Por: Angélica Rivera
Una pregunta que escucho con frecuencia es: ¿Cómo reflejar el amor bíblico a mi prójimo y a mi iglesia local?
Y aunque el mensaje y mandato de amar a los demás no es algo nuevo. Sin embargo, debemos reconocer que hacerlo como Dios ordena es difícil. Muchos hablan del amor e intentan definirlo a través de canciones, poemas e historias. Pero, en la mayoría de los casos, el mundo define el amor en base a sentimientos, intereses, gustos, conveniencia y química. Y esto tiene tanta influencia en nosotras que terminamos percibiendo el amor según lo que vemos en películas, lo que sentimos y el comportamiento de quienes nos rodean. Pero si ese no es el modelo del amor bíblico, entonces surge la pregunta:
¿Qué es realmente el amor? ¿Qué dice la Biblia al respecto?
La Palabra nos enseña en 1 Juan 4:7-12:
«Amados, amémonos unos a otros, porque el amor es de Dios, y todo el que ama es nacido de Dios y conoce a Dios. El que no ama no conoce a Dios, porque Dios es amor. En esto se manifestó el amor de Dios en nosotros: en que Dios ha enviado a Su Hijo unigénito al mundo para que vivamos por medio de Él. En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó a nosotros y envió a Su Hijo como propiciación por nuestros pecados. Amados, si Dios así nos amó, también nosotros debemos amarnos unos a otros» (NBLA).
Todo aquel que realmente conoce a Dios debe caracterizarse por amar genuinamente y sin hipocresía. Si no amamos, evidenciamos que no le conocemos.
Dios nos muestra que el amor no busca lo suyo, sino que da y bendice a la persona amada. Él mismo fue nuestro mayor ejemplo cuando decidió entregar a Su único Hijo para salvarnos, amándonos cuando menos lo merecíamos: cuando estábamos muertos en nuestros delitos y pecados, cuando éramos Sus enemigos. Ese amor es radicalmente diferente al que el mundo ofrece.
El verdadero amor bíblico no depende de los sentimientos ni de la conveniencia. Dios nos revela un amor superior: uno que ama aun cuando no es correspondido y que entrega lo más valioso por el bien del otro. Este es un llamado alto que, a veces, nos parece imposible: amar como Dios ama.
Nuestro dulce y amoroso Dios nos describe cómo se ve ese amor verdadero:
«El amor es paciente, es bondadoso. El amor no tiene envidia; el amor no es jactancioso, no es arrogante. No se porta indecorosamente; no busca lo suyo, no se irrita, no toma en cuenta el mal recibido. El amor no se regocija de la injusticia, sino que se alegra con la verdad. Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta» (1 Cor. 13:4-7,NBLA).
¿Cómo se ve de manera práctica este amor hacia mi prójimo?
- Un corazón que ama tiene paciencia, se muestra amable y perdonador ante las faltas de los demás porque reconoce la gran misericordia que ha recibido de Dios.;
- Es un corazón que vive en intimidad con Dios y le conoce, porque este amor proviene solo de Él. Por naturaleza somos egoístas, de modo que este amor únicamente puede manifestarse en quienes aman al Señor.
- Es un corazón que pone las necesidades de otros por encima de las propias, dispuesto a incomodarse para bendecir.
- Es un corazón que da más de lo que recibe, y que ayuda sin esperar nada a cambio.
¿Cómo se refleja este amor en una mujer dentro de la iglesia local?
1. Edificando nuestros hogares
Nuestro primer llamado es amar a nuestro esposo e hijos, enseñando a las más jóvenes a hacer lo mismo (Tito 2:3-5).
Muchas veces es más fácil ser amables con quienes están afuera, porque quienes conviven con nosotras conocen nuestras debilidades y pueden herirnos con más frecuencia. Sin embargo, amar y cuidar a nuestra familia bendice directamente a nuestra iglesia porque las familias estables son el instrumento que Dios usa para hacer crecer Su iglesia. No existe mejor ministerio para una mujer que edificar su hogar.
2. Sanando y consolando a los heridos
Vivimos en un mundo lleno de dolor y aflicción. Dios nos llama a ser esa mano que consuela, que se compadece, que lleva esperanza. Esto puede ser tan sencillo como preparar una comida para un enfermo, dar palabras de aliento a un corazón triste o acompañar en medio de una pérdida.
Podemos ser madres espirituales para muchas jovencitas que lo necesitan. Dios nos ha dotado de sensibilidad y capacidad de conectar, dones que podemos usar para cuidar a quienes nos rodean.
3. Siendo de testimonio
Una mujer que ama su iglesia local buscará ser de testimonio para otros en conducta, vestimenta y hablar. Su deseo es honrar al Señor y no ser tropiezo para otros.
Es triste ver cómo, a veces, descuidamos este aspecto en la iglesia sin recordar la influencia que tenemos en quienes nos rodean. En todo lo que hagamos busquemos ser de buen testimonio para otros.
4. Haciendo sentir bienvenidos a los que buscan de Dios
Muchos llegan a la iglesia con temor a ser juzgados. Nuestro amor se refleja en un saludo cálido, en una sonrisa, en mostrar hospitalidad. Un pequeño gesto puede hacer que alguien se sienta amado por Dios.
5. Adornando con detalles cada ministerio
Dios nos creó con un toque especial para embellecer y cuidar los detalles. Podemos apoyar a nuestros pastores y ministerios con esa gracia única. Algo tan simple como decorar una mesa con flores puede comunicar cuidado y amor.
6. Siendo un reflejo de Su amor en todo lugar
Recuerdo que en un campamento juvenil estaba tan ocupada asegurando que todo funcionara bien, que olvidé que el propósito principal era bendecir a las personas. Un hermano me dijo: «Angélica, sonríe», y me di cuenta de que había perdido de vista lo esencial: las personas son más importantes que las tareas.
Dondequiera que sirvamos, hagámoslo con amor y alegría; eso convierte lo ordinario en algo glorioso.
Conclusión
Al reflexionar sobre lo que significa tener un corazón que ama, mi espíritu se quebranta, pues reconozco lo lejos que estoy de amar como Dios ama. Mi corazón, muchas veces, tiende a buscar sus propios intereses.
Por eso, pidamos a Dios que transforme nuestro corazón de piedra en un corazón capaz de amar profunda y sinceramente.
Como decía un antiguo coro:
Ama si quieres ser feliz, ama y todo cambiará; ama y así comprenderás la alegría de vivir.
¿Te unes conmigo al reto de amar profundamente a las personas que Dios ha puesto a nuestro lado? Allí encontraremos el gozo pleno que solo Él nos da cuando vivimos en Su voluntad.