Una reflexión bíblica de la salud en un mundo caído.
Por: Lourdes Llorens
Cuando meditamos en la salud, específicamente en la enfermedad y la muerte, nos damos cuenta de que son realidades difíciles de procesar para el ser humano. Vivimos en un mundo donde las enfermedades, tanto agudas como crónicas, parecen cada vez más frecuentes y menos curables, a pesar de los avances médicos de estos tiempos. Aun cuando tomamos medicamentos, completamos los tratamientos indicados, cuidamos la dieta, hacemos ejercicio, y comemos saludable, existe la realidad de que la enfermedad siempre nos alcanza. Y, más que eso, llegará el día en que todos enfrentaremos la muerte.
Para entender la razón de estas realidades necesitamos mirar cómo inició la humanidad en el huerto del Edén según lo describe Génesis 2:4-17. El hombre había sido creado y puesto en el huerto por Dios mismo (v. 8). Dentro del huerto se enfatiza la descripción de dos árboles que Dios hizo brotar: el árbol de la vida y el árbol del conocimiento del bien y del mal (v. 9). Dios permitió al hombre comer de todos, excepto del árbol del conocimiento del bien y del mal, pues el día que lo hiciera moriría (v. 17). En Génesis 3 encontramos los detalles que nos ayudan a entender cómo entró la muerte al mundo creado por Dios. Tal como se lee en Génesis 1 y 2, el hombre y la mujer creados por Dios vivían en una perfecta armonía con su Creador y entre ellos. No había enfermedad, ni dolor, ni la presencia de la muerte. Pero al pecar, todo cambió. El pecado trajo consecuencias tanto para la serpiente, como para el hombre y la mujer, y para la creación misma (v. 14-19).
Si bien Adán y Eva no enfrentaron la muerte física instantánea, sí enfrentaron una inmediata separación de Dios. Esa perfecta armonía existente se perdió y tanto el hombre como la mujer, fueron echados del huerto (v. 23). La muerte entonces pasó a los seres humanos como consecuencia de la caída y se extendió a todos los hombres porque todos hemos pecado (Rom. 5:12-14). En las primeras genealogías vemos que los hombres vivían muchos años, pero con el paso del tiempo la vida humana se ha ido acortando como consecuencia del pecado de Adán y Eva. En Génesis 6:3, Dios declaró que el hombre sólo viviría hasta 120 años. También en el Salmo 90:10, el salmista habla de un promedio de la vida humana alrededor de los setenta años y los más fuertes hasta ochenta años.
Pero aún en medio de esta realidad, Dios dio esperanza. En Génesis 3:15, Dios muestra Su gracia al declarar la promesa de redención. Dios habla de cómo el descendiente de la mujer aplastaría a la serpiente. Y vemos destellos de esta promesa a través de todo el Antiguo Testamento hasta que se cumple en el Nuevo Testamento. Cristo cumple la promesa, Él es el descendiente de la mujer que vencería a la serpiente. Y la venció cuando murió en la cruz y resucitó. El libro de Génesis sigue la línea de esa simiente, mostrando cómo Dios preserva fielmente a Su pueblo a través de sucesivas generaciones y peligros, hasta llegar a Jacob y sus hijos. Judá es especialmente bendecido por Jacob, ya que de su linaje vendría Cristo. En los evangelios de Mateo y Lucas se trazan las genealogías de Cristo. Mateo empieza desde Abraham, y Lucas describe el mismo Adán como hijo de Dios (Mat. 1:1-17; Luc. 3:23-38). Cuando Cristo vino al mundo, engendrado por María por obra del Espíritu Santo, Dios cumplió Su promesa: el descendiente de la mujer aplastaría la cabeza de la serpiente. Vemos que lo que no pudo lograr Adán, Cristo lo hizo en completa obediencia (Rom. 5:14).
El profeta Isaías habla acerca de este descendiente (Isa. 53) y nos muestra una esperanza incluso frente a la muerte. Una esperanza que vendría a través de la muerte misma. Pero en esta ocasión a través de la muerte de un inocente (v. 9) que no conoció pecado, pero que cargó con todo nuestro pecado y a través de Su muerte intercedió por los transgresores (v. 12). Isaías lo describe como despreciado, desechado y experimentado en quebranto (v. 3). Él llevó nuestras enfermedades y sufrió nuestros dolores y por ellas fue molido, y por sus heridas nosotros fuimos sanados (v. 4, 5). El «varón de dolores» que describió Isaías apuntaba a Cristo y a Su sacrificio en la cruz. Cuando Cristo vino al mundo, Dios cumplió Su promesa. Por medio de Él, tenemos vida eterna.
A pesar de que hoy en día como cristianas seguimos enfrentando dolor, enfermedad y muerte física, llegará ese día glorioso en que iremos a Su presencia y todo esto terminará. Nunca más tendremos que sufrir porque seremos una nueva creación. Pablo lo describe como un misterio: «Pero cuando esto corruptible se haya vestido de incorrupción, y esto mortal se haya vestido de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: Devorada ha sido la muerte en victoria. ¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde oh sepulcro, tu aguijón?» (1 Cor. 15:54-55, NBLA).
En la vieja creación el pecado destruyó todo, pero en la nueva creación el pecado no tendrá más presencia. Y si para entender cómo comenzó todo fuimos al primer libro de la Biblia, para vivir esperanzadas de lo por venir debemos ir al último libro, Apocalipsis. Satanás será finalmente derrotado y echado al lago de fuego y azufre (Apoc. 20:10), y los creyentes viviremos por siempre con Dios. Y ya no habrá más muerte, ni dolor, ni enfermedad, ni sufrimiento (Apoc. 21:4). Ya no habrá más maldición y será un regreso al jardín, donde tendremos el árbol de la vida y moraremos eternamente con Dios (Apoc. 22:1-5).
Tal vez la enfermedad, la muerte y el sufrimiento son una realidad en tu vida, en la vida de un familiar, o en la vida de un conocido o hermano de la iglesia. Necesitamos entender que todas estas cosas son temporales y debemos vivir a la espera del cumplimiento de la promesa del Señor, un cielo nuevo y una nueva tierra, sin presencia de pecado ni de la muerte. Donde la muerte que nos alcanza es únicamente el fin del sufrimiento, la batalla con el pecado y la oportunidad de ver a nuestro Redentor cara a cara. Así que mientras esperamos el regreso de Cristo, nuestras vidas en el presente deben estar moldeadas a la luz de lo que está por venir.
Recomendación para la lectora:
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