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Por: Denisse Manchego

Tuve una infancia poco común. Cada vez que caminaba por la calle con mi papá, recibíamos comentarios como: «Señor, ¡qué lindo que salga a pasear con su nietecita! ¡Cuide mucho a su nietecita!». Y no juzgo a estas personas, lo cierto es que claramente, las confusiones venían de ver a un adulto mayor caminando con una niña. Pero yo no me había dado cuenta de la infancia inusual que había tenido hasta que fui adolescente y pensé: «No todos tienen un papá adulto mayor». En mi caso, nací cuando mi papá tenía 60 años y mi mamá 30.  

Vivir y crecer con un adulto mayor me trajo muchas enseñanzas. Una de las que más atesoro en mi corazón es la bendición que tuve de acompañar de cerca a una persona mayor de edad y así entender un poco más cómo es la vejez y los desafíos que se presentan. No puedo negar que, en algún momento, anhelé tener un papá un poco más joven que pudiera participar en las actividades deportivas de mi escuela, o un padre más cercano a mi edad para que simpatizara con las luchas propias de mi época. Sin embargo, sin darme cuenta, estaba siendo receptora de un gran regalo de gracia: vivir con un adulto mayor. 

Y desde este punto de vista quiero que hoy recordemos juntas el valor de un adulto mayor delante de los ojos de Dios y cómo, al entender ese valor bíblicamente, nos llevará a amarlos y a servirles con gozo dentro y fuera de nuestra iglesia local. 

El valor de los adultos mayores 

Vivimos en una sociedad que ha categorizado el valor de las personas, priorizando a los niños sobre los adultos mayores. La frase popular «ellos ya han vivido» refleja esa triste realidad. Y esa frase que realmente no justifica nuestra actitud ante la edad de una persona, nubla la verdad de que Dios ha creado a la humanidad a Su imagen. En esa verdad podemos entender que todos los seres humanos tenemos dignidad y valor inherente. Todos hemos sido creados a Su imagen. Y es importante recordar que esta dignidad y valor no aumentan ni disminuyen con la edad, así como tampoco dependen de la productividad de la persona. 

En la Escritura podemos ver cómo Dios usó a personas mayores de edad dentro de Sus propósitos. Por ejemplo, Moisés tenía 80 años cuando Dios le dio la tarea de liberar al pueblo de la mano de los egipcios: «Moisés tenía ochenta años, y Aarón ochenta y tres, cuando hablaron con el faraón» (Éx.7:7). Sara, siendo ya anciana, fue usada por Dios para dar a luz un hijo como parte del cumplimiento de Su promesa. Esto nos afirma que la vejez no es vista como una etapa de inutilidad o de menor valor, sino como una etapa de honra, sabiduría y propósito delante de los ojos de Dios (Prov. 16:31). Teniendo eso en mente, me gustaría compartir contigo algunas maneras prácticas en las que podemos amar y servir a los adultos mayores. 

Amando a un adulto mayor 

Aunque todos los seres humanos debemos ser respetados y amados por ser creados a la imagen de Dios, debemos reconocer que la manera en que esto se expresa es diferente en cada etapa de la vida, porque las necesidades y características también son distintas. Y aunque el mundo ha creado diversos medios para intentar no envejecer y evitar los desafíos que esta etapa presenta, no podemos negar aquella realidad que Salomón mismo describió al hablar de la vejez, usando un lenguaje metafórico. Algunas de las características son: manos temblorosas («temblarán los guardas de la casa»), piernas débiles («se encorvarán los hombres fuertes»), vista y oído que se apagan («se oscurecerán los que miran por las ventanas», «las puertas de afuera se cerrarán»), cabello que se torna blanco («florecerá el almendro») y un cuerpo que, poco a poco, pierde energía y apetito (Ecl. 12:1–7). 

Sabiendo esto y entendiendo que Dios valora profundamente a las personas mayores, nuestro privilegio como creyentes es crecer en piedad y así honrar, amar y servir a estas personas, siendo Dios mismo a través de nosotras quien cuida de ellos. Como creyentes tenemos la capacidad a través del Espíritu Santo de reconocer la dignidad y lugar que los adultos mayores poseen dentro del plan de Dios. Entonces, de manera práctica, hay muchas cosas que podemos hacer por aquellos adultos mayores que asisten a nuestra iglesia local y estas son algunas de ellas: 

  1. Acércate a ellos: Es natural que nuestras amistades tiendan a ser nuestros contemporáneos y que cada domingo solo nos acerquemos a ellos para saludarlos. Sin embargo, la iglesia también está conformada por miembros que ya están en la etapa de adultos mayores, así que te animo a ser intencional para acercarte a ellos, saludarlos y preguntarles sobre su semana. Muchos quizá no viven con familiares creyentes y, por ello, la iglesia debe convertirse en el lugar donde se sientan más amados. Además, todos podemos reconocer que ellos, por su experiencia, siempre tienen un buen consejo para dar y una perspectiva más amplia de las aflicciones o etapas que tú estás experimentando, entonces escuchemos con paciencia y humildad. 
  1. Trátalos con paciencia: No te límites a saludarlos los domingos, también puedes formar una amistad con ellos. Al hacerlo, notarás que vas a crecer en ejercitar la paciencia que Dios ha puesto en ti a través de Su Espíritu. Recuerda que es muy probable que tengan dificultades para oírte o expresar sus ideas, pero eso no los hace menos sabios, al contrario, te lleva a parar un momento y aprender a escuchar con amor. 

Entiendo que el establecer una relación con adultos mayores a través del evangelio será un gozo para tu alma, así que te dejo 4 consejos para que disfrutes el proceso: 

  • Primero, escúchalos con atención, aunque sea la misma historia que te contaron el domingo anterior. Recuerda que siempre tendremos algo que aprender de ellos gracias a su enorme experiencia. Aunque se tomen un poco más de tiempo para expresarte lo que quieren decir, recuerda que ellos ya han vivido mucho de lo que tú estás viviendo. Ellos ya han dado varias veces los pasos que das, y quizá te doblan la edad. 
  • Segundo, háblales con paciencia, recuerda que esta conversación no se trata de ti, sino de como el Señor te usa para amar a otros. Nuevamente pueda que tengas que repetirles las cosas y hacerlo en voz alta. Esto no significa gritar, ni mostrar frustración, sino alzar el tono de tu voz lo suficiente para que puedan escucharte. No evidencies tu pecado, respira y recuerda el evangelio, recuerda cómo Dios te trata a ti. No los trates como niños, ellos son adultos y pueden reconocer nuestros gestos de impaciencia, y eso les afecta, aunque muchas veces lo dejen pasar porque entienden que eres joven. 
  • Tercero, acompáñalos con interés y paciencia. Hay adultos mayores que llegan solos a la iglesia. Ayúdalos a ubicarse en un buen lugar para escuchar la predicación, asigna a alguien para que se siente a su lado y les ayude a buscar los pasajes bíblicos, colabora cargando sus objetos personales y, si es necesario, ayúdalos a trasladarse. Sé amable con ellos y hazles saber que disfrutas de este servicio. 
  • Cuarto, atiende sus necesidades presentes y anticipa las futuras. Muchos de ellos tienen una Biblia con letra muy pequeña; en algunos casos, usan lentes que han tenido por varios años y que ya no satisfacen sus necesidades. A veces no saben utilizar las redes sociales o los códigos QR, y en otras ocasiones hay objetos en sus hogares que no pueden mover porque requieren la ayuda de alguien. La iglesia debe estar atenta y dispuesta a ayudar en esos momentos. Quiero animarte a mantener una mente activa con el pensamiento: «¿Mis hermanos mayores necesitarán ayuda con esto?» . 

Además, quiero animarte tanto a consolarlos como a darles oportunidades de servicio de la siguiente forma: 

  1. Consolar 

Si tuviste paciencia al escuchar la misma historia una y otra vez, o si con esfuerzo lograste entender a un adulto mayor, habrás notado que ellos atraviesan por muchas transiciones en su vida: jubilación, pérdida de cónyuge, muerte de amistades, pruebas con la familia, enfermedad, etc. Estos cambios, muchas veces, los pueden llevar al desánimo. Leí que cerca de 7 millones de personas mayores de 65 años experimentan períodos de depresión.1 Nuestro rol en esos momentos es darles consuelo al usar la Palabra de Dios, estar presentes y dar un abrazo afectuoso. 

Por 3 años consecutivos serví como voluntaria en un asilo y, si hay algo más urgente que ellos necesitaban, aparte de la Palabra de Dios, era recibir amor físico. Así que abraza sin temor y oren juntos por las luchas que ellos estén enfrentando. Mi esposo, una vez, visitó a un abuelito que se veía muy parco e intelectual; parecía no necesitar un abrazo, pero al despedirse lo abrazó suavemente. El abuelito dejó su libro a un lado, lo miró con sorpresa y le dijo: «Gracias, hijo». 

  1. Da oportunidad de servicio 

Los ancianos sienten, con frecuencia, que, como ya no gozan del vigor de la juventud, no pueden servir eficazmente al Señor. Pero Dios dice que su pueblo «aun en la vejez dará fruto» (Sal. 92:14). Haz que los adultos mayores de tu iglesia entiendan que su servicio al Señor no ha cesado y que hay maneras en que pueden seguir sirviendo a la iglesia. 

Aquí te comparto algunas ideas. Dales una lista de peticiones de oración para que intercedan cada mes, anímalos a discipular a creyentes más jóvenes, anímalos a participar de las reuniones. Te sorprenderás de toda la experiencia que tienen en cuanto a resolución de conflictos, finanzas, hospitalidad, buenos modales, cuidado matrimonial, etc. 

Además, muchos de ellos pueden ser los padres o abuelos que otros hermanos nunca tuvieron. Finalmente, agradéceles mucho por su servicio y perseverancia. Muchos de nosotros somos tentados a no congregarnos si nos duele algo o si nos sentimos cansados. Pero ellos son robles firmes que están, muchas veces, antes que todos en la iglesia y listos para servir. 

En conclusión, amar al adulto mayor de nuestra iglesia es mucho más que un acto de servicio: es un privilegio y una oportunidad para reflejar el corazón de Cristo. Estas personas, creyentes o no creyentes, son testigos vivos de la fidelidad de Dios a lo largo de las décadas que han vivido, portadores de historias que nos enseñan y ejemplos que nos inspiran. Cuando los honramos, los escuchamos y los acompañamos, no solo les damos un momento de alegría, sino que les recordamos que siguen siendo parte esencial del cuerpo de Cristo. 

Nosotros tenemos el mandato de caminar junto a ellos, sosteniéndolos y animándolos a seguir corriendo la carrera hasta el final. Y que, en ese trayecto, podamos decirles con nuestras acciones y palabras: «Te amamos, te necesitamos y agradecemos a Dios por ti». 

Recomendación para la lectora: 

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