Odette Armaza Vda. de Carranza
Si te dieran la posibilidad de pedir un deseo, ¿cuál sería? Aunque no lo creas, la respuesta más común generalmente gira en torno al dinero, la fama y todo lo que entre en el concepto de lo que la gente entiende por buena vida. Pero si imaginamos que es posible pedir deseos y que se cumplan, probablemente nuestra respuesta estaría tentada a poder controlar los eventos de nuestras vidas. El control es un anhelo muy arraigado en el ser humano, porque lo incierto, lo inesperado trae consigo mucho temor. Una de las cosas que causan más ansiedad es saber que las circunstancias que tenemos que atravesar, los eventos que tenemos planificados posiblemente no resultarán como queremos. Aún los planes más simples que no se cumplen de acuerdo con nuestro cronograma traen desaliento. Por más que intentemos controlar nuestras vidas, la realidad es que nunca podremos hacerlo, estamos diseñados con limitaciones y necesidades que sólo pueden ser suplidas por Dios. Puedes ser diligente en el trabajo, pero Dios es quien provee, puedes ser responsable con tu salud, pero en las manos de Dios están los días que tendremos en esta tierra y ninguna de esas circunstancias son desconocidas para el Señor.
Por tanto, ¿hacia dónde va nuestra mirada en tiempos de incertidumbre ¿Dónde descansa nuestro corazón cuando nuestra mente no tiene respuestas para los momentos de dolor y angustia que estamos atravesando?
Corramos a la verdad de la Palabra de Dios que nos acerca a Él y nos muestra esa relación tan cercana y real que Él tiene con Sus hijos. La Palabra de Dios nos enseña que nuestro Señor sabe lo que necesitamos aun cuando no sepamos cómo pedirlo.
Lo incierto alimenta el sentimiento de que estamos parados en un terreno frágil e inseguro, pero el Señor dice, «No temas, porque yo estoy contigo, no te desalientes, porque Yo soy tu Dios. Te fortaleceré, ciertamente te ayudaré, sí, te sostendré con la diestra de Mi justicia […] Porque Yo soy el Señor tu Dios, que sostiene tu diestra, que te dice: No temas, Yo te ayudaré» (Isa. 41:10,13, NBLA).
El Señor sabe que nuestro caminar en esta tierra implica atravesar diferentes circunstancias que pueden ser valles, desiertos, montañas o tormentas, y lo que está pasando en esos momentos va más allá de lo que nuestros ojos naturales pueden percibir. Lo más hermoso es que Dios mismo está caminando con sus hijos (Mat. 28:20) y su propósito se está cumpliendo, tal como lo exclama el salmista, «El Señor cumplirá su propósito en mí, eterna oh, Señor, es tu misericordia, no abandones las obras de tus manos» (Sal. 138:8, NBLA).
Mi oración es que nuestros corazones puedan percibir:
Su soberanía en la orquestación de las circunstancias que atravesamos. Nuestro entendimiento tan limitado no puede albergar la profundidad de la verdad que el Señor hace todo cuanto quiere tanto en el cielo como en la tierra (Sal. 135:6). Ninguna de las circunstancias grandes o pequeñas escapan a Su control.
Su bondad al proveernos consuelo a través de Su Palabra y de la presencia del Espíritu Santo en nosotros. En los salmos encontramos esas verdades que necesitamos para ser consolados en los momentos de angustia y de dolor. «Cercano está el Señor a los quebrantados de corazón y salva a los abatidos de espíritu» (Sal. 34:18, NBLA). Él consuela, fortalece, enjuga toda lágrima, cambia nuestro lamento y trae esperanza, no sólo para esta vida presente donde la presencia del Señor está con aquellos que vienen ante Él en busca de refugio y consolación, sino para una eternidad prometida en la que «Dios mismo enjugará toda lágrima de sus ojos, y ya no habrá muerte, ni más duelo, ni clamor ni dolor, porque las primeras cosas han pasado» (Apoc. 21:4, NBLA).
Su presencia, porque Dios siendo tan grande y poderoso inclina Su oído a las oraciones de sus hijos que tienen corazones y mentes imperfectos y se acerca a ellos. «Escucha oh, Señor, mi oración y atiende a la voz de mis súplicas. En el día de la angustia de invocaré porque tú me responderás» (Sal. 86:6-7, NBLA). Podemos aprender de la confianza del salmista cuando eleva sus oraciones en los momentos de mayor angustia y necesidad reconociendo que Dios no quedará sin responder.
No podemos controlar las circunstancias que vendrán a nuestras vidas en muchos casos trayendo grandes cambios a través del dolor y la pérdida, pero podemos decidir creer que «Bueno es el Señor, una fortaleza en el día de la angustia y conoce a los que en Él se refugian» (Nah. 1:7, NBLA) y descansar en esa verdad.
Odette es creyente desde hace 35 años y sirve como diaconisa en la Iglesia Bautista Internacional, donde forma parte del comité coordinador del ministerio de mujeres Ezer en el área de organización de grupos pequeños de estudio y oración. Es madre de tres hijos: Nahir, Michelle y David.