Skip to main content

Por Keila Ochoa Harris

Al principio me dijeron una semana; después 48 horas. Mi familia y yo, como misioneros, vivíamos en otro país cuando se desató la epidemia del covid-19. Mi esposo estaba delicado de salud y faltaban pocos meses para nuestro sabático. Nuestros líderes nos aconsejaron hacer todo lo posible por regresar a nuestro país antes de que se cancelaran todos los vuelos. Así lo hicimos, y dos días después de que pisamos la ciudad de México, cerraron todo.  

¿Pero qué implicaba esto? Dejar atrás una vida de cuatro años, empacar las pertenencias de una familia de cuatro personas y hacerlo sola debido a las cuarentenas y la salud de mi esposo.  

Si alguien me hubiera dicho que un día viviría esta escena, me habría visto derrumbada, en desconcierto y estrés excesivo. Y sí, hubo cansancio, lágrimas y tristeza, pero no hubo insomnio, ni desesperación, ni desaliento. ¿Por qué? Porque la paz de Dios guardó mi mente y mi corazón de manera sobrenatural.  

En esos días, solo un versículo rondaba en mi mente: «No temáis; estad firmes, y ved la salvación que Jehová hará hoy con vosotros… Jehová peleará por vosotros, y vosotros estaréis tranquilos» (Ex. 14:13-14). Y en mi corazón había una paz que solo puedo describir como divina. Pero no debería sorprenderme, pues esa es la promesa de Dios en Filipenses 4. ¿Qué dicen los versículos 6 y 7? Hacer un desglose pausado nos lleva al centro de esta paz indescriptible e incomprensible.  

Todo comienza con un mandato: «Por nada estéis afanosos» (v. 6). ¿Qué hace la preocupación? Sigue a la perfección el principio militar: divide y vencerás. Una mente fragmentada y un corazón partido son presa fácil de la desesperanza. Una mente preocupada suena así: «¿Y si esto…? Entonces aquello… Pero puede pasar… Aunque es imposible…». Un corazón dividido sufre de arritmia y, por lo tanto, no respira bien y pierde la calma. Por eso, la instrucción es clara: No te preocupes. ¿Habrá temas que se puedan excusar para sentir un poco de inquietud? ¡No! El texto bíblico dice «por nada». Es un absoluto. 

Luego viene una propuesta: «sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias» (v. 6). En mi caso, muchas personas oraban por nosotros: familia, iglesias y amigos. La alternativa a una mente dividida es una oración unida. Es ponernos de acuerdo para pedir y suplicar, pero siempre con una actitud de gratitud por las respuestas e incluso los silencios de Dios. 

Entonces sucede algo maravilloso: «Y la paz de Dios que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús» (v. 7). Detengámonos en dos palabras. Primero, pensemos en la paz de Dios, el shalom de Dios. La palabra hebrea nos habla de algo íntegro y completo, que no está roto. Nos remonta a las piedras que solo se tallaban, pero no se partían a la mitad o en pedazos para la construcción, sino que se usaban completas. También nos ilustra un rebaño donde ninguna oveja se perdió.  

La paz de Dios es el pegamento de la mente y del corazón. Hoy todavía me preocupo. En muchas ocasiones mi mente y mi corazón se fragmentan por detalles y situaciones menos trascendentales en comparación con aquella experiencia en plena pandemia. Y probablemente sucede porque hago lo contrario: no oro por nada y me preocupo por todo. Pero si anhelo una mente y un corazón en paz, debo orar por todo y no preocuparme por nada.  

Segundo, pensemos en el verbo «guardar». En este contexto, la palabra describe el trabajo de un guardia o de alguien que está vigilando. Es la persona que observa antes que los demás y está atenta al peligro. Como el guardia de una prisión, el sereno de un pueblo o el guardián de un castillo. ¿Cuál es su deber? No dejar entrar a los intrusos, dar la alarma cuando hay peligro y proteger. 

La paz —como decía aquel versículo que repetía mientras empacaba toda una vida en cuatro maletas— pelea por nosotros. Por eso podemos estar tranquilas. Si no has experimentado esta paz sobrenatural, quizá es porque no has obedecido la instrucción de no preocuparte por nada y orar por todo. Deja de temer. Él peleará por ti y Su paz hará guardia sobre tu mente y tu corazón. 

Leave a Reply

Hit enter to search or ESC to close