Por: Karen Garza
En medio de luces, cantos y celebraciones, la Navidad se alza como algo más que una tradición o una fecha en el calendario: es el recordatorio más profundo y glorioso de que Dios es fiel porque cumple lo que promete, incluso cuando todo parece perdido. Para comprender realmente el asombro de la venida de Cristo, debemos mirar atrás, al mismo comienzo.
La promesa del Edén
Cuando Adán y Eva pecaron en el huerto, desobedeciendo al Dios que los había creado y amado, todo cayó en oscuridad. El pecado trajo muerte, separación y maldición. Pero en ese mismo momento trágico, Dios habló una promesa, conocida como el protoevangelio. En Génesis 3:15 leemos que de la simiente de la mujer vendría uno que aplastaría la cabeza de la serpiente. Allí, en el corazón de la caída, nació la esperanza: Dios nos prometió un Redentor.
Los siglos pasaron. Reyes subieron y cayeron, profetas hablaron y fueron perseguidos, y la promesa parecía cada vez más lejana. Sin embargo, Dios no olvida Su promesa. Su fidelidad no depende del paso del tiempo ni siquiera de la fidelidad humana, sino de Él mismo. Los puritanos veían esta promesa como una cuerda dorada que atraviesa toda la historia de la redención, sosteniendo la esperanza de los santos a lo largo de generaciones, hasta el día de hoy.
Cumplimiento contra toda esperanza
Cuando Cristo nació en Belén, no había condiciones favorables ni aplausos del mundo. Una virgen comprometida, un nacimiento humilde, un mundo bajo la opresión del Imperio Romano… todo parecía adverso. Y sin embargo, en esa noche oscura, el Verbo eterno se hizo carne (Juan 1:14).
Humanamente hablando, desde el Edén hubo muchas razones para dudar si realmente Dios enviaría al Salvador. Se prometió una simiente santa (Gén. 3:15), pero en la primera generación, Caín asesinó a su hermano Abel (Gén. 4:8), y el linaje justo pareció truncarse. Aun así, «Dios concedió a Set en lugar de Abel» (Gén. 4:25), preservando la línea de la promesa.
Después, la humanidad se corrompió al punto de que Dios decidió destruirla con el diluvio (Gén. 6:5–7), pero Noé halló gracia ante los ojos del Señor (Gén. 6:8), y la promesa siguió viva. Más adelante, Abraham y Sara eran ancianos e infértiles cuando se les prometió un hijo (Gén. 18:11), pero «¿Hay para Dios alguna cosa difícil?» (Gén. 18:14). Isaac nació, y con él, continuó la línea que llevaría a Cristo.
El pueblo de Dios fue esclavizado en Egipto (Ex. 1:13–14), vagó por el desierto, enfrentó ejércitos, fue llevado al exilio por su pecado, y pareció olvidado bajo gobiernos paganos. Pero Dios no olvidó Su pacto (Sal. 105:8–10). A través de cada obstáculo —infertilidad, traición, guerra, opresión, pecado humano, silencio— el Señor preservó Su promesa. Como dice Romanos 4:20–21 acerca de Abraham: «No dudó, por incredulidad, de la promesa de Dios… plenamente convencido de que era también poderoso para hacer todo lo que había prometido». Finalmente, «cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer» (Gál. 4:4). Contra toda expectativa humana, la promesa fue cumplida.
La mejor noticia para la humanidad
La venida de Cristo no es simplemente un hecho histórico; es la mejor noticia que el mundo ha recibido jamás. Es la prueba gloriosa de que Dios no nos abandonó en nuestro pecado, sino que descendió hasta nosotros para rescatarnos.
Cada campanada navideña debería resonar con esta verdad: «Os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es Cristo el Señor» (Luc. 2:11). No vino solo como un buen Maestro o ejemplo a seguir, sino como Salvador.
Cristo vino por los suyos. Por ti. Por mí. Por todos aquellos que creen y esperan en Él. Amadas, el cumplimiento de la promesa de redención es, para nosotros, el más importante de todos los cumplimientos. No había algo que necesitáramos más; ninguna otra promesa tenía mayor urgencia ni más profunda trascendencia. Estábamos muertos en delitos y pecados (Ef. 2:1), separados de Dios, sin esperanza y sin pacto (Ef. 2:12). Y, sin embargo, Cristo no nos rescató porque lo merecíamos, sino que lo hizo aun cuando éramos Sus enemigos (Rom. 5:8–10).
Lo que ocurrió en Belén no fue una escena bonita solamente para conmemorar cada diciembre, sino el punto de quiebre de toda la historia humana. El Dios eterno entró al tiempo. El Santo se hizo pecado por nosotros. El Cordero fue provisto. Esta promesa cumplida es la que hace posible todas las demás promesas: la de nuestra justificación, nuestra adopción, nuestra santificación y, un día, nuestra glorificación.
Por eso, Navidad no es solo un recuerdo tierno, sino una proclamación firme: Dios ha hablado, Dios ha actuado, Dios ha cumplido. Y eso garantiza que Aquel que comenzó la buena obra, la perfeccionará (Fil. 1:6), y que Cristo vendrá otra vez para llevarnos con Él (Juan 14:3).
Cumplirá también toda promesa hecha
La Navidad nos recuerda que Dios es un Dios de pacto. Lo que Él ha prometido, lo cumple. Si prometió un Salvador y lo envió, entonces cada una de Sus promesas actuales —de consuelo, de santificación, de Su retorno glorioso— también serán cumplidas, en Su tiempo perfecto (2 Ped. 3:9).
Pero mientras esperamos, no estamos exentos de lucha. Al igual que el pueblo de Dios esperaba la primera venida de Cristo en medio de rebelión, tinieblas y opresión, también nosotros aguardamos Su regreso mientras batallamos contra el pecado, el sufrimiento y la incredulidad.
Yo también lucho en la espera. A veces parece tan lejana la venida del Señor Jesús; la victoria completa sobre nuestras pasiones pecaminosas, la destrucción de la maldad y la muerte de la muerte misma. sin embargo, el mismo Dios que cumplió Su promesa cuando parecía imposible, nos asegura que cumplirá Su promesa de perfeccionar Su obra en nosotros hasta el día de Jesucristo (Fil. 1:6). Y aunque el mundo se burle o lo ignore, Él vendrá otra vez (Heb. 9:28). Vendrá no como siervo sufriente, sino como Rey victorioso. Vendrá para hacer nuevas todas las cosas, para enjugar toda lágrima, para terminar con el pecado, el dolor y la muerte (Apoc. 21:4–5).
En medio de una cultura que celebra lo superficial y olvida lo eterno, la Navidad nos llama a mirar hacia lo alto. Cristo no vino para dejarnos en el valle, sino para llevarnos con Él al hogar eterno. Por tanto, confía. Espera. Persevera. El mismo que vino hace más de dos mil años, volverá. Y no como un niño en un pesebre, sino como Rey en gloria, consumando la historia de redención. Esta Navidad, celebremos más que un nacimiento. Celebremos al Dios que hace lo imposible, que trae luz en medio de las tinieblas, y cuya fidelidad sostiene nuestra esperanza.
Él ha sido fiel y por siempre lo será.
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