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Por: Wendy Bello 

Recuerdo perfectamente la sensación de no pertenecer. El recordatorio constante de que eres un extranjero. Llevábamos apenas un par de semanas en el país al que habíamos emigrado cuando visitamos una oficina que supuestamente ofrecía ayuda y oportunidades de trabajo para inmigrantes. La persona del otro lado del escritorio nos preguntó: «¿Tienen experiencia de trabajo en Canadá?». La pregunta me pareció completamente absurda. ¿Cómo íbamos a tener experiencia de trabajo allí si recién llegábamos al país? Lo interesante era que habíamos llegado amparados por un programa para profesionales, pero eso de nada importaba a la hora de obtener un empleo. Lo único que realmente importaba era si teníamos experiencia laboral en el país o no. Era la proverbial trampa 22,1 de la que nunca puedes salir… o al menos eso nos parecía.  

Por eso me identifico tanto con Rut. El autor del libro que lleva su nombre nos cuenta de una mañana en la que ella salió con la esperanza de hallar favor ante alguien para poder trabajar, ni siquiera como empleada, sino recogiendo lo que quedaba en los campos. Era una extranjera sin derechos. Una y otra vez la gente se refería a ella como «la moabita», como para que no olvidara que no pertenecía, que estaba en territorio ajeno.  

Dios había provisto en Su ley para casos como el de Rut:  

«Cuando siegues la cosecha de tu tierra, no segarás hasta los últimos rincones de tu campo, ni espigarás el sobrante de tu cosecha. Tampoco rebuscarás tu viña, ni recogerás el fruto caído de tu viña; lo dejarás para el pobre y para el extranjero. Yo soy el Señor su Dios» (Lev. 19:9-10, NBLA). 

Sin embargo, cuando Booz autoriza a Rut para que trabaje en su campo y le dice que siga a sus criadas y trabaje junto a ellas, le está dando a Rut la libertad de hacer ese trabajo y así recolectar mucho más que simplemente aquello que caería de manos de los segadores.  

Y no solo esto, aunque Rut no era empleada de Booz, él le da acceso a los beneficios que solo disfrutaban los empleados: tomar agua como cualquier otro. Este acto pudiera parecer insignificante a nuestros ojos, pero tiene connotaciones grandes en el contexto de ese tiempo porque la costumbre en estos lugares era que los extranjeros sacaran agua para que los israelitas bebieran (Deut. 29:11; Jos. 9:21, 27). ¡Aquí el rol se ha invertido! Rut, la extranjera, bebería agua fresca con toda libertad. Rut había salido esperando un poco de compasión, pero estaba muy lejos de imaginar que recibiría tanta bondad.   

Nuestro tiempo en Canadá fue breve. Dios usó a varios «Booz» para extendernos Su bondad como lo hizo con Rut. Su iglesia allí también ocupó un lugar importante. Los comienzos nunca son fáciles para el que emigra, pero al mirar atrás puedo ver la mano de Dios sobre nosotros, extranjeros en medio de un mundo desconocido y muy diferente al que habíamos dejado atrás.  

Es posible que nunca hayas vivido en tierra ajena y no conozcas la sensación de falta de pertenencia. Sin embargo, la Escritura nos enseña que todos hemos pecado, nos hemos desviado; todos somos extranjeros para Dios, no tenemos derecho de pertenecer a Su pueblo. Para formar parte de Su familia existe una sola manera y es a través de Cristo. No deja de asombrarme que Cristo tuviese que hacerse humano cuando viniera, como tú y yo. Nacería de una mujer como nosotras y en Su árbol genealógico familiar figura una mujer extranjera llamada Rut. Sí, la misma mujer de nuestra historia, la moabita y extranjera. La misma gracia y bondad que Dios le mostró a esta extranjera en aquel campo de cebada es la que hoy está a nuestro alcance.  

Así como a Rut la extranjera se le dio permiso para beber de un agua a la que no tenía derecho para calmar su sed en una ardua jornada de trabajo, a nosotras se nos concede beber del agua que satisface para siempre. La que calma la sed inagotable de querer ganar el favor de Dios con nuestras buenas obras. El agua que sacia para siempre la sed de pertenencia.  

Jesús, el descendiente de Rut, muchos siglos después, le dijo a otra mujer también extranjera y sedienta: 

«Todo el que beba de esta agua volverá a tener sed, pero el que beba del agua que Yo le daré, no tendrá sed jamás, sino que el agua que Yo le daré se convertirá en él en una fuente de agua que brota para vida eterna» (Juan 4:13-14, NBLA). 

¡Qué verdad tan contundente! Es un gran privilegio ser invitado a beber de esta agua fresca. No proviene de un pozo donde tenemos que sacarla o esperar a que alguien lo haga, sino que el Señor mismo nos la brinda en abundancia con toda libertad, gratuitamente, por pura gracia. Se nos invita a ir a Cristo, y lo que Él ofrece es para siempre.  

En aquel campo de cebada Dios estaba preparando esa grandiosa provisión.  

(El contenido de este artículo fue adaptado del libro Bajo Sus Alas de Wendy Bello)


1 Frase acuñada a partir de la novela Trampa 22 de Joseph Heller y que se refiere a una situación imposible porque no se puede hacer una cosa hasta haber hecho otra, pero esta segunda depende de haber hecho la primera. Se convierte en un círculo irracional.  

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