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Por: Yeimy de Robainas 

Era un domingo oscuro y sin esperanza en Israel. Ya habían pasado tres días desde la crucifixión de Jesús en la cruz y desde que Su cuerpo había sido colocado en una tumba. Los discípulos estaban llenos de dolor y confusión. La incertidumbre y la angustia abrumaban sus corazones. ¿Había sido el final de todo? Aunque antes de morir, Su Maestro les había dicho que resucitaría de los muertos, ellos lo olvidaron. No lo esperaban.  

Pero al llegar el amanecer de aquel día; algo inesperado y extraordinario sucedió. Algunas mujeres que habían seguido a Jesús durante Su ministerio fueron a ungir Su cuerpo. Pero hubo un gran terremoto y al llegar encontraron la tumba abierta. Se les aparecieron allí dos varones (ángeles del Señor) con vestiduras blancas resplandecientes para mostrarles que Jesús ya no estaba allí. Había resucitado, tal y como les había dicho. 

La resurrección, como hecho y pilar fundamental del cristianismo había ocurrido y cambiaría la historia para siempre. Pero vayamos a la Palabra para juntas contemplar las pruebas seguras y algunos de los significados gloriosos de este evento trascendental. 

La seguridad de la resurrección. 

Ante un hecho así, es entendible que se levantaran sospechas y dudas. Nuestra naturaleza humana es incrédula y Jesús lo sabía. De hecho, en los Evangelios vemos que no se ocultan esas dudas de parte de Sus discípulos. Sería absurdo pensar entonces que ellos inventaron esta historia. Es por eso que nuestro Señor Jesucristo se les apareció en repetidas ocasiones y a diferentes personas para dar pruebas indubitables de Su resurrección (Hech. 1:3). Así como Él mismo lo expresó al darle la revelación a Juan muchos años después: «Cuando le vi, caí como muerto a sus pies. Y él puso su diestra sobre mí, diciéndome: No temas; yo soy el primero y el último; y el que vivo, y estuve muerto; más he aquí que vivo por los siglos de los siglos, amén. Y tengo las llaves de la muerte y del Hades» (Apoc. 1:17-18). 

La resurrección fue el cumplimiento de las profecías hechas sobre Cristo (Sal. 16:9-10). Aunque Su cuerpo resucitado no era como antes, no era un fantasma ni una ilusión. Su cuerpo era real, el mismo que tuvo antes, incluso con las marcas de los clavos en Sus manos. Él mismo les dijo que comprobaran por ellos mismos y lo tocaran; pues un espíritu no tiene carne ni hueso como Él tenía (Luc. 24:37; 39; Juan 20:27). 

Los primeros dos testigos de la resurrección fueron celestiales: los ángeles. Además de ellos hubo muchos testigos que vieron a Jesús resucitado. La Biblia menciona que se apareció más de quinientos hermanos a la vez (1 Cor.15:6), un número considerable de testigos cuyos testimonios concuerdan entre sí. Pedro mismo explicó: «A este levantó Dios al tercer día, e hizo que se manifestase; no a todo el pueblo, sino a los testigos que Dios había ordenado de antemano, a nosotros que comimos y bebimos con él después que resucitó de los muertos» (Hech. 10:40-41). 

Estos eran testigos idóneos, que anunciaron no solo lo que oyeron, sino de lo que vieron con sus ojos, lo que contemplaron y palparon sus manos tocantes al Verbo de vida (1 Juan 1:1,3). Ellos fueron hombres humildes, confiables y temerosos de Dios; quienes vivieron y murieron por el mensaje que predicaron. Lo cual habría sido muy extraño si Cristo no hubiera resucitado en realidad.  

En las Escrituras se registran varios ejemplos de cómo Jesús fue visto por uno o varios testigos:  

  • A María Magdalena, quien primero lo confunde con el hortelano (Mar. 16:9; Juan 20:14-17). 
  • A María Magdalena, Juana, María la madre de Jacobo y otras mujeres; quienes habían preparado especias aromáticas para ungir su cuerpo. (Mat. 28:1-10; Luc. 24:1-12). 
  • A los discípulos camino a Emaús (Mar. 16:12-13; Luc. 24:13-35). 
  • A Pedro (1 Cor. 15:5). 
  • A Jacobo (1 Cor. 15:7). 
  • A los diez apóstoles, estando Tomás ausente (Juan 20:19-24). 
  • A los once apóstoles ocho días después (Juan 20:26-29). 
  • A los discípulos en el mar de Tiberias. En esa ocasión estaban presentes siete apóstoles (Juan 21:1-14). 
  • A más de quinientos hermanos. Tal vez en este momento ascendió al cielo a la vista de los hombres de Galilea (1 Cor. 15:6). 
  • A Pablo, unos años después, camino a Damasco (Hech. 9:1-5). 

La gloriosa resurrección 

La resurrección de Cristo confirmó gloriosamente que las afirmaciones acerca de Su deidad eran verdaderas. Él es el Dios Todopoderoso y Señor de vivos y de muertos, con poder para entregar Su vida y volverla a tomar (Juan 10:16-17). Al ser Cristo levantado de la muerte, terminó Su estado de humillación, que había iniciado desde el momento de Su concepción y haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz (Fil. 2:6-8). Pero la tumba vacía marca el inicio de Su exaltación y de lo que será Su completo establecimiento como Rey y Señor (Hech 2:32-36; Ef. 1-19-23). 

Además, la resurrección es gloriosa porque constituye el «sí» de Dios a la consumación de nuestra redención. Con la resurrección, Dios responde al «Consumado es» de Jesús y le dice: «Así es. Estoy de acuerdo Hijo mío». Jesús «fue entregado por nuestras transgresiones y resucitó para nuestra justificación» (Rom. 4:25). Él fue nuestro representante, fiador y sustituto. Todo se cumplió en Su vida y Su muerte. El Padre ha quedado satisfecho con la obra completa del Hijo a nuestro favor. La resurrección muestra que nuestra salvación en Jesús es eficaz y segura. Antes éramos Sus enemigos; pero ahora hemos sido reconciliadas con Dios. 

Los beneficios de la resurrección. 

El principal beneficio de la resurrección es que este maravilloso hecho, constituye el fundamento de la vida cristiana. Nuestro principal consuelo y motivo de esperanza viene de aquella mañana gloriosa. Es la resurrección lo que le da sustento y firmeza a nuestra confianza (1 Cor. 15:14). Con ella Cristo venció el poder de nuestros peores enemigos: el pecado y la muerte.  

Él nos ha perdonado y justificado completamente. Nuestra vida de pecado murió con Él y fue sepultada, para que ahora vivamos en novedad de vida (Rom. 6:4).  Tenemos paz para con Dios por medio de Jesucristo (Rom. 5:1) y ya no tenemos condenación para quienes están en Cristo Jesús (Rom. 8:1). 

Al mismo tiempo, la gracia de la resurrección no sólo nos da una nueva vida; sino que también el poder para santificarnos y ser glorificados justamente con Él. Estamos siendo transformados de gloria en gloria y tenemos la garantía futura de que la muerte tampoco será nuestro final. Como Jesús es considerado «las primicias de los que durmieron» (1 Cor. 15:20) y «el primogénito de entre los muertos» (Col. 1:18); un día también resucitaremos para reinar eternamente con Él.  

El poder de la resurrección para nuestra santificación  

El poder de la resurrección es la obra del Espíritu Santo en nuestros corazones que nos santifica y sella. Este obrar sobrenatural es lo que nos hace verdaderos creyentes; no nuestras buenas acciones. Es un poder que opera transformándonos desde nuestro interior y nos hace uno con Cristo. No solo es decir que creemos en Él; sino el ser vivificados y resucitados por Su Espíritu. 

Dios nos ha trasladado de las tinieblas o a Su luz admirable (1 Ped. 2:9) y nos ha hecho nuevas criaturas (2 Cor. 5:17). Este poder hace que resucitemos a esa vida celestial de Cristo desde aquí en la tierra hasta que sea completada en el cielo. Mientras tanto Dios va purificando y cambiando nuestros corazones en el presente. No se trata solo de nuestro pasado o esperanza futura en los cielos. Hay gracia y esperanza para aquí y el ahora; sea cual sea tu lucha o circunstancia. 

Esto es aire que alienta nuestras almas para crecer en gracia y en Su conocimiento (2 Ped. 3:18). Señor, ayúdanos a recordar que un día estaremos ante tu trono y daremos cuentas de nuestras obras, porque «te veremos tal como Tú eres» (1 Juan 3:2) y seremos transformados a tu semejanza. Que ese recuerdo encienda una fe viva que nos permita vencer a nuestra carne y aborrecer este mundo. Que nuestros deseos por las cosas terrenales y la vanidad (1 Juan 2:16) puedan morir y que nuestras miradas brillen al contemplar las cosas de arriba, donde espiritualmente, ya estamos sentados con Cristo en los lugares celestiales (Ef. 1:3; 2:6). Que consideremos todas las cosas como pérdida y basura ante la incomparable gracia y belleza de conocer a Jesús y el poder de Su resurrección (Fil. 3:8). 

Consideremos la forma en que estamos viviendo. A la luz de la esperanza que tenemos, busquemos ser purificadas, así como Él es puro (1 Juan 3:3). Que la extraordinaria e incomparable gracia que habita en nosotras no sea el pretexto para una vida liviana y descuidada solo porque ya somos salvas. Que Su poder nos impulse a guardar nuestros corazones y a servirle con pasión y completa consagración, sin divisiones. 

Seamos animadas a seguir la carrera sin desmayar, puestos los ojos solo en Jesús viviendo únicamente para Él a pesar de las decepciones y aflicciones de este mundo caído. Nuestro llamado es mantenernos firmes y constantes, creciendo en la obra del Señor siempre, sabiendo que nuestro trabajo en Él no es vano (1 Cor. 15:58) y a prepararnos para encontrarnos con Él. Nuestro Señor nunca nos abandonará y nada nos separará de Su amor. Por eso es necesario que aprovechemos el corto tiempo que tenemos para considerar y recordar estas verdades una y otra vez. Quiera el Señor usarlas como combustible para avivar el fuego de nuestro amor y llenarnos de expectativa y gozo por las glorias, que Cristo nos ha concedido a través de Su resurrección. 

Las mujeres y la resurrección. 

Algo que ha impactado mi corazón al estudiar con más profundidad este tema, es que las primeras apariciones de Jesús fueron a mujeres. En un contexto donde eran maltratadas y despreciadas; esto muestra el corazón de Cristo por la mujer como un ser digno, portadora de la imagen de Dios, así como Su amor y compasión por ellas; que siempre estuvieron junto a Él. Aquel Domingo eran ellas las que iban a ungir Su cuerpo. Esto era un acto de amor, una práctica común entre los judíos para compensar el hedor del cuerpo en deterioro. Aún después de muerto, ellas velaron del cuerpo de su Señor, e iban dispuestas a dar un cuidado especial, quizá como una oportunidad de acercarse a Él una vez más incluso en aquellas horas oscuras. 

A la primera mujer a quien Jesús se apareció fue a María Magdalena. Al principio ella no lo reconoció. Pero después Él la llama por su nombre: «¡María!». Volviéndose ella le dijo: «¡Raboni! (Maestro)». Ella reconoció Su voz cuando la llamó (Juan 10:27). John MacArthur comenta que es probable que Jesús se haya aparecido primero a María debido a Su gracia y para mostrar Su fidelidad amorosa a alguien que tuvo un pasado tan difícil; pero también por el amor tan especial y profundo que ella le tenía a Él.1 Mateo narra cómo Jesús salió al encuentro de las mujeres y las saludó. Ellas, al ver que era Jesús, corrieron a Él, abrazaron Sus pies y le adoraron (Mat. 28:9). Esta escena es muy hermosa. 

Hermanas Jesús ha salido a nuestro encuentro. ¿Cuál es nuestra respuesta? Cuando Él nos encuentra, todo debe detenerse. Estar a Sus pies y adorarle es lo más importante. Oremos al Señor que nos ayude a vivir cada día en comunión con el Cristo vivo, en una relación sincera y cercana. Que estas verdades aten nuestros errantes corazones a Su gloria y a Su poder que habita en nosotras: el mismo que levantó a Jesús de la muerte (Ef. 1-15:21) y que también nos levantará a nosotras (Rom. 8:11). Mientras tanto, esperemos en Él hasta verle cara a cara cuando regrese por los Suyos.  

Responde en oración:  

Gracias, Cristo, porque nuestro pasado no limita tu gracia y tu fidelidad. Gracias porque nos has llamado por nuestro nombre y nos has dado oídos y fe para reconocerte y escucharte. Gracias también porque nos darás otro nombre nuevo (Apoc. 2:17; 3:12) y tendremos un futuro lleno de vida y paz. Que tu corazón por nosotros nos lleve a amarte cada día de un modo más profundo y sin temor. 

Clamamos con gozo que Cristo ha resucitado. ¡Ha resucitado el Señor! Amén.  


Recomendación de libros de Editorial B&H Español:

  • El resucitado. Experimentando la pasión de Cristo en la Pascua por Scott James.  
  • Evidencias de la resurrección. Respuestas a las preguntas de los escépticos. (Folleto). 
  • Guía esencial para defender tu fe por Doug Powell.  

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