Por: Yeimy de Robainas
En un mundo donde la inseguridad y las relaciones rotas han crecido a cifras considerables, las personas viven con temor y cada vez más encerradas en sus propias realidades buscando autoprotección y comodidad. Y una de las maneras en las que se evidencia es al evitar abrir nuestros hogares y salir de nuestros espacios de comodidad. Como creyentes también luchamos con esta realidad. Sin embargo, existe un deber descuidado, que nos llama a mortificar nuestro egoísmo y a salir de nosotras mismas; para amar y servir al Señor y a otros con nuestras vidas. Se trata de la hospitalidad. En la Palabra de Dios hay abundante evidencia de que la hospitalidad es central en la vida cristiana. Es por eso que, a la luz de la Escritura, te invito a ver qué significa la hospitalidad bíblicamente.
La palabra hospitalidad viene de dos palabras griegas «´amor» y «extranjero o forastero»´. Según el diccionario significa: «dar una bienvenida amistosa o un trato caluroso o generoso a invitados o extranjeros». «El acto de recibir y atender a extraños o a invitados sin ninguna recompensa y hacerlo con una generosa bondad y liberalidad».1 En el Antiguo Testamento, la hospitalidad no era un evento aislado, sino una forma de vida y un deber sagrado. Era lo que se debía hacer; aquello que era esperado por la cultura, y existían incluso diferentes prácticas habituales para llevarlo a cabo.
Características y ejemplos bíblicos de la hospitalidad
Cuando revisamos este tema desde un punto de vista bíblico, encontramos varias características que distinguen la hospitalidad. Te comparto algunas de ellas: la hospitalidad es un mandato bíblico (Rom. 12:13; 1 Ped. 4:9), es un requisito de los líderes de la iglesia (1 Tim. 3:2; Tito 1:8) y es evidencia de un carácter maduro (1 Tim. 5:10). La hospitalidad ofrece oportunidades eficaces para alcanzar a los perdidos, como parte de la gran comisión (Mat. 28:19) y fortalece la comunión entre los creyentes en el cuerpo de Cristo (Sal. 133:1). La hospitalidad debe ofrecerse con una correcta actitud, sin murmuraciones (1 Ped. 4:9). La hospitalidad tiene recompensas bíblicas (Luc. 14:14; Rom. 12:20).
En la Escritura hay muchos ejemplos de personas hospitalarias. En especial, te invito a revisar los hermosos ejemplos de mujeres que mostraron hospitalidad y lo que aprendes de ellos. En el Nuevo Testamento, encontramos que la vida de la iglesia primitiva se caracterizó por la hospitalidad. Fue esencial para reunirse, para suplir sus carencias en los momentos de persecución y dar hogar a los predicadores itinerantes (Gén. 24:15-21; 1 Rey. 17:8-24; 2 Rey. 4:8-37; Luc. 10:38-39; Hech. 16:14-15).
Jesús: el modelo perfecto de hospitalidad (Juan. 14:1-4).
Nuestro Señor Jesucristo es la encarnación y representación perfecta de la hospitalidad. A pesar de no tener donde recostar su cabeza (Mat. 8:20; Luc. 9:58); Su propia vida, Su tiempo, gracia, amor y poder vivos; fueron refugio y hogar para todos los que amó y sirvió. Él estuvo presente y cercano a las personas. Les abrió Su corazón y les reveló la voluntad del Padre. Los trató como amigos (Juan 15:15; 17:26). Los recibió, cuidó, enseñó, alimentó y cenó junto a ellos (Mat. 9:10-11; 26:6-7; 18-21; 26-29). Sanó a muchos y salvó a quienes creyeron en Él.
Además de modelar la hospitalidad con Su vida, Jesús instruyó y encargó que las vidas de Sus discípulos, fueran testimonios de hospitalidad pues cualquier cosa que hicieran por otros, también la harían por Él (Mat. 25:31-46). La hospitalidad no es solamente hacia nuestros hermanos, a quienes nos es fácil amar o a quienes puedan devolvernos la atención recibida. La verdadera hospitalidad bíblica es hacia malos y buenos, hacia justos e injustos y hacia los pobres que no nos pueden recompensar. Así reflejamos la perfección de nuestro Padre con todos (Mat. 5:43-48; 25:31-46; Luc. 14:12-14).
Es imposible pensar en la hospitalidad y no pensar en Jesús. Él es quien ha ido a preparar muchas moradas en la casa del Padre, para recibirnos en el hogar celestial. Nos ha dado un lugar a Su mesa como hijos escogidos y amados. Jesús sacia nuestras almas. Nos alimenta con el agua y el pan de vida, que satisfacen nuestra sed y hambre más profundos, la del alma (Juan 6:35). Él es el mejor Anfitrión que nos ofrece Su hogar y la mejor atención. Él es la provisión perfecta, Quien vivió, murió y resucitó en nuestro lugar. Cuando hablamos de una vida y un corazón de hospitalidad, Cristo no tiene comparación. Él es quien nos sustenta, nos da consuelo y descanso. Se hizo un siervo y dejó Su trono y Su gloria por nosotros, quienes estábamos sin Cristo, sin esperanza y sin Dios en el mundo (Ef. 2:12). Nos ha dado de Sus riquezas en gloria, nos ha hecho parte de Su Reino y nos ha sentado en los lugares celestiales (Ef. 1:3, 18; 2:6; 1 Ped. 2:9). Nos ha dado vista y nos cubre con Sus vestiduras de pureza, luz y justicia (Apoc. 3:5). Nadie se ha preocupado más por nuestras necesidades que nuestro Señor y Salvador. (Fil. 2:5-8; 2 Cor. 8:9)
Exhibir Su carácter es ser hospitalarias como Él lo es. La hospitalidad es una marca distintiva de un siervo del Reino, alguien que busca los intereses de su Rey y Maestro manso y humilde. Él tiene compasión de los perdidos, los necesitados, los débiles, de los pobres y hambrientos, de los descarriados y los enfermos. Hospitalidad es evangelio. Hospitalidad es Jesús.
Los retos y bendiciones de la hospitalidad
Confieso que no siempre he recibido gozosamente este deber. La hospitalidad es difícil porque es profundamente sacrificial. Requiere esfuerzo, tiempo, entrega, recursos, humildad y amor. Pero cuando, por la gracia del Señor, he obedecido en practicar la hospitalidad; testifico del gozo que representa para mi propia alma. Y es que lo que hacemos por otros es recibido por el Señor como si lo hiciéramos a Él mismo (Mat. 25:40). Cuando reímos o lloramos con otros, Él se agrada de nuestra compasión. Cuando consolamos, Él nos consuela. Cuando alimentamos, Él nos alimenta.
Nada mejor que el deleite de recibir personas, agotadas y agobiadas por el calor del sol o la fatiga del espíritu, y verlas marchar de casa felices y renovadas; con algo en el estómago, un vaso de agua o una palabra que reconforte el corazón para ayudarles a llevar sus cargas. ¡Que privilegio ser un reflejo del rostro y las manos del Señor para otros que lo necesitan! ¡Y qué privilegio recibir en nuestras casas a Dios mismo a través de otros! Solo esto cambia nuestra actitud de protesta a una de contentamiento, gratitud y alabanza. Entendemos que la hospitalidad no es una obligación pesada ni dolorosa. Es la oportunidad de ser parte, de la obra de redención y restauración de Dios, en un mundo quebrantado y vacío; que necesita ser lleno de Su amor y misericordia. La Escritura dice que algunos, incluso, hospedaron ángeles sin saberlo (Heb. 13:2). Como dijo John McArthur: «Uno nunca sabe cuán lejos puede llegar un acto de bondad».2
Conclusión y exhortación final
Amadas hermanas, mi deseo y oración por todas, es que el Señor nos permita abrir no solo nuestros hogares, sino nuestros corazones con alegría y disposición para la hospitalidad. Que nos llene del amor y de la gracia de Cristo para derramarlo sobre otros, comenzando por nuestra familia e iglesia. Quiera el Señor librarnos de nuestro temor, egoísmo y comodidad. Que nos permita ser intencionales no solo en ver oportunidades, sino en crearlas; en ser hacedoras, empezando de formas sencillas, pero significativas. No nos comparemos con otras, ni busquemos decoraciones «modo Instagram» o comidas sofisticadas. Seamos fieles con lo que tenemos ahora. El Señor se encargará del resto y proveerá lo necesario (2 Cor. 9:6-13). Recuerda que las más bienaventuradas seremos nosotras. Es mejor dar que recibir (Hech. 20:35).
Recomendación para la lectora:
- Las mujeres que caminaron con Jesús: Cómo las primeras discípulas nos ayudan a conocer y amar al Señor. Por: Rebecca McLaughlin
- El corazón de Jesús: Lo que Él realmente siente por ti. Por: Dane C. Ortlund