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Por: Keila Ochoa 

¿Qué estabas haciendo a los trece años de edad? Yo cursaba la educación secundaria. Mis preocupaciones más grandes consistían en aprobar exámenes, realizar mis tareas y pasar tiempo con mis amigas. Perdía el sueño por problemas académicos, pero principalmente por situaciones sociales: ¿me hablarían mis amigas? ¿me haría caso el chico que me gustaba? 

Sin embargo, una chica de la misma edad, en el año 2022, vivía atrapada en una casa en Nagar, India. Gracias a una llamada anónima, la policía la rescató de un hogar donde su actividad principal consistía en limpiar la casona, y sus miedos nocturnos rondaban alrededor de proteger su propia vida. Cuando la policía la examinó encontraron señales claras de violencia física y emocional. Y aunque trabajaba de sol a sol, nunca recibió compensación por sus esfuerzos.  

En la Biblia leemos de otra jovencita, una israelita que fue capturada por los sirios y se convirtió en la criada de la esposa de Naamán, el general del ejército. He enseñado muchas lecciones bíblicas sobre 2 Reyes 5, y suelo enfatizar la fe de esta joven que compartió con su ama: «Ah, si el señor fuera a ver al profeta de Samaria, seguro que lo sanaría» (2 Rey. 5:3, El Mensaje). Tristemente, no me había detenido a analizar la historia desde el enfoque del trabajo infantil. Tanto la chica de India, como la esclava hebrea, trabajaban a temprana edad en condiciones de explotación.  

Cada 12 de junio se conmemora el Día Mundial contra el Trabajo Infantil, una fecha que muchos desconocemos, pero en la que se nos invita a reflexionar sobre los millones de niños en el mundo que trabajan en condiciones que afectan su salud, educación y desarrollo integral.  

¿Y qué dice la Biblia al respecto? En las épocas antiguas no existían leyes contra el trabajo infantil. Los niños trabajaban en el campo, en talleres familiares o externos, pero este aprendizaje se veía como parte de su formación. Sin embargo, la Revolución Industrial trajo sus complicaciones. Los niños empezaron a trabajar en fábricas textiles y en jornadas de doce a dieciséis horas o se les enviaba a trabajar en minas y limpiar chimeneas.  

En 1802, Inglaterra promulgó la primera ley que limitaba las horas de trabajo, seguida por otra en 1833 que censuraba el trabajo a menores de 9 años y exigía que se proporcionara educación a los infantes. En México, en 1917, el artículo 123 de la Constitución Mexicana, prohibió el trabajo de menores de 12 años y reguló horarios para los adolescentes. Se trató de una iniciativa muy avanzada para su época. Hoy, de hecho, existen diversos organismos que protegen a la infancia, y cada vez hay más candados legislativos para evitar el abuso y promover los derechos universales.  

¿Pero qué dice la Biblia al respecto? La Biblia muestra con claridad lo que Dios piensa de los niños. Los hijos, en primer lugar, no son una fuente de ingreso, sino una herencia, un regalo, un generoso legado. En un tiempo cuando los niños —como ha seguido sucediendo a lo largo de los siglos—, debían ocultarse y callar, y no meterse en los asuntos de los mayores, Jesús los llamó, oró por ellos y dijo: «Dejen que los niños vengan a mí. ¡No los detengan!» (Mat. 19:14, NTV). Y advirtió sobre su explotación: «A cualquiera que haga tropezar a alguno de estos pequeños que creen en mí, más le valdría que le colgaran al cuello una piedra de molino, y que lo hundieran en el fondo del mar» (Mat. 18:6, RVC). 

En otras palabras, Dios nos ha dado hijos para cuidarlos, defenderlos y educarlos. Son un préstamo divino que ocupa un lugar precioso delante de Dios, y la Escritura presenta una severa reprensión para quienes los menosprecian o tratan como si tuvieran poco valor. Entonces, ¿qué nos toca hacer? Obedecer las palabras de Jesús: recibirlos, no echarlos fuera y no estorbarles en su caminar con Dios. Hemos sido llamados a instruirlos en la dirección correcta, a amarlos como a nuestros prójimos y a recibirlos con amor, ya que al recibirlos a ellos, recibimos al mismo Jesús (Mat. 18:5).  

¿Y cómo se hace esto en la vida práctica? Aprendí algo hace poco: «No puedo interesarme si primero no veo». En otras palabras: no puedo cuidar a quien no veo. El amor, el interés y el cuidado comienzan por los ojos. Para ayudar a alguien, se necesita decir primero: «Te veo». Porque solo cuando miras con atención, reconoces la necesidad; solo cuando observas al otro, te das cuenta de sus carencias. 

Esto hizo Amy Carmichael en India durante el siglo XIX. Puso sus ojos en las niñas invisibles que eran vendidas por sus familias a los templos a cambio de unas monedas. Vio, se interesó y cuidó.  Jackie Pullinger, en Hong Kong, visitó los barrios más pobres y problemáticos, y vio a los jóvenes adictos y a las niñas en prostitución. Miró, se interesó y abrió hogares de ayuda. ¿Y qué de Christine Caine? Dejó que sus ojos se posaran sobre carteles en Grecia que anunciaban a niñas desaparecidas. Y al descubrir que estas niñas habían sido atrapadas por las redes de la trata de personas, decidió empezar una campaña de concientización y ayuda.  

Regresemos a las historias del principio. Cuando tenía trece años, solo deseaba ser vista: que mis amigas me vieran, que el chico que me gustaba me notara entre las demás. Y alguien sí me vio. Mi madre no apartó sus ojos de mí durante esos años turbulentos y me ofreció consejo y guía.  

Alguien vio a la jovencita en India, que sufría abuso de parte de sus empleadores, y presentó la denuncia anónima que condujo a su liberación. Alguien vio a esa hebrea israelita, tanto así, que tenemos su historia registrada en la Biblia. Y quiero pensar que cuando Naamán volvió creyendo en el Dios de Israel, devolvió a la chica a su familia.  

¿Cuántas niñas de trece años caminan hoy por las calles pidiendo que alguien las vea? Tal vez visten ropa fina, pero están atrapadas por un vicio. Quizá se esconden en las calles de las ciudades, huyendo del abuso y la violencia. ¿Estarán en nuestras iglesias, ocultando hábitos dañinos o guardando dolores que no podemos imaginar? 

Todo cambio comienza porque alguien «vio». Alguien observó más allá de una etiqueta, de una apariencia desprolija, de un rostro sin vida y de una sonrisa falsa. Alguien se detuvo para contemplar la situación. Alguien usó sus ojos, como lo hacía Jesús, para interesarse y amar. Alguien empezó con el sentido de la vista, luego decidió escuchar sus historias y finalmente desató sus manos para hacer algo al respecto.  

Pero todo comenzó con una mirada. Que nuestra oración hoy sea: «Abre mis ojos, Señor, para que aprenda a hacer el bien, para que busque justicia y ayude a los oprimidos, para que defienda la causa de los huérfanos y luche por los derechos de los que no tienen voz. Abre mis ojos, Señor» (inspirado en Isaías 1:17). 

1 «13-year-old who worked as help for 4 yrs freed», The Times of India, 18 de mayo de 2022, https://timesofindia.indiatimes.com/city/delhi/13-year-old-who-worked-as-help-for-4-yrs-freed/articleshow/91604345.cms 

Recomendación para la lectora: 

  • Brilla cada día: 90 devocionales para jovencitas. Autora: Keila Ochoa Harris. ISBN: 9798384536833 
  • El monstruo en los Valles Verdes: Libro 3. Autor: Andrew Peterson. ISBN: 9781430083627 
  • Paula y el exceso de tiempo en la pantalla. Autora: Betsy Childs Howardl. ISBN: 9781087771168 
  • Creación. Autor: Devon Provencher. ISBN: 9781087764795 

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