Por Vilma Mata de Méndez/ 2 febrero 2026
Confieso que durante mucho tiempo tuve miedo al matrimonio. No quería casarme pronto ni hacerlo siendo joven, así que evitaba pretendientes mayores que, por haber terminado sus estudios y tener estabilidad laboral, parecían estar más preparados para dar ese paso. Yo, en cambio, tenía como prioridad mis estudios. Quería terminar mi carrera, descansar, viajar y disfrutar otras experiencias antes de pensar en formar una familia.
A los 16 años conocí al Señor, y poco a poco, comencé a entender lo que el matrimonio implicaba: responsabilidad, sacrificio, morir al yo, dejar cierta independencia y aprender a vivir bajo el liderazgo del que sería mi esposo. Sin embargo, este cambio en mi manera de pensar no ocurrió de inmediato. Aun siendo cristiana, llevaba algunas ideas del pensamiento feminista que no había identificado. Todavía no comprendía claramente el propósito de Dios para mi vida ni Su diseño para el matrimonio.
En medio de ese proceso, formaba parte de un grupo de jóvenes creyentes. Éramos amigas que estudiábamos la Biblia, tocábamos guitarra y enseñábamos en la escuela dominical. Fue allí donde conocí a Luis Méndez. Con el tiempo comenzamos a servir juntos: él discipulaba a los varones y yo a las chicas.
Apenas llevábamos dos meses de noviazgo cuando él me dijo que quería casarse. Ante la idea de enfrentar tan pronto aquello que durante años había temido, entré en pánico. Finalmente, nos casamos once meses después de haber comenzado nuestra relación.
Con el matrimonio comenzó un verdadero proceso de crecimiento espiritual. Una de las primeras cosas que descubrí fue cuán diferentes éramos. Aunque al principio esas diferencias pueden parecer emocionantes, después también pueden convertirse en un desafío. Al casarnos, todavía hay muchas cosas que no conocemos el uno del otro: no estamos de acuerdo en todo ni siempre sabemos comunicarnos con honestidad y vulnerabilidad. Además, venimos de familias diferentes y, en algunos casos, de culturas o contextos distintos. En cierto sentido, somos incompatibles porque somos diferentes: él es hombre y yo soy mujer.
Estas son algunas de las cosas que el matrimonio me ha enseñado:
1. Me enseñó a practicar el evangelio cada día, ejercitando gracia y aprendiendo también a recibirla.
2. Me ayudó a reconocer mi condición de pecadora cuando fallo contra mi esposo.
3. Me enseñó a practicar la humildad, a confesar mis pecados y a pedir perdón.
4. Me impulsa a crecer en santidad y a presentarme sin mancha delante del Señor.
5. Me ayuda a ver mis puntos ciegos y a aceptar las áreas en las que necesito seguir creciendo.
6. Me enseña que el apoyo va más allá de las labores del hogar: es ser una verdadera ayuda.
7. Me forma para trabajar en equipo, no en competencia. Somos compañeros en la vida (Ecl. 4:9).
8. Me muestra cómo Dios usa a mi esposo para bendecirme y edificarme.
9. Me permite ver cómo sus dones y fortalezas complementan lo que a mí me falta.
10. Nos permite conocernos continuamente, porque el aprendizaje mutuo nunca termina.
11. Me enseña a seguir un liderazgo semejante al de Cristo y a ver el crecimiento espiritual de mi esposo.
12. Me llama a ser una mujer que conecta y edifica, permaneciendo firme sobre el fundamento que es Cristo.
13. Me permite influir espiritualmente en mi esposo y ser una alentadora intencional.
14. Me enseña a respetar la masculinidad bíblica, conforme a Efesios 5, con palabras, actitudes y gestos.
15. Me forma en un espíritu tierno, quieto y apacible, sin temor.
16. Me enseña a ganar a mi esposo con una conducta casta y respetuosa, llevando todo en oración delante del Padre.
17. Me recuerda que soy corona de mi marido y que mi vida y mi testimonio pueden honrarlo (Prov. 12:4).
18. Me enseña a impulsar las iniciativas de mi esposo en lugar de usurpar su liderazgo, animándolo a ejercer una masculinidad bíblica.
Al mirar hacia atrás y pensar en todo lo que el Señor me ha enseñado a través de los años, hoy le diría a la Vilma recién casada: «No temas. El Señor te dará bien y no mal. Quiere bendecirte. Vas a crecer y serás transformada en tu manera de pensar y en tus hábitos. Aprende a ser humilde, entierra tu orgullo y tu deseo de reconocimiento, entrégale al Señor tu deseo de tener el control y descansa en Su soberanía. Poco a poco comenzarás a entender el propósito para el cual Dios los unió y los hizo uno».
También le diría que el matrimonio, cuando se cultiva adecuadamente, mejora con el tiempo y da fruto para la gloria de Dios. Siempre hay esperanza. Vendrán momentos de sequía espiritual, de desconexión emocional y de cansancio, pero también habrá temporadas de gozo, ternura, compañerismo y profundo disfrute, porque así lo diseñó el Señor. En cada etapa deberás esforzarte y pelear con amor y fe por tu hogar, por tu casa y por tus hijos, recordando que tu matrimonio es un altar donde se exalta el nombre del Padre.
Pero esa lucha tiene un propósito mayor: que Dios sea glorificado en tu matrimonio. Al servir con humildad su relación puede convertirse en un testimonio vivo para otros matrimonios que están cansados, heridos o sin esperanza.
A lo largo del camino surgirán pruebas, diferencias y momentos de confusión, pero nunca estarás sola. Dios fue quien estableció tu unión y Él promete darte la gracia, la sabiduría y la fortaleza necesarias para perseverar. En cada dificultad, acércate más a Él, recuerda el compromiso que hiciste delante de Su presencia y aprende a responder con paciencia y misericordia. Confía en que el Señor es fiel para sostener lo que Él mismo ha unido, y que Su ayuda siempre es suficiente para guardar y restaurar tu matrimonio.
Después de todo lo vivido, esto es lo que me hubiera gustado saber antes de casarme: no vas a controlar a tu esposo. Evita faltarle al respeto. Pide perdón muchas veces. Oren juntos. Aférrate a la Palabra y confía en el Señor, quien es fiel para sostener lo que Él mismo ha establecido.
Sigue caminando con fe, aun cuando el camino parezca cuesta arriba. No subestimes lo que Dios puede hacer con dos corazones rendidos a Él. Cada oración, cada acto de humildad, cada perdón ofrecido y cada decisión de amar conforme a Cristo están construyendo una herencia espiritual para tu hogar.
Recuerda la promesa del Señor: «estando persuadido de esto, que el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo» (Fil. 1:6). Confía en que Dios está obrando, aun cuando no puedas verlo. Recuerda que tu matrimonio puede ser un reflejo vivo de Su gracia, Su fidelidad y Su amor eterno.
Por eso, persevera, permanece firme y afirma tu corazón en Su Palabra: «Si Jehová no edificare la casa, en vano trabajan los que la edifican» (Sal. 127:1a). No intentes edificar tu hogar con tus propias fuerzas; descansa en Aquel que lo sostiene. Cuando Dios es el centro, siempre hay esperanza, siempre hay restauración y siempre hay un propósito para Su gloria
Vilma es arquitecta, consejera, coach de mujeres, maestra de estudios bíblicos, esposa de Luis Méndez, madre de cinco: tres hijos y dos yernos. Estudió Fundamentos de Teología en Bethlehem Baptist Church. Es miembro certificado de Coach para mujeres de la American Association Christian Counselor. Estudió Consejería Bíblica en Faith Biblical Counseling. Formó parte del liderato del ministerio de mujeres de Bethlehem Baptist Church en Minneapolis, Minnesota, donde enseñó estudios bíblicos, bajo el pastor John Piper y Jason Meyer. Actualmente sirve en el Equipamiento y Entrenamiento en Consejería Bíblica junto a su esposo Luis Méndez. Es asesora externa para el Ministerio EZER de la Iglesia Bautista Internacional, bajo su pastor Miguel Núñez.