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Por: Jenny Thompson de Logroño

El agua es una dádiva silenciosa que solemos dar por sentado. Abre nuestro día cuando abrimos el grifo, sostiene la vida de nuestras familias y permite que la creación florezca. Sin embargo, para millones de personas en el mundo, el acceso al agua sigue siendo una necesidad urgente y, en muchos casos, una cuestión de vida o muerte. A lo largo de la historia bíblica, también encontramos a mujeres cuyas vidas fueron marcadas por encuentros decisivos junto al agua. En esos lugares Dios se reveló como Aquel que ve, provee y sacia. 

El Día Mundial del Agua, que se conmemora cada 22 de marzo, nos invita a detenernos y reflexionar sobre este recurso indispensable. Para quienes creemos en el Dios de las Escrituras, esa reflexión va más allá de la conciencia social: nos lleva a contemplar al Creador, quien desde el principio separó las aguas, las llamó buenas y las estableció como medio para sustentar la vida (Gén. 1:2, 10). 

A lo largo de la Biblia, el agua aparece una y otra vez como escenario de la acción divina. No solo como parte de la creación, sino como lugar de encuentro entre Dios y personas reales, en momentos de necesidad profunda. De manera particular, vemos cómo Dios se acerca a mujeres cuyas historias están marcadas por la sed, la vulnerabilidad y la esperanza. 

Dos de esos encuentros —uno en el desierto y otro junto a un pozo— nos ayudarán a mirar el agua no solo como recurso creado, sino como señal que apunta a la misericordia de Dios y, finalmente, a Cristo mismo, la fuente de agua viva. 

  • Agar: la sed en el desierto y el Dios que ve (Gén. 21:14–19) 

Agar no está junto a un pozo por rutina diaria. Ella está en el desierto, expulsada, cargando a su hijo y contando los últimos sorbos de agua que le quedan. Cuando el agua se acaba, la vida parece acabarse también. El relato no espiritualiza su necesidad: Agar y su hijo están en peligro real de morir de sed. 

En ese lugar de extrema vulnerabilidad, Dios irrumpe con misericordia. El texto nos dice que «Dios le abrió los ojos, y vio un pozo de agua» (Gén. 21:19a). El pozo no aparece como un símbolo abstracto, sino como provisión concreta. Agua para vivir. Agua para continuar. Agua que preserva la vida que Dios mismo prometió cuidar. 

Este encuentro nos recuerda una verdad profunda: Dios ve a la mujer sedienta. Ve a la extranjera, a la rechazada, a la que ha sido dejada atrás. Y Su respuesta no es indiferente ni distante; es una respuesta que preserva la vida en el sentido más literal. 

En el contexto del Día Mundial del Agua, la historia de Agar resuena con fuerza. La escasez de agua sigue marcando la realidad de muchas mujeres hoy, especialmente en regiones donde caminar largas distancias para conseguirla es parte de la vida diaria. La Escritura no ignora esta realidad; al contrario, nos muestra a un Dios que actúa en medio de ella. 

Sin embargo, aunque el agua del pozo salvó la vida de Agar y su hijo, la Biblia nos enseña que existe una sed aún más profunda, una que no siempre se resuelve con un cántaro lleno. Dios se acerca tanto a la sed del cuerpo como a la del alma, y Su provisión es siempre fiel. 

  • La mujer samaritana: el agua que sacia para siempre (Juan 4:6–14) 

Siglos después del encuentro de Agar en el desierto, Jesús se sentó junto a otro lugar de agua: el pozo de Jacob. Allí no había una mujer al borde de la muerte física, sino una mujer marcada por una sed distinta, menos visible pero igualmente real. 

La samaritana llega al pozo como parte de su rutina diaria. Viene a buscar agua para sobrevivir, para continuar con su vida. El pozo representa trabajo, constancia y necesidad. Jesús no ignora esa realidad ni desprecia el agua que ella busca. Al contrario, comienza la conversación precisamente allí, en lo cotidiano, pidiéndole de beber. 

Pronto queda claro que Jesús está apuntando a algo más profundo. «Cualquiera que bebiere de esta agua, volverá a tener sed; mas el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás» (Juan 4:13–14). Jesús no niega la importancia del agua del pozo; revela su límite. Hay una sed que ningún recurso creado puede satisfacer de manera permanente. 

A diferencia de Agar, cuya necesidad era inmediata y física, la samaritana carga con una historia de relaciones rotas, vergüenza y búsqueda constante de significado. Su sed no se resuelve simplemente llenando el cántaro una vez más. Y Jesús, con gracia y verdad, se revela como la respuesta que ella no sabía cómo nombrar. 

En este encuentro vemos algo profundamente consolador: Cristo se presenta como el agua viva precisamente en un contexto de necesidad real. No aparta a la mujer de su realidad diaria, sino que la invita a ver en Él la fuente que puede transformar su vida desde lo más profundo. El resultado es evidente: la mujer deja su cántaro y corre a anunciar que ha encontrado al Mesías (Juan 4:28–29). 

Así como Dios abrió los ojos de Agar para ver un pozo que preservaría su vida, Jesús abre el corazón de la samaritana para conocer la fuente que da vida eterna. Ambas mujeres fueron vistas junto al agua; ambas recibieron provisión. Pero en Cristo, el agua deja de ser solo un medio para sobrevivir y se convierte en promesa de vida abundante y eterna. 

De la creación a la consumación: una invitación a beber 

La historia bíblica comienza con aguas que Dios ordena y declara buenas, y avanza mostrando cómo ese mismo Dios se acerca a mujeres reales en medio de su sed. Agar recibió agua para vivir en el desierto; la mujer samaritana encontró en Cristo el agua que no solo sostiene la vida, sino que la renueva para siempre desde lo más profundo del corazón. Ambas historias nos recuerdan que el Señor no es ajeno a la necesidad humana, ni física ni espiritual. 

En el Día Mundial del Agua, somos invitadas a mirar este recurso esencial con gratitud y responsabilidad, reconociendo que forma parte de la buena creación de Dios y que Su cuidado es una expresión de mayordomía fiel. El agua que hoy valoramos, protegemos y compartimos sustenta la vida que Dios ama. 

Pero la Escritura también nos lleva a mirar más allá del presente. En el último libro de la Biblia, vemos la consumación de la promesa: «Al que tenga sed, yo le daré gratuitamente de la fuente del agua de la vida» (Apoc. 21:6, NVI). Allí fluye un río de agua viva, claro como el cristal, que procede del trono de Dios y del Cordero (Apoc. 22:1). En ese día, la sed ya no existirá más. 

Hasta entonces, vivimos entre el pozo y la promesa. Bebemos del agua que Dios provee para sostener nuestra vida diaria, y al mismo tiempo acudimos a Cristo, la fuente eterna que sacia el alma. Que, al abrir el grifo, al cuidar este recurso precioso o al reflexionar sobre su valor, nuestro corazón sea llevado a recordar al Dios que ve, provee y ofrece vida eterna en Su Hijo. 

Hoy, como ayer, la invitación permanece abierta para cada una de nosotras: venir a las aguas… y beber. 


Recomendación para la lectora: 

  • Una fe lógica: Argumentos razonables para creer en Dios – Por: Timothy Keller – ISBN: 9781433644559 
  • La Oración: Experimentando asombro e intimidad con Dios – Por: Timothy Keller – ISBN: 9781433644573 
  • ¿Es razonable creer en Dios?: Convicción, en tiempos de escepticismo – Por: Timothy Keller – ISBN: 9781433644979 
  • El corazón de Jesús: Lo que Él realmente siente por ti.- Por: Dane C. Ortlund – ISBN: 9798384524885

2 Comments

  • Ana Diaz dice:

    Gracias a Dios por cada día mostrarnos su gracia y su cuidado para con nosotras. Este escrito me ha dejado pensando y reflexionando. El agua, fuente de vida no solo para los humanos, sino que la tierra misma, animales y vegetación sin ella se extinguen. Pero, ver el cuidado de Dios hacia nosotras y simbólicamente y de manera práctica poder entender el llamado de Cristo a que dejemos que El nos sacie y que no olvidemos en lo cotidiano no solo a ver el agua como recurso diario de nuestras vidas sino a entender que debemos saciarnos de Su agua espiritual que es El mismo y Su Palabra viva y eficaz. Sin esta agua viviremos en constante sed, deshidratándonos. Dios nos ayude en nuestra cotidianidad verle a Él, amar su agua de vida, aferrarnos a ella, para que no vivamos con sed, que no seamos tentadas a tomar la coca cola que nos ofrece el mundo (este bebida que muchos sustituyen por agua pero que les causa toda clase de problemas de salud). Que reconozcamos que solo en Cristo podemos ser saciadas. Que Dios siga bendiciendo a la escritora y usándola para su gloria.

  • Nohemi dice:

    Muchas gracias, hermana Jenny Thompson de Logroño, por este recordatorio tan significativo. Él es y siempre será nuestra eterna fuente de agua viva. Saludos desde Santo Domingo, República Dominicana 🇩🇴.

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