creo que sea provechoso seguir tradiciones impuestas por hombres cuando no entendemos su fundamento. Es muy beneficioso tomar tiempo para ayunar y buscar el rostro del Señor, pero debe ser una decisión íntima y sincera que se hace delante de Dios.
Jesús enseñó: «Cuídense de no practicar su justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de otra manera no tendrán recompensa de su Padre que está en los cielos. Y cuando ayunen, no pongan cara triste, como los hipócritas; porque ellos desfiguran sus rostros para mostrar a los hombres que están ayunando. En verdad les digo que ya han recibido su recompensa. Pero tú, cuando ayunes, unge tu cabeza y lava tu rostro, para no hacer ver a los hombres que ayunas, sino a tu Padre que está en secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará» (Mat. 6:1, 16-18, NBLA).
Dios nos enseña que el ayuno que Él acepta es el que se hace en secreto. Nos llama a no mostrarlo externamente, sino a buscar la intimidad con Él, donde podamos derramar nuestro corazón delante de Su presencia.
Lamentablemente, en muchas ocasiones tendemos a transformar lo sagrado en una rutina. Cuando una práctica se repite de manera mecánica y sin reflexión, pierde su sentido y propósito. Por ello, debemos ser conscientes de este riesgo, incluso cuando realizamos acciones que consideramos buenas.
Es muy bueno apartar tiempos especiales con Dios para buscar Su rostro, examinar nuestras vidas, ayunar y arrepentirnos de nuestros malos caminos, sin anunciarlo a los hombres, sino como parte de una relación viva e íntima con Dios. Lo peligroso es seguir tradiciones humanas sin hacer una reflexión profunda, unida a un corazón arrepentido y humillado ante Dios.
Aunque no celebramos ritos ni tradiciones creadas por hombres ni tampoco fundamentadas en la Palabra de Dios, sí podemos encontrar valor en dedicar tiempo a la reflexión sobre nuestra fragilidad y nuestra constante necesidad de Dios. Y esta no es una verdad para recordar solo un día al año, sino para vivirla cada día de nuestra vida.
Por otro lado, debemos ser cuidadosos al imponer mandatos a los hombres sobre prácticas que son tradiciones o leyes humanas y que no están instituidas por Dios. Recordemos el mensaje de la Escritura: «Por lo tanto, no permitan que nadie los condene por lo que comen o beben, o porque no celebran ciertos días santos ni ceremonias por luna nueva ni los días de descanso. Pues esas reglas son solo sombras de la realidad que vendrá. Y Cristo mismo es esa realidad» (Col. 2:16-17, NTV).
En conclusión, el Miércoles de Ceniza no es un mandato establecido en la Escritura, sino una tradición religiosa. Por eso, más que seguir una práctica por costumbre, debemos aprender a examinar todo a la luz de la Palabra de Dios.
No se trata simplemente de decidir si algo se hace o no se hace, sino de preguntarnos si nuestro corazón está verdaderamente rendido al Señor. Solo Su Palabra es infalible, verdadera y eterna. Todo lo demás debe someterse a ella.
Recomendación para la lectora:
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