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Nuestra dignidad y propósito según la Escritura

Por: Rosita Rizzo Villanueva 

¿A qué nos referimos cuando hablamos de «antropología bíblica»? 

Según el Holman Bible Dictionary [Diccionario Bíblico Illustrado Holman], la antropología bíblica es la doctrina que estudia «quienes somos como seres humanos ante Dios»1; nuestra dignidad, nuestro estado tras el pecado, nuestra comunidad y propósito. El New Dictionary of Theology [Nuevo Diccionario de Teología] lo describe como la interpretación teológica de la humanidad.2 En simple español, es la respuesta a ¿quiénes somos como seres humanos según lo que Dios revela en Su Palabra? 

Vivimos en tiempos en los que definir nuestro valor como personas, y específicamente como mujeres suele responderse con ideas que suenan bien. Pero estas ideas terminan dejando un hueco en nuestro interior. Se nos dice que nuestro valor depende de lo que logramos, de cuán lejos llegamos, o de cuántos nos aplauden, pero… ¿Y si todo eso no fuera cierto? ¿Y si hemos creído una mentira sobre lo que realmente somos? 

¿Quiénes somos? 

El simple hecho de ser mujeres nos permite ver un patrón que se repite desde Génesis 3, el día en que todo cambió. A lo largo de los años, en diferentes etapas de la vida: en la adolescencia, la juventud e incluso ya de ancianas, surge en nosotras una pregunta inevitable, ¿quién soy realmente? y muchas veces, nuestra respuesta la conectamos en lo que hemos logrado, puede ser un título, la profesión ideal, el matrimonio, la maternidad… y la lista continua. 

Pero cuando esos logros no llegan, o no resultan como esperábamos, es como si pisamos en tierra movediza. En medio de esa inseguridad, somos bombardeadas con consejos populares como: 

  • Debes «encontrarte a ti misma». Insinuando que la verdad sobre quién eres, esta escondida dentro de ti y necesitas descubrirla.  
  • Debes «reinventarte». La misma palabra suena absurda. Como si nosotras mismas nos inventamos, y ahora necesitamos una mejor versión de nuestro propio invento. 
  • Debes «ser auténtica, sin importar lo que digan los demás».  Y ahora te cuento más sobre la buscada «autenticidad». 

Hace algunos años, tuve una conversación con una hermana, ya adulta, que estaba atravesando un divorcio difícil. En medio de nuestra conversación, me dijo con firmeza, «así soy yo, y así siempre seré. Le guste a quien le guste». Ella confesaba ser creyente, pero con frecuencia, reaccionaba con dureza cuando alguien intentaba corregirla. Lo que ella llamaba «autenticidad» era, en realidad cinismo, una forma de negarse arrogantemente a la transformación que Dios quería hacer en ella. Y ahí entendí algo importante, la autenticidad, sin transformación, no siempre es virtud.  

Como creyentes estamos llamadas a vivir con integridad, a no fingir, ni ocultar, a ser honestas y vulnerables. Pero esa honestidad debe ir acompañada de humildad, especialmente cuando caminamos con otras mujeres piadosas en medio del dolor. La vulnerabilidad cristiana no nace del orgullo. Déjame desarrollar un poco la idea, tratar de permanecer igual, con los mismos hábitos y creencias sobre la vida es caminar bajo nuestro propio estándar y esa es una expresión clara del orgullo en nuestro corazón. Por el contrario, el reconocimiento de que Cristo nos ha hecho nuevas nos permite cuestionar eso que creemos que está bien a la luz de la verdad de las Escrituras. No se trata de justificarnos con un «así soy», sino de rendirnos a Aquel que nos ha hecho nuevas (2 Cor. 5:17). 

Si la respuesta al ¿quiénes somos? fuera simplemente «encontrarte a ti misma»«reinventarte», o «ser auténtica», entonces viviríamos sin esperanza, porque imagina la carga tan insoportable que deberíamos llevar, algo demasiado pesado para sostener cada día. Puedes sentirte libre de cuestionar lo que acabo de decirte y preguntarme ¿por qué? Y la respuesta más rápida que puedo darte es que todas las opciones anteriores ponen la responsabilidad sobre ti, y no hay ser humano en la tierra que haya logrado alcanzar por sí solo ese nivel de expectativas. 

Si hoy evalúas tu vida y concluyes que la carga más pesada que llevas es la decepción, frustración, desilusión de no haber logrado lo que anhelabas, entonces vale la pena preguntarse, ¿realmente me están ayudando estas «soluciones» que el mundo me enseña? La mujer redimida no teme al cambio porque sabe que parecerse más a Cristo, es siempre mejor que aferrarse a su antiguo yo. La verdadera autenticidad no dice, «así soy y punto»; dice «así soy, pero por la gracia de Dios, no seguiré igual». 

Al creer que debes definir tu propia identidad, tu propósito y tu valor sin ninguna referencia más allá de ti misma, es como decirle a una brújula descompuesta que te guíe en medio de la neblina. Al final te encontrarás caminando en círculos, esperando hallar fuera de Dios lo que solo tiene sentido en Él. Nosotras no somos nuestro propio punto de partida y tampoco dependemos de nosotras para el andar del día a día.  

Creadas a imagen de Dios 

Desde las primeras páginas de la Biblia, el Creador del universo nos dice algo que lo cambia todo: Fuimos creadas a Su imagen (Gén. 1:27). El hecho de que somos portadoras de Su imagen no significa que somos omnipresentes, omnipotentes, u omniscientes. Significa que reflejamos aspectos de Su carácter.  

A diferencia de los animales, fuimos creadas con la capacidad de razonar, de amar, de crear, de tomar decisiones, de relacionarnos, y de adorar. Lo que somos tiene una estrecha relación a quién Dios es, por ejemplo: tenemos dignidad porque nuestro Creador es Digno. Fíjate que el valor que tenemos no depende de nuestro estado civil, de nuestros logros académicos, de nuestras habilidades y capacidades adquiridas. La verdadera importancia de nuestro valor recae en que antes de alcanzar cualquiera de las cosas mencionadas, nosotras ya teníamos valor, simplemente por ser hechas a imagen de Dios. Recuerda, fuimos creadas por un Dios amoroso, con cuidado, con intención, y con propósito. Fuimos hechas a Su imagen. 

El diseño original de Dios 

Desde el principio, vemos en la creación un hermoso cuadro del plan divino de Dios para la humanidad. Fuimos creadas cuidadosa y amorosamente por el Señor; no como una idea espontánea de último momento, sino como una parte esencial de Su propósito eterno. Mira lo que dice Génesis 2, 

De la costilla que el Señor Dios había tomado del hombre, formó una mujer y la trajo al hombre.  Y el hombre dijo: «Esta es ahora hueso de mis huesos, y carne de mi carne. Ella será llamada mujer, porque del hombre fue tomada». Génesis 2:22-23, NBLA 

Por versículos como estos, creo que es importante leer la Palabra de Dios con atención, con entendimiento, y notar el orden en que Él fue creando todas las cosas. Dios creó primero al hombre y luego a la mujer. No fue un error ni un detalle menor. Él sabía que era esencial una ayuda idónea. Alguien que complementara y participara activamente en el cumplimiento de Su propósito en el mundo.  

El concepto de «ayuda idónea» no implica inferioridad, sino tener un rol distinto en la historia que el Señor ha escrito, un rol igualmente valioso, diseñado para complementar, no para competir. Aunque la cultura moderna nos dice que, para tener valor, debemos ser iguales en todo. La Escritura nos enseña algo mucho más profundo, apuntando a que el valor no depende de la función, sino de la imagen de Dios en cada ser humano.  

Así como el Padre, el Hijo y Espíritu Santo son iguales en esencia, pero distintos en función, Dios creó al hombre y a la mujer con el mismo valor, y a través de sus diferencias, reflejan Su imagen de una manera única. Estas diferencias no dependen de un estado civil. Cada mujer, casada o soltera, fue diseñada con intención, valor y refleja aspectos del carácter de Dios a través de su vida, en su comunidad, tanto en servicio, como en el crecimiento de su relación con Él.  

La Imagen dañada 

Y la serpiente dijo a la mujer: «Ciertamente no morirán. Pues Dios sabe que el día que de él coman, se les abrirán los ojos y ustedes serán como Dios, conociendo el bien y el mal».  Cuando la mujer vio que el árbol era bueno para comer, y que era agradable a los ojos, y que el árbol era deseable para alcanzar sabiduría, tomó de su fruto y comió. También dio a su marido que estaba con ella, y él comió»”. Génesis 3:4-6, NBLA 

Lo que leemos en Génesis 3 claramente nos muestra que, aunque seguimos siendo portadoras de Su imagen, esa imagen quedó quebrada, desfigurada, rota, o cualquier otro sinónimo que podamos pensar como efecto del pecado. Cuando el pecado entró al mundo, la imagen de Dios en nosotras fue distorsionada, y eso tiene un efecto en todo, ya sea en lo que pensamos, en lo que sentimos, en cómo nos vemos a nosotras mismas, en cómo tratamos a los demás, y en cómo respondemos a las circunstancias.  

Muchas mujeres hoy viven atrapadas en la apariencia, comparándose constantemente y cargando inseguridades que las conduce a la frustración y al desánimo, porque en realidad tienen miedo a algo específico. Muchas mujeres sienten que nunca podrán verse como «el mundo dice que deberían lucir», en algunos casos son catalogadas como demasiado flacas, demasiado gordas, muy bajas, muy altas… o por el color de su piel, de sus ojos o de su cabello y que afirma inseguridades en su interior porque tal vez no es lo que hubieran querido tener.  

El pecado nos desconectó de nuestra fuente original de identidad y del entendimiento de la misma, fuente que descansa en lo que Dios es y lo que Él dice que Su creación es desde el principio.  

Romanos 5:12 explica: 

…tal como el pecado entró en el mundo por medio de un hombre, y por medio del pecado la muerte, así también la muerte se extendió a todos los hombres, porque todos pecaron. 

Nuestra identidad y nuestro sentido de valor fueron infectados por el pecado. Por eso buscamos valor en los lugares equivocados. Pensamos que lo encontraremos al tener el físico ideal, en una historia de amor con el príncipe azul, en el éxito profesional, en la maternidad, o en la independencia. Pero nada de eso puede sostenernos porque todo lo que buscamos fuera de nuestra fuente original es pasajero e incapaz de satisfacer nuestra alma.  

La imagen restaurada en Cristo 

Pero cuando se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador, y Su amor hacia la humanidad, Él nos salvó, no por las obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino conforme a Su misericordia, por medio del lavamiento de la regeneración y la renovación por el Espíritu Santo. Tito 3:4-5, NBLA 

 Aquí entra la gloriosa esperanza del evangelio, Dios no nos dejó en la condición de nuestro pecado. Nos amó tanto que envió a Su Hijo, Jesucristo, para restaurar lo que el pecado había dañado y en Él, somos renovadas (Ef. 2:4-6). Esto significa que, por medio de Cristo, Dios está restaurando Su imagen en nosotras. Nos da un nuevo corazón, una nueva mente, una nueva identidad. Y también un nuevo propósito al vivir para reflejar Su gloria en todo lo que hacemos. 

Ya no necesitamos inventar quienes somos. Ya no estamos definidas por lo que hemos hecho ni por lo que otros han dicho de nosotras. Estamos definidas por lo que Cristo hizo por nosotras. Y eso nos da libertad. Podemos servir sin compararnos, podemos amar sin temor y podemos vivir con propósito.  

Ahora es importante recordar que Dios no solo nos salvó para que vayamos al cielo. Nos salvó para que vivamos con propósito aquí y ahora; para que extendamos Su reino dondequiera que estemos, al reflejar Su carácter piadoso, perdonador, misericordioso y compasivo.  

«Porque somos hechura Suya, creados en Cristo Jesús para hacer buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviéramos en ellas». Efesios 2:10, NBLA 

Conclusión 

Amada hermana, amiga, recuerda que no estas definida por tus logros, ni por tus fracasos, ni por lo que otros dicen de ti. Estas definida por tu Creador. Fuiste hecha a Su imagen. Y en Cristo, esa imagen ha sido restaurada para que vivas reflejando Su gloria. El mundo te dirá muchas cosas sobre quién eres o deberías de ser, pero solo la Palabra de Dios tiene la autoridad y el poder de mostrarte la verdad.   

Cree lo que Dios ya ha dicho acerca de Él y de ti. Descansa en que eres hechura suya y que Él envió a Su Único Hijo para redimir todo lo que el pecado causó en Su creación. ¡Tu plenitud, tu valor y tu verdadera identidad solo se encuentran en Cristo! 


1 Holman Bible Dictionary. Edited by Trent C. Butler. Nashville, TN: Holan Bible Publishers, 1991

2 New Dictionary of Theology. Edited by Sinclair B. Ferguson and David F. Wright. Downers Grove, IL: InterVarsity Press, 1988 


Recomendación para la lectora: 

Si deseas profundizar en este tema aquí hay varios recursos que te ayudarán a seguir explorando lo que significa ser una mujer a la luz de la Escritura y experimentar una verdadera esperanza y paz en Jesús.  

  • Engaño Cultural. Por: Jen Oshman 
  • Ser mujer: La confusión sobre la identidad femenina y cómo los cristianos deben responder. Por: Katie J. McCoy Ph.D 
  • Consagrada – Estudio bíblico: 30 días con las mujeres de la Biblia.

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