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Por: Liliana González de Benítez

En un sermón titulado «Amar a tus enemigos», Martin Luther King Jr., pastor bautista y líder del movimiento por los derechos civiles en Estados Unidos, dijo de manera clara y contundente: «La oscuridad no puede expulsar a la oscuridad; solo la luz puede hacerlo. El odio no puede expulsar al odio; solo el amor puede hacerlo».1 

Cuánta verdad hay en estas palabras. Las personas se odian porque no conocen a Aquel que tiene el poder de librarlas del dominio de las tinieblas y trasladarlas al reino de Su amado Hijo Jesucristo (Col. 1:13). Solo Cristo y Su Evangelio pueden transformar un corazón caído y hacer que hombres, mujeres y niños de toda raza, tribu y nación vivan como nuevas criaturas, amando a Dios por sobre todas las cosas y al prójimo como a sí mismos (Mat. 22:37-39). 

Este 10 de diciembre se conmemora el Día Internacional de los Derechos Humanos y es propicio recordar que el mayor cambio que necesita el mundo no es social, político ni militar, sino espiritual. Los seres humanos necesitamos corazones que no acumulen odio, racismo ni violencia. Necesitamos corazones regenerados por el Espíritu Santo, capaces de cultivar el amor, la paz y la justicia. Esa es la razón por la que Cristo derramó Su sangre en la cruz: para derribar, mediante Su sacrificio, el muro de enemistad que nos separaba y hacer la paz entre nosotros y Dios (Col. 1:20). 

Resulta interesante que la Declaración Universal de los Derechos Humanos (DUDH) fue adoptada por la Asamblea General de la ONU el 10 de diciembre de 1948, después del Holocausto y del fin de la Segunda Guerra Mundial de 1945.2 El genocidio del pueblo judío, provocado por el racismo nazi, fue un factor decisivo para impulsar la creación de un marco internacional de derechos humanos destinado a prevenir que algo así volviera a ocurrir. 

Sin embargo, es importante reconocer que, aunque los organismos internacionales promuevan, regulen o supervisen políticas contra el racismo, la violencia y otras formas de injusticia, carecen del poder para transformar el corazón caído de los seres humanos. Por eso, sin Cristo, los derechos inherentes de las personas continuarán siendo vulnerados y la verdadera justicia seguirá siendo una ilusión. 

 Con esto en mente resolvamos un par de preguntas: 

¿Qué dice la Biblia sobre los derechos humanos?  

La Escritura enseña que los seres humanos fueron creados a imagen y semejanza de Dios (Gén. 1:26-27) y, como portadores de Su imagen, poseen dignidad y un valor inherente otorgado por Su Creador que no depende del color de la piel, la nacionalidad, el sexo, la religión ni de ninguna otra condición (Gén. 9:6; Sant. 3:9). 

La Biblia también enseña que Dios ha escrito Su ley en el corazón de cada ser humano y le ha dado una conciencia para que pueda examinarse a sí mismo y discernir entre el bien y el mal. Incluso las personas que no tienen corazones regenerados pueden vivir de manera relativamente honesta y realizar obras de solidaridad, actos altruistas y ayuda humanitaria, lo que demuestra que poseen la ley de Dios en su interior (Rom. 2:14-15). No obstante, debido a la depravación total del ser humano, producto de la caída, estas buenas obras nacen del orgullo y de intereses egoístas; por eso, no son justas ante los ojos de Dios (Isa. 64:6). 

Únicamente mediante la regeneración del corazón —una obra de gracia del Espíritu Santo— las personas son capacitadas para «querer y hacer» la justicia que proviene de Dios, con el propósito de vivir conforme a Su voluntad y dar gloria a Su nombre (Fil. 2:13). Por esta razón, los derechos humanos no deben separarse de Dios. Como bien afirma el pastor Miguel Núñez en su libro Ética Cristiana: «Los derechos humanos deben estar basados en la imagen de Dios plasmada en el hombre, pues si Dios no forma parte de la ecuación y el hombre es considerado un simple fruto de la evolución de la materia, se hace entonces muy difícil defender los derechos humanos de manera congruente».3 

¿Qué ocurre cuando los derechos humanos se separan de Dios? 

Solo basta con mirar a nuestro alrededor. Vivimos en una sociedad donde impera la anarquía. Actualmente se aprueban un sinfín de “nuevos derechos” en el nombre de la libertad y la igualdad: el derecho a elegir la orientación sexual, el derecho al aborto, el derecho a redefinir el matrimonio, el derecho a cambiar la identidad de género e incluso el derecho a poner fin a la propia vida. 

Todos estos supuestos derechos están en contra de la Palabra de Dios. Y cuando desplazamos a Dios, nos quedamos sin valores absolutos que nos guíen. Esta es la razón por la que hoy las personas viven como en el tiempo de los Jueces, haciendo lo que les parece (Jue. 17:6). Cada uno, según sus convicciones e intereses particulares, escoge su identidad sexual, contrae nupcias con alguien de su mismo sexo, elige el sexo de sus hijos o interrumpe su embarazo, si así lo prefiere. ¡Qué horror! No hay distinción clara entre el bien y el mal; llaman malo a lo bueno y bueno a lo malo (Isa. 5:20). Como bien dice el pastor Núñez, «vivir en una sociedad de valores relativos nos ha llevado al borde del colapso».4 

¿Qué debemos hacer los cristianos en una sociedad que está apartada de Dios? 

Veamos qué dice la Biblia:  

De acuerdo con Romanos 12:2, no debemos imitar la conducta de los que no conocen a Dios; más bien debemos dejar que Dios transforme nuestra mente, de modo que podamos vivir conforme a Su voluntad, la cual es buena, agradable y perfecta. 

De acuerdo con Mateo 28:19–20, estamos llamados a cumplir la Gran Comisión anunciando el Evangelio a todas las personas sin distinción, y viviendo como verdaderos testigos de Cristo. 

De acuerdo con 1 Pedro 3:15, debemos honrar a Cristo como Señor en nuestros corazones y estar siempre dispuestos a defender con mansedumbre los principios y valores absolutos de la Palabra de Dios, a fin de que quienes nos pregunten por la esperanza que tenemos reciban nuestro testimonio.  

De acuerdo con 1 Timoteo 2:1–2, los creyentes, como representantes de Cristo en este mundo, estamos llamados a orar y dar gracias a Dios por todas las personas, incluyendo a quienes ocupan cargos de autoridad, para que podamos vivir haciendo la voluntad de Dios con piedad y honestidad. 

Conclusión 

En un mundo dirigido por el relativismo cultural, los derechos humanos seguirán siendo quebrantados. Por eso es imperativo volver al diseño original. Los seres humanos somos portadores de la imagen de Dios y poseemos una dignidad y un valor que proviene de Él. Solo cuando el mundo reconozca que cada vida humana refleja la imagen de Dios, se respetarán los derechos de todos los hombres, mujeres, niños e incluso de aquellos que aún no han nacido. Este es el fundamento bíblico que debe guiar y sostener los derechos humanos en la sociedad. 


1 King, Martin Luther, Jr. “Loving Your Enemies,” Sermon Delivered at Dexter Avenue Baptist Church Main content start. November 17, 1957. Enlace: https://kinginstitute.stanford.edu/king-papers/documents/loving-your-enemies-sermon-delivered-dexter-avenue-baptist-church?utm 

2 UNESCO. Día de los Derechos Humanos. Acceso: Diciembre 08, 2025. Enlace: https://www.unesco.org/es/days/human-rights 

3 Miguel Núñez, Ética Cristiana: Cómo navegar en tiempos turbulentos (B&H Español, 2020), p. 197. 

4 Ibidem, pp. 10-11. 

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