Por: Esther St. John
Recuerdo con cariño la respuesta que mis padres solían dar cuando alguien les preguntaba por qué habían tenido hijos con necesidades especiales. Ellos respondían con sencillez: «Dios confía hijos con necesidades especiales a familias especiales». No era una frase superficial ni improvisada. Fue una convicción que nació después de una larga temporada en la que intentaron dar explicaciones. Querían una respuesta que tuviera sentido, tanto para ellos como para quienes preguntaban.
En ese tiempo, mi padre era un pastor joven, sirviendo junto a su esposa mientras criaban con amor a dos hijos con necesidades especiales. Como cualquier padre, se hicieron muchas preguntas. Hubo momentos de incertidumbre, dolor y búsqueda de respuestas. Sin embargo, a través de ese proceso, llegaron a una convicción firme: todo estaba en las manos de un Dios soberano. Comprendieron que se les había dado el privilegio de cuidar y acompañar a dos seres humanos creados con profundo valor, dignidad y propósito eterno.
En nuestra familia, ellos nunca fueron vistos como una carga, un error o un castigo. Por el contrario, siempre fueron —y siguen siendo— un regalo de Dios, una bendición que transformó nuestras vidas. Como dice el Salmo 127:3: «He aquí, herencia de Jehová son los hijos; cosa de estima el fruto del vientre». Así como mis padres, muchos padres sienten la necesidad de explicar la condición de sus hijos. Pero más que explicaciones humanas, necesitan recordar las verdades bíblicas.
La Palabra de Dios nos enseña que cada persona es creada a Su imagen, que Dios es soberano sobre toda Su creación, y que cada vida tiene un propósito divino.
1. Dios los creó a Su imagen
El Génesis 1:27a nos dice: «Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó». Esta verdad establece el fundamento de la dignidad humana. El ser humano es la única parte de la creación hecha a la imagen de Dios. Esto significa que el valor de una persona no depende de su capacidad física, intelectual o funcional, sino de su Creador.
El Salmo 139:13-14a declara: «Porque tú formaste mis entrañas; tú me hiciste en el vientre de mi madre. Te alabaré; porque formidables, maravillosas son tus obras». Cada detalle de una persona con síndrome de Down es parte del diseño intencional de Dios. Nada es accidental. Su existencia refleja la creatividad, sabiduría y amor del Creador. Como enseña el Efesios 2:10a: «Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras».
Ellos son portadores de la imagen de Dios y poseen un valor eterno que nadie puede quitar.
2. Dios es soberano sobre Su creación
En Éxodo 4:11 dice: «¿Quién dio la boca al hombre? ¿o quién hizo al mudo y al sordo, al que ve y al ciego? ¿No soy yo Jehová?». Esta verdad trajo profunda paz al corazón de mis padres y al mío. Nos recordó que mis hermanos no fueron un accidente ni un error biológico. Fueron una creación intencional de Dios.
Isaías 46:9–10 afirma que Dios es soberano sobre todo, y Romanos 11:36 declara: «Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas». Dios determinó que mis hermanos formaran parte de nuestra familia. Nos confió sus vidas como mayordomos, dándonos el privilegio de amarlos y aprender de ellos. Su soberanía no elimina el dolor, pero le da propósito. Nos recuerda que Él sigue gobernando con sabiduría y amor, incluso cuando no entendemos completamente Sus caminos.
3. No son un castigo, sino personas creadas con un propósito
Cuando los discípulos le preguntaron a Jesús sobre un hombre que nació ciego, Él respondió en Juan 9:1–3: «No es que pecó este, ni sus padres, sino para que las obras de Dios se manifiesten en él». Esta verdad transformó nuestra perspectiva. Mis padres y yo fuimos testigos de la obra de Dios manifestada en la vida de mis hermanos. Mis hermanos sobrepasaron las expectativas de vida dada por los médicos. Ellos vivieron una vida normal, rodeados de amor. Dios mostró Su poder, Su gracia y Su fidelidad.
Mis hermanos nos enseñaron a apreciar las pequeñas cosas. Nos enseñaron a maravillarnos con la creación de Dios, como dice Salmo 19:1a: «Los cielos cuentan la gloria de Dios». Recuerdo a mi hermano salir por la noche para contemplar las estrellas. Recuerdo a mi hermana disfrutar del calor del sol desde la ventana. Ambos amaban la música y adoraban a Dios con sinceridad y pureza de corazón. Jesús mismo nos recuerda en Mateo 18:3 que debemos tener un corazón como el de un niño. Mis hermanos vivían con esa sencillez, confianza y amor.
En los momentos difíciles, ellos nos recordaban la importancia de acudir al Señor. Muchas veces oraron por nosotros, secaron nuestras lágrimas y nos ofrecieron consuelo. Aunque no siempre entendían nuestras circunstancias, entendían el poder del amor y la oración. Su amor reflejaba el amor de Dios, como dice 1 Juan 4:7: «Amémonos unos a otros; porque el amor es de Dios».
Una reflexión final:
Aunque mis hermanos ya no están con nosotros, su legado permanece. Dios los usó para hacernos más como Cristo. Nos enseñaron paciencia, gratitud, compasión y dependencia de Dios. Romanos 8:28 nos recuerda: «Sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien».
Si tienes un familiar con síndrome de Down, mi oración es que puedas verlo como Dios lo ve: una persona creada a Su imagen, formada intencionalmente y con un propósito eterno. Dios te ha dado el privilegio de ser mayordomo de una vida preciosa. A través de ellos, puedes ver la obra de Dios de maneras profundas y transformadoras. Porque al final, cada vida es un testimonio de esta verdad: las obras de Dios son formidables y maravillosas.
Recomendación para la lectora:
- Sufrir nunca es en vano – Por: Elisabeth Elliot – ISBN: 9781535983976
- Siervos para Su gloria – Por: Dr. Miguel Núñez – ISBN: 9781462779581
- Ética cristiana – Por: Dr. Miguel Núñez – ISBN: 9781087722689
Me ha encantado esta reflexion acerca de los niños especiales, tengo un nieto con síndrome de down y es realmente una bendición