Reseña de libro “Arde mi corazón”
Por: María José Rivera
Hace unos años, mi maestra de Biblia me preguntó ¿por qué estudias la Biblia? Para mí, en ese momento la respuesta era demasiado obvia y evidente. Le respondí que estudiaba la Biblia porque eso es lo que estamos llamados a hacer.
Ella de inmediato me dijo: Necesitamos estudiar la Palabra para conocer más a Dios, y ese conocimiento nos permitirá amarlo más y mejor. Sus palabras cayeron como un baldazo de agua fría. Esa motivación no se encontraba en mi corazón… ni de cerca.
Con el pasar de los días las palabras de mi profesora retumbaron en mi mente, movilizaron mis pensamientos y me llevaron de rodillas a Dios. Reconocí que realmente no me interesaba conocerlo, lo que me había interesado era «hacer lo que había que hacer». Fue duro encontrarme con mi propio corazón, con mi egoísmo, con mi afán de hacer lo correcto y con la satisfacción de cumplir con la tarea bien hecha. Pero me di cuenta de que nada se trataba realmente de Dios. Él no era mi motivación.
A partir de entonces, las palabras de Jesús comenzaron a cobrar otro significado en mi vida. Al volver a leer Juan 17:3 «Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado», Dios mismo empezó a cambiar mis deseos y motivaciones. Empecé a entender que no se trataba solo de hacer, sino de crecer en intimidad con Jesús. Conocerlo a Él no solo era la respuesta, sino que ahí se encontraba la verdadera vida abundante.
No era suficiente tener información general sobre Él, ya sea por la cultura en la que crecí, las clases de religión del colegio o de la escuela dominical, sino de construir una relación íntima. Una relación en donde Su corazón cada día es revelado a mí, y mi corazón es derramado delante de Él. Una relación intencional, primordial y que me motiva a cultivar.
El Antiguo Testamento nos habla una y otra vez sobre la naturaleza única de nuestro Dios: no hay otro como Él, no hay otro de su misma «clase». Por eso Jesús lo llama «el único Dios» y añade «verdadero». A lo largo de la Escritura, vemos reiteradamente que Dios se revela a Su pueblo a través de Sus obras portentosas con el propósito de que sepan que Él es el Señor. Lo que nos enseña es que Dios quiere que Su pueblo lo conozca. Él quiere que Sus criaturas y en especial Sus hijos, sepan que Él es el soberano del universo, el que gobierna hasta la última molécula de este mundo, que Él es el rey, Creador, dueño de todo, nuestro Salvador y quien nos reconcilia consigo mismo.
Ese único Dios verdadero nos dejó un libro entero con un propósito claro: que lo conozcamos y reconozcamos que no hay otro fuera de Él. En Juan 17:3, seguimos leyendo: «y a Jesucristo a quien has enviado». El mismo que declaró «El que me ha visto a mí, ha visto al Padre» (Juan 14:9). Jesús afirmó sin espacio para la duda que, al conocerlo a Él, conocemos al Padre. Él es el Verbo hecho carne y el Verbo era Dios (Juan 1:2).
Considera esto, Dios está tan interesado en darse a conocer que se hizo hombre, tomando la forma más entendible para nosotros. Se hizo como nosotros para que podamos verlo a Él. Todo lo creó por medio de Jesucristo, y a Él debemos adorar, porque es el Señor de toda la creación.
Jesucristo, el Señor de la creación, vino a ser revelado como Señor, Salvador, Juez y hoy gobierna en los cielos e intercede por nosotros delante del santo Dios. Aquel que merecía toda la adoración, recibió toda la humillación maltrato en nuestro lugar. ¿Por qué? Para que pudiéramos recibir Su Palabra de verdad, y al recibir esa Palabra creyéramos en Él como nuestro Salvador. Esa Palabra nos apunta directamente al Padre. Todo lo que Jesús hace revela al Padre. A lo largo de la Escritura, vemos el mismo anhelo constante de Dios: darse a conocer a los suyos. Pero mientras nuestro corazón no se dedique a buscarlo, nunca encontraremos la verdadera vida.
Fuimos creados para Dios, y hasta que no lo conozcamos como lugar seguro, nuestra alma no hallará descanso. Como dijo Jesús, ahí está la vida eterna: en la intimidad con Él. Pero ¿qué es la vida eterna o también llamada vida abundante? No es otra cosa que conocer al único Dios verdadero y a Jesús, un conocimiento que va mucho más allá del intelecto. Es un conocimiento íntimo, vivo, relacional, que nos trae de muerte a vida. Ese conocimiento nos saca de la muerte espiritual y abre nuestros ojos para ver a Dios. No es algo estático, sino un proceso de crecimiento constante y profundo. Por eso, nuestro conocimiento de la Escritura no tiene como finalidad un entendimiento intelectual, sino encontrar la vida eterna al conocer íntimamente a Dios y a Jesucristo.
El mandamiento más grande que Dios nos dejó es amarlo con todo nuestro corazón, mente, y fuerzas. Y aunque muchas veces obedecemos por obligación, nadie puede amar por obligación. El amor nace de conocer a Dios en intimidad.
Dios, el perfecto Creador y Padre quiere que lo conozcas. Al hacerlo te rendirás a Él y empezarás a amarlo. Ese amor hará que obedecerle ya no sea una carga, sino un deleite. Entonces entenderemos por qué Jesús dijo que Su yugo es fácil y ligera Su carga. El amor de Dios nos apremia tanto, que no concebimos vivir de otra manera que no sea obedeciéndole. Y esa obediencia no será pesada, sino un deleite en nuestra vida porque nuestro corazón rebosará en amor por Aquel Padre perfecto que se ha revelado en Su Palabra para que lo podamos conocer en intimidad.
María José Rivera es autora, comunicadora y teóloga peruana. Es cofundadora del ministerio Moldeadas, donde capacita a mujeres hispanas en el estudio bíblico. Escribe sobre Biblia y teología en Coalición por el Evangelio y lidera talleres semanales de meditación bíblica con mujeres de toda la región. Estudió en el Instituto Reforma, en el Instituto Integridad y Sabiduría, tiene una maestría en estudios teológicos del Southern Baptist Theological Seminary, donde actualmente cursa el doctorado en educación ministerial. También produce contenido cristiano para redes sociales y colabora en traducción de materiales teológicos. Es miembro de la Iglesia Comunidad Bíblica de Jesús, donde sirve en el ministerio de mujeres. Vive en Lima, Perú, con su esposo Alonso y sus hijos, Aitana y Salvador. Síguela en Instagram: @riveramajose