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Por: Jenny Thompson de Logroño 

Cada 20 de noviembre (aunque cada país lo celebra en diferentes fechas), muchos países conmemoran el Día Universal del Niño. Esta fecha fue proclamada por la Asamblea General de las Naciones Unidas con la finalidad de promover el bienestar de los niños en todo el mundo y recordar la importancia de proteger sus derechos. La elección de esta fecha responde a dos hechos clave que ocurrieron con 30 años de diferencia: 

  • En 1959, la ONU adoptó la Declaración de los Derechos del Niño. 
  • En 1989, se aprobó la Convención sobre los Derechos del Niño, el tratado internacional más ampliamente ratificado en la historia.1 

Esta celebración tiene como fin principal recordar que todos los niños, sin distinción, tienen derecho a la salud, a la educación, a la protección, al juego, y a crecer en un entorno seguro y amoroso. También busca sensibilizar a la sociedad sobre la necesidad de invertir en la infancia y promover acciones que garanticen su desarrollo integral. 

Sin embargo, el Día Universal del Niño representa también una oportunidad estratégica para reflexionar —como hijas de Dios— y actuar conforme a los principios de Su Palabra respecto a la niñez. Lejos de seguir las corrientes del mundo, que exponen a los niños a ideologías destructivas, la Biblia nos llama a verlos como herencia del Señor (Sal. 127:3), un regalo valioso que Él nos confía y como discípulos en formación (2 Tim. 3:15), con corazones en necesidad de ser instruidos con la verdad del evangelio. Por eso, hoy más que nunca, el pueblo de Dios debe levantarse con convicción y ternura para guiar a los niños hacia el conocimiento de Cristo. Ante esta realidad como mujeres cristianas, podemos preguntarnos:  

  1. ¿Cómo debemos responder a esta celebración desde una perspectiva bíblica? 
  1. ¿Cuál es nuestra responsabilidad como madres, tías, maestras, mentoras o miembros del cuerpo de Cristo?  

Te invito a redescubrir nuestro llamado —sí, el tuyo y el mío— en la formación espiritual y protección de la niñez, conforme a la Palabra de Dios. 

Fundamentos bíblicos sobre la niñez 

1. Los niños poseen dignidad como portadores de la imagen de Dios 

Desde la creación, Dios ha otorgado valor a cada ser humano, incluidos los niños. Como creados a Su imagen (Gén. 1:27), poseen una dignidad intrínseca que debe ser afirmada y respetada. Su vida es preciosa ante los ojos del Señor, no por lo que hacen, sino por Quién los hizo. 

2. La niñez es terreno fértil para el evangelio 

Pablo recuerda a Timoteo que «desde la niñez has sabido las Sagradas Escrituras» (2 Tim. 3:15). No es casual que muchos testimonios de fe comiencen en la infancia. Según estudios contemporáneos, la mayoría de creyentes profesaron su fe antes de los 18 años. La niñez es el momento ideal para empezar a sembrar la verdad del evangelio con fidelidad. 

3. La responsabilidad primaria recae en los padres 

Deuteronomio 6:6–7 deja claro que los padres son los principales responsables de enseñar la verdad de Dios a sus hijos. Como mujeres cristianas, somos llamadas a vivir y transmitir la fe tanto con palabras como con el ejemplo. Hemos escuchado que «una madre piadosa es un sermón andante en el hogar»; y si no somos madres, aún tenemos un papel dentro de la comunidad de fe: discipular, apoyar, cuidar y orar. 

4. Instruir no es opcional, es un mandato 

Proverbios 22:6 nos exhorta a «instruir al niño en su camino». Ese «camino» no es el que el niño elija, sino el que Dios ha trazado: el camino de la sabiduría, el temor del Señor, la obediencia y la fe. Debemos recordar que los niños no necesitan solo historias bíblicas «divertidas», sino necesitan conocer a Dios y Su carácter. La teología no es exclusiva de los adultos. Nuestros niños necesitan doctrinas robustas, explicadas con claridad y verdad. 

¿Qué podemos hacer? 

  1. Reconocer que los niños son creación de Dios, hechos a Su imagen. «He aquí, herencia de Jehová son los hijos; cosa de estima el fruto del vientre» (Sal. 127:3). 

Desde una cosmovisión bíblica, los niños no son propiedad del Estado, de la cultura ni siquiera exclusivamente de los padres: pertenecen al Señor. Celebrar su vida es honrar la sabiduría y soberanía del Creador. 

  1. Guiarlos con fidelidad: Instrucción y protección espiritual. «Críenlos en la disciplina e instrucción del Señor» (Ef. 6:4). La crianza bíblica no solo transmite doctrina; también guarda el corazón del niño de los engaños del mundo. Debemos formar sus mentes y proteger sus almas, evitando que sean moldeados por ideologías contrarias a la verdad. El peligro que corren nuestros hijos es que, si nosotros no los evangelizamos o discipulamos, el mundo en que viven, las personas, las circunstancias y otros influenciarán su vida y los discipularán. 
  1. Reconocer su necesidad de salvación. «En pecado me concibió mi madre» (Sal. 51:5). A diferencia de la visión secular que presenta al niño como inherentemente bueno, la Biblia enseña que todos nacemos con una naturaleza pecaminosa. En nuestra vida diaria, debemos encontrar oportunidades para orar por su conversión, instruirlos en el evangelio y modelarles una fe viva. 
  1. Mostrarles el amor de Cristo, en palabra y obra. Jesús modeló cómo acercarse a los niños con ternura, dignidad y verdad. En los Evangelios lo vemos abrazarlos, bendecirlos y colocarlos como ejemplo de fe. Esto implica una vida cristiana coherente, donde los niños puedan ver a Cristo reflejado en padres, maestros y líderes. 
  1. Fomentar una cultura de honra a Dios desde la infancia. Al leer 2 Timoteo 3:15, podemos inferir que los niños pueden conocer y amar la Palabra. No basta enseñar historias sueltas: debemos darles una comprensión bíblica profunda y centrada en Cristo. 
  1. Orar por un avivamiento generacional. «Derramaré mi Espíritu sobre tu generación…» (Isa. 44:3). Como adultos que conocemos a Dios y Su poder, debemos elevar un clamor para que se levante una generación que tema, conozca y sirva al Señor. Que no sean solo niños protegidos, sino también niños enviados, formados como discípulos para Su gloria. 

Vivimos en días en que la niñez está bajo ataque: ideologías de género, entretenimiento vacío, relativismo moral, sexualización temprana. El Día del Niño puede celebrarse con globos y juguetes, pero nosotras debemos recordar que el verdadero bien del niño no está en su felicidad temporal, sino en su destino eterno. Celebrar este día, como mujeres cristianas, no se trata solo de compartir frases bonitas. Es recordar que los niños son almas eternas a quienes se debe mostrar a Cristo. Es orar por su salvación, instruirlos con fidelidad, protegerlos del engaño del mundo y reflejar el amor de Dios en cada encuentro.  

Y si tú no tienes hijos, no pienses que estás al margen de este llamado. Como parte del cuerpo de Cristo, puedes tener un impacto eterno en la vida de un niño. Es mi oración que al conocer mejor la visión de Dios para los niños, esto te motive a orar, servir, enseñar y cuidar a los más pequeños, sabiendo que, en el reino de Dios, los grandes se parecen a ellos (Mat. 18:4). 

Recomendación para la lectora: 

  • RVR1960 Centrada en Cristo, edición matizada, acuarela símil piel 
  • Manso y humilde: El corazón de Cristo para los pecadores y heridos. Por: Dane C. Ortlund 
  • Nuestro Dios: Aprende las figuras geométricas. Por: Danielle Hitchen 
  • Creación. Por: Devon Provencher 
  • La iglesia. Por: Devon Provencher 
  • El Espíritu Santo. Por: Devon Provencher 
  • Evangelio. Por: Devon Provencher 
  • Dios. Por: Devon Provencher  
  • Dios. Por: Devon Provencher  
  • La más extraordinaria historia jamás contada. Por: Sugel Michelén 

1 Humanium. “Declaración de los Derechos del Niño, 1959”. Acceso: Agosto 2025. Enlace: https://www.humanium.org/es/declaracion-1959/ 


Jenny Thompson de Logroño: Casada con el pastor Reynaldo Logroño y madre de Celso, Sebastián y Reynaldo. Licenciada en Administración de Empresas con experiencia en el sector escolar. Miembro de la Iglesia Bautista Internacional desde al año 2007, diaconisa y directora del Ministerio de Escuela Bíblica Dominical y además es parte del cuerpo de consejeros y del equipo del Ministerio de mujeres Ezer. 

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