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Por: Jeanine Martínez de Urrea 
 

El llamado a seguir a Jesús es más que el llamado a una causa. Es más que unirse a una religión. Es más que discutir y defender ideas y causas sociales. El llamado a seguir a Jesús es un llamado a Él mismo: a imitarle, amarle, a identificarnos públicamente, sin condiciones ni derechos reservados. Es un todo o nada.  

En el libro «Tras los pasos de Jesús» un grupo de mujeres latinoamericanas hemos unido nuestras voces para ponernos en los zapatos de aquellas mujeres que se encontraron cara a cara con Jesús. Buscamos echar un vistazo panorámico a las Escrituras, conectar los puntos en común que nos unen dentro de toda la historia de la redención, y mostrar como el Señor nos da esperanza cuando nos encontramos con Él. 

El más hermoso llamado, con todo lo que conlleva, proviene de Alguien que ha amado hasta dar Su propia vida, perdonando las más profundas y secretas maldades de nuestro corazón y restaurando cada herida causada por el pecado y la maldad. Cuando Jesús dice «¡sígueme!» no es un mandato vacío. Es un mandato sin opción a resistirse a tal amor y entrega, porque Él amó y obedeció primero. Él demostró sacrificio perfecto y sin fallar. Su poder, amor, gracia y compasión hacia mujeres pecadoras que no pueden resistirse ante tal incomparable amor ha sido probado infinitud de veces, y han quedado plasmados en las páginas e historias de Sus diálogos con diferentes mujeres. Al pensar en esto nos queda el eco de las palabras de Pablo, al animar a los sufrientes con una proclamación de esperanza: «Pues tengo por cierto que las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse» (Rom. 8:18).  

Las mujeres de entonces siguieron a Jesús en Su pasión, crucifixión y muerte. Fueron las primeras testigos oculares de Su resurrección. Ellas siguieron a Jesús aún en Su aflicción con lágrimas, valentía y cuidado. Ellas ungieron Su cuerpo para la muerte, empezando con las lágrimas y el perfume más preciado como una ofrenda fragante a ser derramada (Mat. 26:7, Mar. 14:3), y junto a otros discípulos estas mujeres lo envolvieron para despedirlo (Juan 19:40). No creo que fuera casualidad que las manos de una mujer envolvieran en pañales al Creador y Sustentador de la vida en Su nacimiento (Luc. 2:17) y las manos de otras mujeres junto a Su madre lo envolvieran para Su sepultura.  

Un grupo de mujeres le siguieron todo el camino con fe, reconociendo que Él llevaría la carga de nuestros pecados, otras le siguieron en Sus pasos de obediencia y despliegues del poder sosteniendo Su ministerio. Y otras, le siguieron hasta la tumba. Aquella que fue una pausa para esperar el destello triunfante del que las mujeres fueron testigos.  

En este libro te invitamos a reflexionar y a ser movida a través de los ojos, corazones y pasos de obediencia de cada una de las mujeres que le siguieron. Te animamos a rendir tus dudas, aflicciones y deseos, con esperanza y confianza plena, sin importar tu trasfondo, estatus o situación, fijando los ojos en el tierno y firme llamado que Él te hace. Este llamado, no es a un ministerio, plan, rol o propósito. Estas cosas son buenas y parte de las buenas obras que Él preparó de antemano. Pero el llamado es mayor y más hermosamente incomprensible e incomparable, el llamado es a Él mismo. «Sígueme» es un llamado a Él. ¿Vendrás? Míralo, disfrútalo, deléitate, confía y descansa en ser amada con el amor más firme y seguro del universo. Ven, y como una niña, con plena confianza, camina tras los pasos de Jesús.


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